Diagnóstico
La espera le tenía al borde del colapso por estrés. Aquello que dicen de que no hay nada peor que la incertidumbre se materializaba en aquella sala de hospital, como el mismo polvo que caía en suspensión y se veía gracias a la luz que filtraban aquellos enormes ventanales.
El Hospital Virgen del Rocío de Sevilla poseía una escala diferente al de Algeciras; era un monstruo de pasillos infinitos donde el rumor de los carros metálicos y el murmullo de voces anónimas creaban un runrún insoportable, una frecuencia que crispaba los nervios de Adrián.
Llevaba horas sentado en una de aquellas sillas de plástico, con la mirada perdida en las motas que bailaban en los haces de luz, mientras sentía que el tiempo se estiraba de forma artificial, como si la realidad se negara a avanzar hasta el golpe definitivo.
Luz Marina descansaba en una pecera aislada de la planta de oncología, tras una puerta que Adrián solo se atrevía a cruzar de vez en cuando. Verla allí, tan pequeña bajo el despliegue tecnológico de cables y monitores, le provocaba una náusea física.
Por fin, el oncólogo salió a hablar con él. Le invitó a entrar en su consulta y disparó con la urgencia que la situación necesitaba:
—Si no encontramos una alternativa en, digamos, una semana, el cuerpo de su hija dejará de luchar —le dijo el médico.
Adrián se llevó las manos a la cara.
—¿Solo una semana?
—Quizá más, quizá menos. Está aislada, cualquier infección exterior podría acabar con ella.
Necesita el trasplante urgente. Podríamos recurrir a bancos de donaciones, pero sería someter a su cuerpo a más estrés sin garantías de éxito.
Como le dijo el compañero de Algeciras, necesitamos a un familiar compatible.
—Su madre está en camino. Como le dije a sus compañeros en Algeciras, reside en el extranjero.
—¿Y cuánto tardará?
—No lo sé, quizá dos días. Tres como mucho.
En ese momento, Adrián mintió. No sabía cuándo podría venir la madre ni siquiera si podría hacerlo.
—Hay otro problema, y es que antes de iniciar la donación de médula tendremos que empezar el proceso de aclimatación de la chiquilla.
—¿Y eso qué es?
—Una especie de reseteo. Le aplicaremos un tratamiento masivo de quimioterapia para que su médula actual desaparezca, por llamarlo de alguna forma.
—Pues adelante.
—El problema es que cuando eso ocurra, tenemos una ventana de tiempo muy pequeña para realizar el trasplante.
—¿Cómo de pequeña?
—Veinticuatro horas, cuarenta y ocho siendo demasiado optimistas. Tenga en cuenta que cuando «apaguemos» todas las defensas de su hija, no tendrá nada con qué luchar contra cualquier agente invasor.
—Pero está en una habitación aislada de toda infección, ¿no?
—Aun así, cualquier pequeño microorganismo que ya tenga en su propio cuerpo puede costarle caro —el doctor usó un eufemismo.
—¿Cuánto tardan en aplicar ese tratamiento de…?
—Acondicionamiento. Suele tardar unos seis días, pero podríamos ser agresivos y acortar los plazos. Eso sí, hay otro problema: que a pesar de que sea su madre, puede resultar no ser compatible.
Adrián suspiró. Le daba vueltas a la cabeza. Apretó sus manos una contra la otra, apoyó los codos en sus rodillas y se fijó en sus botas. Al fin, después de unos segundos, levantó la mirada.
—¿Hay otra alternativa?
El médico se lo pensó antes de contestar.
—Es la que tiene más probabilidades de éxito; sin embargo, es la más arriesgada. Sin la garantía de que la madre esté aquí y sea compatible, el riesgo es gigante. Es jugar a la ruleta rusa.
—Hágalo.
—Lo ideal sería esperar a que comprobáramos el HLA de la madre.
—Tiene que serlo. Si lo retrasamos para hacer las pruebas cuando llegue, luego tendríamos más problemas, ¿no? Habría que esperar otros seis días para el acondicionamiento. ¿Es así?
El médico no le aguantó la mirada. Revisó los papeles.
—Ya sé que su situación es complicada, pero la ética médica nos exige…
—Repito: ¿Cuál es la alternativa? ¿Dejarla morir? Porque lo que va a pasar es que se va a morir.
El médico calló por unos segundos.
—¿Dónde está la madre?
—En un vuelo desde Colombia para aquí —mintió el médico.
—¿Ahora mismo está volando?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque se podía haber hecho una prueba HLA en el lugar en el que viviera.
—No era viable eso.
—¿Por qué?
—Porque vivía en Colombia, allí la sanidad no es como aquí.
El médico volvió a callar.
—Si llega hoy mismo, a Madrid supongo, mañana podría estar aquí. Podemos hacerle la prueba HLA de urgencia y tener el resultado en menos de seis horas.
Adrián claudicó. Le prometió al médico que la madre estaría allí lo antes posible y después buscó el anonimato de la sala de espera general.
Necesitaba aire, pero lo único que encontró fue el oxígeno reciclado y el olor a limpio de aquel purgatorio.
Se hundió en el asiento y sacó el teléfono móvil.
La luz de la pantalla le hirió los ojos, cansados tras una noche de insomnio y el viaje frenético desde el Campo de Gibraltar.
Entró en la cuenta de correo compartido.
Sus dedos sobrevolaron el teclado con una urgencia que rozaba el pánico.
Sabía que Silvia no estaba allí para frenarlo, ni para darle apoyo, ni para cuestionar la legalidad de lo que estaba a punto de hacer.
Abrió un nuevo borrador. Las palabras fluyeron con una precisión gélida, desprovistas de cualquier rastro de afecto.
Le explicó que a Luz Marina le quedaban siete días de vida o menos y le exigió que estuviera lista para viajar de inmediato.
La conminó a esperar en ese mismo correo las instrucciones de la ruta de extracción que iba a diseñar.
Guardó el mensaje en la carpeta de borradores y cerró la sesión.
El peso del dispositivo en su mano le pareció insoportable, como si acabara de sostener el detonador de una bomba que destruiría su carrera, su libertad y la precaria paz que había construido en los últimos dos años.
Apoyó la cabeza en la pared fría y cerró los ojos.
En su mente, el mapa del mundo se dibujaba como una red de sombras y peligros, un laberinto que Laura debía recorrer para salvar a la hija que ambos estuvieron a punto de perder en Colombia.
El sol terminó de ocultarse tras los edificios de Sevilla y la sala de espera quedó sumida en una penumbra azulada, apenas rota por los fluorescentes del pasillo.
Adrián se sintió más solo que nunca. Sabía que el siguiente paso era reunirse con Silvia y convencerla de que cruzara la línea con él.
Sabía que pedirle a una subteniente de la Guardia Civil que colaborara en un cruce ilegal de una prófuga de la justicia era pedirle que se suicidara profesionalmente.
Pero al recordar el pijama de Luz Marina sobre la cama deshecha en Algeciras, supo que no había vuelta atrás.
Se puso en pie y caminó hacia la salida del hospital. El aire de la noche sevillana le golpeó el rostro; era fresco y lo agradeció. Sacó de nuevo el teléfono y marcó el número de Silvia. Necesitaba verla de forma urgente.