La habitación
Una foto de Luz Marina con dos compañeras de instituto presidía la cómoda donde la chica guardaba parte de su ropa, un pequeño altar de normalidad que ahora parecía fuera de lugar bajo la tenue luz del piso.
Alrededor, en sus respectivos marcos, descansaban otras dos imágenes: una de ella con su padre y otra con su madre.
A Adrián no le gustaba ver la cara de su todavía mujer (el divorcio no podía realizarse por la ausencia de ella durante años), pero tenía que transigir respecto a aquello por el bien de la cría.
La quietud del cuarto era casi física, cargada con el peso de los recuerdos que Laura había dejado atrás como una piel muerta.
Cuando regresaron de Colombia, Luz Marina se pegaba día y noche llorando por su madre.
Poco a poco fue asimilando que lo mejor para ella era estar en España, después de los dos raptos que sufrió y de toda la violencia posterior que le había robado la infancia.
Adrián, y también Silvia, la arroparon con todo el amor que les fue posible, pero en ocasiones era inevitable que la chiquilla añorase a su madre; y eso Adrián lo entendía.
¿Cómo no lo iba a entender? El vacío de Laura era un agujero negro que ninguna protección policial o afectiva podía terminar de sellar.
Encima de la cama sin hacer reposaba el pijama, conservando todavía la forma de un cuerpo que ya no estaba allí.
El padre se sentó sobre las sábanas. Deslizó su mano por ellas y se fijó en el resto de la habitación: una estantería llena de libros que le había ido comprando durante esos dos años que llevaba a solas con él.
Mayormente novelas chick lit, aunque también algún clásico como La Regenta, La Celestina o, incluso, Cien años de soledad, cuyos lomos gastados daban fe del refugio que la joven había encontrado en las letras.
En eso se parecía mucho más a su madre que a él.
También tenía una medalla de bronce en judo, disciplina en la que fue Adrián quien insistió para que se apuntase, buscando que aprendiera a defenderse de un mundo que ya la había herido, pero que tuvo que abandonar por sus problemas de salud.
Una lástima, porque la muchacha apuntaba maneras.
La medalla brillaba levemente en la penumbra, un recordatorio metálico de una fuerza que ahora parecía flaquear.
La ventana estaba subida del todo, porque a ella le gustaba que entrase toda la claridad de la mañana de esa Costa de la Luz que aseguraba sol la mayor parte del año.
La brisa era suave, no llegaba a ser el terrible viento de poniente o de levante que solía azotar el Estrecho; así que los cristales estaban tranquilos aquella noche y permitían que el murmullo lejano del puerto se filtrara como un eco lejano.
Adrián estaba solo allí; Luz Marina se había quedado ingresada en el hospital a la espera del traslado a Sevilla, y en aquellos momentos la soledad se le antojó demasiado dolorosa, casi se había convertido en una presión física que le comprimía las costillas.
Laura estaba a miles de kilómetros haciendo vete tú a saber el qué, su hija enferma en el hospital y su compañera de servicio patrullando las calles de una Algeciras que nunca descansaba.
Tenía que tomar una decisión difícil, aunque en realidad no cabía debate posible; lo que le pasaba era que en ese estado de soledad no se atrevía a tomarla de forma definitiva.
Se puso a hacer la cama de la niña y a recoger el cuarto con una lentitud que invitaba a la impaciencia. Él no creía en aquello de no tocar la habitación de los hijos y dejarlas tal y como estaban, como si fueran mausoleos de una pérdida.
«Ni de coña».
Luz Marina iba a regresar a esa habitación y la iba a desordenar de nuevo; estaba convencido de ello, o quizás necesitaba estarlo para no hundirse en el pasillo de su propia casa.
Cuando terminó de recoger, visitó la nevera y tomó una cerveza.
La bebió de un trago. Abrió una segunda y, cuando iba por la mitad, sonó un timbre que rompió el silencio estancado del piso.
Después de un primer momento de intranquilidad por no saber quién llamaría a esas horas, se alegró sobremanera al escuchar la voz de su compañera en el telefonillo.
La subteniente subió las escaleras de dos en dos y, cuando llegó al piso, Adrián la esperaba en la puerta.
Se fundieron en un abrazo de esos que son tan necesarios como la comida o el agua.
El hombre recorrió la espalda de la mujer con sus manos y la mujer apretó con fuerza, transmitiéndole una solidez que él sentía haber perdido entre informes médicos y análisis de sangre.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con la voz pastosa por el cansancio y la cerveza.
