Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Las montañas
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Las montañas

Once meses después

La humedad de la Sierra Nevada de Santa Marta era una manta pesada que se le pegaba a Laura en la nuca; una presión física que le recordaba a cada segundo que seguía viva, aunque fuera a base de precariedad y silencio.

Aquella mañana, el sol todavía no había logrado perforar el dosel de los árboles, pero el aire ya vibraba con el zumbido de los insectos y el olor a tierra podrida que lo invadía todo.

La mujer apretaba los dientes mientras golpeaba el saco de arena colgado de una rama de ceiba; cada impacto era un chasquido de cuero contra lona que espantaba a los pájaros cercanos y devolvía una vibración molesta a sus muñecas.

No quería pensar en el pasado ni en el futuro; solo quería centrarse en la trayectoria del puño y en la rotación de la cadera, en esa mecánica de combate que era lo único que mantenía sus demonios a raya.

A pesar de sus intentos su mente volaba hacia otras latitudes y solo se le pasaba la rabia por no estar con ella a base de golpes.

Dionisio la observaba desde un rincón de la cabaña, sentado en una silla de anea con una escopeta descansando sobre los muslos.

El veterano no decía nada; se limitaba a masticar un chicle y a seguir el ritmo de los golpes con una mirada que, a esas alturas, había visto demasiadas guerras y muy pocas victorias.

La vida en la montaña era un ejercicio de supervivencia silenciosa donde el menor ruido extraño podía significar el final de la tregua.

No había electricidad ni ruidos de motores; solo el rumor constante del agua bajando por la quebrada y el crujido de la maleza bajo los pies de los animales que merodeaban el refugio.

Laura se detuvo, jadeando, y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Tenía los nudillos enrojecidos y los músculos de los hombros pidiéndole una tregua que no estaba dispuesta a conceder.

Se acercó a un cubo de agua fría y se mojó la cara; dejó que el líquido le bajara por el cuello de la camiseta, quizá en busca de un choque térmico que la devolviera a la realidad.

Dionisio escupió al suelo y se levantó con la pesadez de los años, pero manteniendo esa agilidad felina que el miedo al enemigo te graba a fuego en los huesos. Caminó hacia ella sin dejar el arma, siempre alerta, siempre barriendo el horizonte con la vista.

—Te vas a hacer daño —dijo el veterano, con voz paternalista.

Laura no respondió; se limitó a mirarlo con esos ojos que habían aprendido a desconfiar de todo lo que no fuera la violencia.

En aquel refugio, lejos de las garras de Ramón Restrepo y de las órdenes de captura que pesaban sobre ella en España, el dios Cronos parecía haberse tomado vacaciones: cada minuto parecía una hora, cada hora un día, cada día, un mes.

Vivían como los del Equipo A: soldados a sueldo de quien quisiera o pudiera pagarlos.

O como Don Quijote, desfaciendo entuertos.

Si había que extorsionar a algún terrateniente que no pagaba el jornal a sus trabajadores, allí que iban ellos dos.

Si un escolar sufría acoso por parte de otros, les hacían ver las orejas al lobo a esos acosadores de poca monta.

Pequeños trabajos que les daban para ir tirando; muchas veces les pagaban en especie: un saco de patatas por aquí, una lata de gasolina por allá.

De momento tenían ahorros —sobre todo Laura— que les permitían ciertos caprichos como unas botellas de cerveza los sábados o alguna escapada de dos o tres días en las playas de Cartagena.

Allí Dionisio había aprendido a bailar y a relacionarse con mujeres.

Como reza el dicho: nunca es tarde si la dicha es buena.

Laura lo observaba con cierto orgullo, como la que observa a un hermano mayor que se ha echado novia por primera vez.

Ella nunca olvidaría que conoció a ese hombre en un prostíbulo en el que fingió ser una meretriz que lo seducía.

Aunque había enterrado aquel recuerdo por el amor fraternal que sentía por un hombre entregado al cien por cien a protegerla. A ella y a su hija.

Aparte de esos pequeños escarceos, apenas se relacionaban con el mundo exterior, salvo con dos contactos que les proporcionaban el trabajo: uno en Santa Marta y otro en Barranquilla.

—Dioni, no me toques las narices, que no todos somos tan flojos como tú.

—Mírala, será que no le he dado hostias yo al saco ese, qué va.

—Menos de las que deberías, que te estás volviendo un vago.

—Lo que me estoy volviendo es viejo.

Laura se detuvo en su entreno. Lo miró. Él no le quitó el ojo con un gesto serio y tenso. La mujer sonrió y él relajó su expresión para corresponderle.

—No me fastidies, si este aire nos tiene hechos unas bestias a los dos.

—Bah...

El veterano se retiró y se dispuso a hacer la comida.

Laura siguió entrenando unos minutos más y después dio por finalizado el entrenamiento. Se apoyó en el rudimentario saco de boxeo fabricado con restos de ropa vieja. Su mente divagó y se fue, otra vez, al otro lado del charco.

No sabía con exactitud dónde vivía su hija con su padre, pero quería imaginar que en un buen lugar.

Con el campo o la playa cerca. Que acudía a algún buen instituto y que tenía muchas amigas y quizá algún amigo especial.

Aunque esto la intranquilizara, pues ella no es que hubiera sido muy buena eligiendo a sus parejas.

Tampoco quiso hacer mucha leña del árbol caído consigo misma porque Adrián sí que era un buen hombre.

