El desmayo
La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales del instituto, una claridad limpia que hacía brillar las motas de polvo en el aire y recortaba con nitidez los perfiles de los alumnos.
Fuera, el cielo del Estrecho se dibujaba como un lienzo impecable y el rumor lejano de la ciudad llegaba con una calma casi festiva, propia de quien ya acaricia el fin de semana.
El aula de primero de Bachillerato del Instituto Ciudad de Algeciras olía a hormonas, a tiza y a ese aire viciado de los viernes a última hora.
Luz Marina intentaba concentrarse en el comentario de texto de Lengua, pero las letras del examen empezaban a bailar sobre el papel de una forma extraña. Había dormido poco para estudiar y en aquel momento se arrepintió de ello.
De repente, el sueño que tenía y el consiguiente dolor de cabeza por el estrés del examen se tornaron en algo más alarmante.
La claridad del aula se volvió hiriente, una blancura clínica que parecía quemar los bordes de su visión.
El aire se espesó, volviéndose denso y difícil de tragar, mientras las paredes del aula daban la sensación de contraerse hacia ella.
Notó un pinchazo frío en la nuca; un aviso silencioso de que algo no iba bien en su motor interno.
Definitivamente aquello no era fruto del cansancio ni del estrés.
Se frotó las sienes para ignorar el zumbido que nacía detrás de sus oídos, y apretó el bolígrafo con unos dedos que, en aquel instante, sentía ajenos.
—¿Te encuentras bien, Luz? —preguntó la profesora desde la tarima, arqueando una ceja con esa mezcla de autoridad y sospecha.
Luz Marina levantó la cabeza para responder, pero el movimiento le provocó un vértigo instantáneo.
El salón de clase giró sobre su eje; las paredes blancas se fundieron en una mancha borrosa y el sonido de las sillas que se arrastraban le llegó como si estuviera bajo el agua.
Todo se volvió una penumbra pegajosa y asfixiante.
Intentó levantarse en busca de apoyo en el borde del pupitre, pero sus piernas se rindieron antes de que pudiera completar el gesto.
El impacto de su cuerpo contra el suelo llegó antes de que cualquier compañero pudiera asistirla y cortó de raíz el murmullo del resto de estudiantes.
Antes de que el negro lo borrara todo, sintió el calor metálico de una sangre que ya asomaba por su nariz, sangre que llegó a manchar el folio en blanco donde solo había logrado escribir su nombre.
A unos kilómetros del instituto, el sol del Campo de Gibraltar golpeaba las superficies metálicas de los contenedores marítimos y creaba un mosaico de reflejos vibrantes que llenaban la cabina del coche de una calidez reconfortante.
El mar, visible entre los huecos de la terminal, lucía un azul profundo y sereno, salpicado por el blanco de la espuma de los ferris que maniobraban con una velocidad más lenta de la que los dueños de las mercancías preferían.
En la zona portuaria de Algeciras, el Nissan Terrano de la Benemérita avanzaba despacio entre las hileras de contenedores.
Adrián llevaba la mano derecha sobre la palanca de cambios y la izquierda apoyada en el marco de la ventanilla; dejaba que el aire sucio del muelle le despejara la cabeza.
Silvia, de copiloto, mantenía una vigilancia mecánica sobre los muelles de carga de la terminal de ferris.
Patrullar con el binomio no era algo que Adrián maldijese por tratarse de «curro».
Todo lo contrario: a veces ponerse el uniforme en lugar de la ropa de calle lo mantenía centrado, alerta, incluso, alegre.
El movimiento, el olor a gasoil y la posibilidad de un incidente le sacaban de esa calma que se había instalado en casa desde que Luz Marina se encontraba mejor.
Y él era un hombre que valoraba también esa pequeña pizca de riesgo en la vida.
—Está la cosa tranquila, ¿no? —soltó Silvia, que se ajustó las gafas de sol—. No sé si a ti te pasa que prefiero un poco más de movimiento. Cuando veo todo tan tranquilo siempre espero que todo salte por los aires.
—A ver, compi, que aquí el pesimista era yo. No me robes méritos.
La subteniente soltó una carcajada. Miró a su binomio y sonrió.
Definitivamente Adrián estaba mejor y prueba de ello fue la última noche que pasaron juntos.
La primera en casi un año. La atmósfera en el interior del Nissan era ligera, casi despreocupada, protegida por el cristal de una cotidianidad que parecía invulnerable.
Pero entonces, una nube oscura se interpuso entre el puerto y el sol y actuó de mal augurio de lo que se avecinaba.
Las risas del coche se rompieron con el estruendo del terminal de radio y, casi al mismo tiempo, el teléfono personal de Adrián vibró en su bolsillo.
Era el número del instituto. El espacio dentro del habitáculo se volvió claustrofóbico, cargado de un frío súbito que contrastó con el incipiente sudor de la frente de los guardias.
Adrián sacó el aparato y miró la pantalla; notó la temblina en su mano, un miedo mucho mayor que el que sentía antes de un asalto, acompañado, además, con un regusto a bilis que le llenó la boca. Silvia observó el perfil de su compañero y captó el cambio de tensión al instante.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, ya con el tono operativo.
—El instituto —fue lo único que pudo decir Adrián antes de descolgar.
Escuchó la voz nerviosa de la secretaria durante apenas diez segundos.
No hubo preguntas, ni protocolos, ni despedidas.
Guardó el teléfono y miró al frente, hacia la barrera de salida del puerto.
La nube seguía interpuesta delante del sol y eso reforzó su sensación de que todo se había vuelto gris, una estampa de hormigón y hierro que lo aplastaba contra el asiento.
Su mandíbula estaba tan apretada que le dolían los molares.
—Me tengo que marchar. Ha ocurrido algo.
Silvia no esperó a que terminara la frase.
La sola mención de una llamada del instituto la puso en alerta.
Le ordenó de forma fulgurante que saliera de allí lo más rápido posible.
El cabo metió la primera, dio un volantazo que hizo chirriar los neumáticos sobre el asfalto aceitoso y Donaire conectó la sirena.
Aquello estaba fuera de protocolo, no se debían usar los luminosos para asuntos personales.
Pero todo era algo más que un asunto personal.
Aquello era la vida de su compañero. De su amigo. ¿De su pareja?
El sonido agudo de la autoridad empezó a rebotar contra los contenedores metálicos, abriendo un pasillo de ruido en la mañana del Puerto de Algeciras.
Adrián apretó con fuerza el volante; veía cómo el mundo exterior se convertía en una mancha de velocidad deforme, una pesadilla de metal y asfalto.
Lo único que esperaba era que Luz Marina se hubiese desmayado por alguna bajada de azúcar, un golpe de calor o por los nervios de los exámenes.
De lo contrario, el pequeño castillo de felicidad que se había construido los últimos diez meses se vería reducido a cenizas.