Incompatibles
La consulta del doctor Aranda era una oda al orden y al mal gusto.
Las paredes, pintadas de un verde quirófano que pretendía ser relajante, solo conseguían devolver una luz enferma bajo los tubos fluorescentes que vibraban en el techo con un siseo eléctrico constante.
Sobre la mesa de melamina blanca, los bolígrafos estaban alineados por colores y tamaños con una precisión castrense, y se veían flanqueados por un pisapapeles de cristal con una medusa atrapada en su interior que parecía observar a los presentes con el ojo de un cíclope.
Adrián, sentado con las manos entrelazadas sobre unas piernas que no paraban de moverse, notaba cómo el respaldo de la silla se le clavaba en las vértebras. Mientras, el oncólogo manejaba los papeles de la señorita Trovado García con una parsimonia que convertía cada segundo en una tortura.
—Lo lamento mucho, señor Trovado, pero la situación de Luz Marina es grave.
Aranda era un tipo pálido cuya piel parecía haberse curtido en la claridad artificial de los laboratorios y no bajo el sol del Estrecho.
Empezó a desgranar cifras: niveles de hemoglobina que se desplomaban, porcentajes de blastos que colonizaban la médula con la eficacia silenciosa de un ejército invasor.
—Le pido por favor que se deje de cifras que no entiendo y me diga qué hay que hacer para que mi hija se cure.
—Lo primero que hay que hacer es derivarla al Virgen del Rocío de Sevilla, señor Trovado. El trasplante de médula que en un principio fue bien, ahora ha dejado de funcionar.
—¿Y eso por qué?
—No hay una explicación clara, pero a veces sucede. En el hospital de Sevilla van a hacerle más pruebas, pero lo más probable es que haya que buscar un donante compatible y no usar médula de donaciones.
—Ya lo sé, por eso me he hecho las pruebas. ¿Quién puede haber más compatible que yo, su padre?
Adrián mantenía la vista fija en el oncólogo, pero el médico no le pudo aguantar la mirada. El policía que había dentro de aquel hombre sabía qué significaba aquello y le faltó tiempo para disparar:
—¿No me estará diciendo que hay algún problema con mi médula?
El médico resopló y se llevó la mano a la frente.
—Le voy a ser sincero porque se lo merece. No, no hay ningún problema con su médula —Adrián estuvo a punto de interrumpir al médico, pero este levantó una mano para que le dejase seguir hablando—, pero usted no es compatible con Luz Marina.
El doctor Aranda siguió con sus explicaciones, aunque en algún punto entre la tercera y la cuarta explicación, el mecanismo de la consciencia de aquel padre decidió protegerse.
Fue entonces cuando ocurrió; un dedo invisible pareció pulsar el botón de ralentizado de su realidad.
El zumbido del aire acondicionado se estiró hasta convertirse en un gemido grave y monocorde, y las palabras del médico perdieron su significado para transformarse en un murmullo líquido, lejano, como el eco de una caracola golpeando contra el fondo de un pozo de petróleo.
En esa burbuja de aislamiento, los movimientos del despacho adquirieron una plasticidad casi hipnótica.
Adrián vio cómo el médico se inclinaba hacia delante; el roce de su bata blanca contra el borde de la mesa produjo un crujido que, en la mente de Adrián, sonó como el desplazamiento de una placa tectónica en mitad del océano.
Aranda tuvo que elevar la voz para que el padre volviese a la realidad.
—Señor Trovado, ¡Adrián! —Escuchar su nombre de pila pareció volverlo en sí—. Le preguntaba por la madre de la chiquilla.
El espacio entre ellos parecía haber crecido kilómetros; la mesa de melamina era ahora un desierto blanco e infranqueable donde los bolígrafos alineados parecían hitos de una frontera prohibida. Adrián intentó tragar saliva, pero sentía la garganta llena de arena.
—No se encuentra en España —fue todo lo que pudo decir.
—Pues debería avisarla para que regrese cuanto antes. En el Virgen del Rocío podrán ser más realistas con los plazos, pero es urgente —la voz de Aranda demostraba premura ya con su tono.
—Pero ¿cómo de urgente? ¿Me está diciendo que se muere?
—Yo no puedo decirle eso, ni tampoco afirmar lo contrario. Ya he solicitado el traslado de hospital. Mañana mismo se la llevan. Yo que usted avisaría a la madre cuanto antes. Ella podría resultar más compatible.
Todo ese mareo que le había entrado cuando escuchó las palabras del médico acerca de su incompatibilidad con su hija se desvaneció. Por el tono de Aranda se intuía la urgencia del problema.
Si había que encontrar a la madre en lo más profundo de una selva o en lo más alto de una montaña, se la encontraría. La vida de Luz Marina, esa niña ya mujer que le alegraba los días, dependía, más que cuando la raptaron en el pueblo o en Colombia, de su madre.