Un tanto díscolo, pero un buen tipo al fin y al cabo.

(Tan bueno que, en connivencia con la propia afectada, le había ocultado la enfermedad de Luz Marina para no preocuparla y desatar un terremoto que la hiciera retornar a España y acabar entre rejas).

Se sentó en el escalón de madera de la entrada y cogió un trozo de fruta que Dionisio había pelado; el sabor dulce le llenó la boca, un contraste violento con la amargura de la rutina del escondite.

Se había perdido un cumpleaños de la niña el año anterior, y soñaba con acudir al siguiente, cuando cumpliera los diecisiete.

Para ello faltaba poco más de un mes. Aunque no se permitió el lujo de la nostalgia durante mucho tiempo, porque la nostalgia era una debilidad que en el lugar donde habitaba ahora se pagaba con sangre.

Dionisio se sentó a su lado, manteniendo la vista fija en la senda que subía desde el valle, el único acceso que vigilaban por turnos de seis horas.

—¿Hace cuánto que no os comunicáis? —preguntó él sin mirarla, con la naturalidad de quien conoce los fantasmas del otro mejor que los propios.

Laura asintió levemente; sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

—Más de un mes.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, un silencio de respeto y de vigilancia compartida que solo los que han vivido en la clandestinidad pueden entender.

Había acordado con Adrián mandarse mensajes vía email una vez cada dos meses.

Habían creado una cuenta de correo sin dar datos reales y compartían las claves.

La chica escribía en borradores todo lo que tenía que contar a la madre y ella, una vez leído, le contestaba en el mismo borrador.

Como si fueran dos narcotraficantes. Una medida de seguridad que a Laura le parecía excesiva, pero que no podía rebatir ni pelear.

De repente, un sonido rompió la calma del monte: el graznido de un ave que indicaba que algo grande se movía más abajo, cerca del límite de la propiedad.

Dionisio se puso en pie con un movimiento fluido; cargó la escopeta con un clic que, en la quietud de aquella mañana, sonó como cuando un juez dicta sentencia con su mazo.

Laura se levantó también; buscó instintivamente la empuñadura del cuchillo que llevaba al cinto y se pegó a la pared de madera de la cabaña.

Ya no contaban con la ayuda de Álex, el perro de Luz Marina, que había fallecido tres meses atrás por un atropello repentino.

La hija no era la única que ocultaba desgracias a la madre, ya que Laura no le había contado esta pérdida a su hija.

Todavía.

No era el momento de ponerse melancólicos. En la sierra, el peligro no avisaba con luces azules ni sirenas de la Guardia Civil; llegaba despacio, oculto entre las sombras de los árboles, esperando el menor descuido para morderte la yugular.

Ambos se quedaron inmóviles, fundiéndose con la penumbra, esperando a ver quién se atrevía a perturbar la paz de su guarida.

El sonido de las ramas rotas se hizo más evidente; alguien subía sin preocuparse demasiado por el sigilo, lo que podía significar dos cosas: o era alguien muy poderoso o alguien muy desesperado.

Laura notó el pulso en el cuello, una pulsación rítmica que la conectaba con la niña que, a miles de kilómetros, estaría deslizando con su dedo la pantalla del móvil.

Allí, la única luz era la que se filtraba por las hojas de los bananos y la única esperanza era que el intruso fuera solo un animal extraviado.

Pero los animales no rompen ramas de esa forma.

Dionisio hizo una seña con la mano, indicándole que se moviera hacia la parte trasera, hacia la ruta de escape que habían desbrozado semanas atrás por si la cosa se ponía fea.

Laura negó con la cabeza; no iba a dejar a su amigo solo frente a lo que viniera por la senda. Desenvainó el cuchillo y sintió el frío del acero en la palma de la mano; era una sensación familiar, casi reconfortante.

El aire se volvió más denso, cargado con el olor a humedad y a pólvora vieja que siempre parecía acompañar a Dionisio. Una sombra asomó por el recodo del camino y el viejo levantó la escopeta, apuntando al centro de la masa.

—¡Quieto ahí! —gritó Dionisio con una autoridad que no admitía réplicas. La sombra se detuvo en seco. Era un hombre joven, vestido con ropas de campesino pero con unas botas que no encajaban con el resto del equipo; unas botas tácticas, gastadas por el uso pero de buena calidad.

—Miren que son desconfiados —dijo el tipo con voz temblorosa, levantando las manos para que se viera que no portaba armas.

—Joder, Lagarto, por qué no avisas antes por radio —preguntó Dionisio, saliendo de la penumbra con el arma en ristre.

—Se rompió, Di.

A Lagarto, su contacto de Santa Marta, le gustaba abreviar. Hasta tal punto que muchas veces ni se le entendía.

El hombre metió la mano en el bolsillo del pantalón muy despacio y sacó un sobre arrugado, manchado de humedad.

—Alguien necesita de ustedes; es urgente —añadió el mensajero.

Laura cogió el sobre y retrocedió un par de pasos. Lo abrió con manos rápidas, lo leyó y se lo entregó a Dioni, que también lo leyó.

—Esto está muy cerca de la frontera con Venezuela —dijo el veterano.

Lagarto se limitó a encogerse de hombros.

—Dile que sí, que mañana bajaremos —dijo Laura, que se volvió al saco de arena.

Debía seguir entrenando porque el trabajo necesitaba de fuerza física.

Al menos podrían seguir tirando unos meses más sin tocar apenas los ahorros.