—El sargento Vizueta ha llegado pronto a la comandancia y me ha dicho que me daba el relevo un poco antes; así que, ¿dónde quieres que vaya?
Adrián la miró a los ojos; los suyos brillaban hasta el punto de dejar caer una pequeña lágrima que Silvia limpió con el pulgar.
Sintió tentaciones de besarla en los labios, sin embargo se arrepintió en el último momento.
Necesitaba de ella algo distinto a la pasión inmediata; necesitaba una balsa en aquel naufragio emocional.
—Tengo que ponerme en contacto con ella —fue todo lo que dijo.
Silvia se apartó de él con lentitud. No hacía falta preguntar nombres ni lugares. Sabía de sobra a quién se refería y el peligro que aquello conllevaba para el precario equilibrio que habían construido.
—¿Estás seguro?
—No me queda otra opción. A Luz Marina no le queda otra opción —sentenció él, mientras el peso de la realidad volvía a caer sobre sus hombros con la fuerza de un fardo de hachís.
Ya le había comentado por mensaje lo de su incompatibilidad para donar médula a la chica, y Silvia se dio cuenta de que su compañero la necesitaba más que nunca; por eso acudió esa noche a su casa.
Sin embargo, aunque lo esperaba, la mención de Laura le desagradó sobremanera, una punzada de celos y pragmatismo que intentó disimular sin mucho éxito.
—Y en el caso de que quiera venir, ¿cómo lo vas a hacer? Porque en cuanto pise el aeropuerto la van a detener.
Adrián suspiró. Se giró sobre sí mismo y se llevó las manos a la cara. Se acercó a la ventana y miró la bahía.
Un millar de luces intentaban iluminar la costa, y lo único que conseguían era temblar sobre las aguas negras.
La silueta del peñón le parecía ahora la sombra de un gigante que amenazaba con destruir la ciudad con solo un movimiento de su mano de piedra.
Y la brisa había empezado a tornarse en viento; un viento que empezaba a silbar entre los edificios y que parecía arrastrar llanto, como en las películas de terror que tanto le gustaban a la niña.
—He pensado en acudir al ministerio. Le puedo pedir al jefe que me ponga en contacto con el director de la Guardia Civil y que este a su vez me tramite algún tipo de orden para que los compañeros que están en Bogotá detengan a Laura cuando ella se entregue, pero…
—Pero eso tiene dos problemas… —interrumpió Silvia, cruzándose de brazos con gesto escéptico.
—Sí, uno de ellos es que me van a acusar a mí de que conocía su paradero y no lo he revelado hasta ahora, pero eso no me importa. Lo que me importa es que…
—Esto llevará mucha burocracia y será lento. Muy lento —sentenció ella.
—Y no hay garantías de que cuando aterrice en Madrid la lleven directa al hospital de Sevilla —añadió Adrián.
Silvia le miró con los brazos en jarra, la luz de la cocina proyectaba una sombra dura sobre su rostro. Se aproximó de nuevo hasta él.
—Sabes que nos compenetramos bastante bien, pero no veo claro lo que pasa por esa cabecita.
Él también acortó la distancia respecto a ella, en busca de su calor frente al frío de la ventana.
—Mañana voy a Sevilla a ver qué noticias tienen sobre la niña. Todo depende del pronóstico que me den allí. Mi cabecita de momento está aquí, contigo.
Ella lo miró y una chispa de deseo cruzó desde su cerebro hasta su entrepierna, una vía de escape necesaria ante tanta muerte y tanta duda acumulada.
Lo abrazó y se lanzó a sus labios como una kamikaze que no tiene nada que perder.
Adrián la recibió con ansia, con la desesperación del que busca recordar que sigue vivo en mitad de un cementerio.
Solía sucederle que en momentos de máxima tensión, el ansia sexual le visitaba como un vecino molesto que aporrea la puerta en mitad de la noche.
Y él era de los que pensaban que a los vecinos que dan problemas hay que cortarlos de raíz.
Por eso Silvia y Adrián tuvieron un encuentro sexual violento, rápido y del que los dos se arrepintieron nada más terminar.
El silencio que siguió al placer fue más denso que el de antes, cargado de una culpa compartida.
Aunque ninguno de los dos imaginaba entonces la huella que iba a dejar aquel acto nacido del miedo y de la soledad.