Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La prisión
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La prisión

El sonido de los cerrojos hidráulicos poseía una cualidad definitiva, un silbido que parecía quemar cualquier rastro de oxígeno antes de que llegara a los pulmones.

En la sala del locutorio, el ambiente estaba saturado por los lamentos de los internos y esa humedad molesta que solo se genera en los lugares donde el tiempo se detiene a la fuerza.

El hombre esperaba sentado tras el cristal de seguridad.

Mantenía la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa de formica con una calma que resultaba inquietante.

El tiempo en prisión, en su caso, le había serenado. Al menos en apariencia.

Al otro lado del vidrio, el abogado —un hombre de traje impecable pero mirada huidiza— evitó el contacto visual directo mientras abría una carpeta de cuero.

Extrajo un par de folios y puso el primero sobre el vidrio para que el preso pudiera leerlo.

Después tomó el telefonillo y, cuando su interlocutor hizo lo propio, habló:

—Las noticias solicitadas.

El interno no se inmutó. Sus ojos recorrieron las líneas de aquel papel con atención y desprecio al mismo tiempo.

Se detuvo en los términos médicos, en las cifras de los análisis y en la ubicación del hospital.

Asintió y le pidió el siguiente papel. Volvió a examinarlo y una extraña mueca de satisfacción apareció en su rostro.

—Parece que los plazos se están acortando —dijo el hombre. Su voz era un murmullo neutro, carente de agresividad, pero con la seguridad de quien sabe que su voluntad sigue pesando fuera de aquellos muros—. La salud de la hija lo precipita todo.

—La vigilancia no se detiene ni para dormir, ya lo sabe —apuntó el abogado, tras ajustarse el nudo de la corbata.

—El padre actuará según lo previsto. Lo que me interesa es ella. Una situación así es un imán imposible de ignorar. Cruzará cualquier distancia, romperá cualquier regla para estar allí.

El hombre se inclinó apenas unos centímetros hacia el cristal.

La luz fluorescente del techo, blanca y cruda, no lograba revelar del todo sus facciones, que permanecían en una penumbra estratégica.

En ese edificio, su nombre circulaba en susurros por pasillos y patios, asociado a historias de un pasado en el otro lado del mundo que nadie se atrevía a confirmar del todo.

—Quiero saber cada movimiento —ordenó con una suavidad gélida—. Si tienes que venir a diario, vienes.

—¿Y si el cabo se vuelve impredecible? Está bajo mucha presión.

—Un hombre bajo presión es un hombre que comete errores. Y yo llevo tiempo esperando un error.

El abogado asintió, cerró la carpeta con manos nerviosas y se puso en pie.

El interno permaneció sentado; observó cómo su representante se alejaba por el pasillo de la sala de locutorios.

Cuando se quedó solo, apoyó las palmas sobre la mesa y miró su propio reflejo en el vidrio.

El encierro no había mermado su paciencia; al contrario, la había afilado.

Se levantó sin prisas cuando el funcionario golpeó la puerta.

Mientras caminaba de regreso a su celda, el hombre no pensaba en los muros que lo rodeaban, sino en la fragilidad de una vida que pendía de un hilo en una habitación de hospital.

El buitre ya no necesitaba buscar; solo tenía que esperar a que la presa se entregara por su propio pie.