El cumpleaños
Once meses antes.
Aquel 15 de abril amaneció en Algeciras con un poniente suave que barría la humedad del puerto y dejaba el cielo de un azul de documental del National Geographic.
En el modesto salón de aquel piso de periferia, el aire no pesaba; se movía ligero, cargado con el aroma del orégano fresco y la masa de pizza que Silvia estiraba en la cocina. El sonido del rodillo contra la madera era el único metrónomo de la mañana.
No había prisas, ni el eco metálico de las bandejas de hospital, ni ese olor a ozono y desinfectante que se les había pegado a la piel durante meses.
Adrián observaba a Luz Marina desde el umbral de la terraza. La niña, que ya no era una niña, sino que acababa de cumplir dieciséis años aquella misma mañana, estaba sentada en el suelo, rodeada de libros y de una vitalidad que parecía nueva, recién estrenada.
El pañuelo que llevaba anudado a la cabeza, de un color turquesa intenso, resaltaba el brillo de sus ojos.
Ya no los habitaban dos pozos de fatiga; ahora reflejaban la luz que entraba a raudales por el ventanal.
Adrián sintió un pinchazo en el costado; no era dolor físico, sino esa clase de alivio que te deja el cuerpo vacío después de haber estado en tensión durante un asalto demasiado largo.
—Papá, deja de mirarme como si fuera una cría —dijo ella sin levantar la vista del libro—. Dieciséis años ya.
—Ya lo sé, ya; de aquí a nada te largas de casa —respondió Adrián.
Ella lo miró y sonrió. Desde que volvieron de Colombia poco más de un año atrás, la chica no se había encontrado bien.
Al principio pensaron que era la pena por dejar a la madre atrás y también por el cambio de aires.
Y por tanto trajín: primero un mes en Tenerife, luego dos en Madrid y, finalmente, traslado a Algeciras.
El destino que finalmente habían elegido tanto su padre como Silvia — que más que su inseparable binomio, parecía su pareja.
La chica siempre estuvo convencida de que había algo más entre los dos.
Adrián se acercó a la mesa y comenzó a colocar los tres vasos. El hombre se fijó en el hueco que quedaba en el extremo de la mesa, un espacio que la luz del sol llenaba con testarudez.
No hacía falta nombrar la ausencia; estaba allí, flotando en el vapor del Cola Cao que acababa de servir Silvia. Al otro lado del Atlántico, en algún lugar de las montañas de Colombia, el calendario marcaría el mismo día, pero la distancia se medía en algo más que en kilómetros.
Era un silencio compartido, un pacto de no agresión para no enturbiar la alegría de ese 15 de abril.
Del día de cumpleaños de la muchacha.
Silvia salió de la cocina con la primera bandeja.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y los hombros relajados.
Su porte era de atleta de élite, con anchas espaldas, piernas que marcaban cuádriceps y gemelos sin una gota de grasa.
Aquel día no era la subteniente de la EDOA de la Guardia Civil, era simplemente Silvia, la mujer que había aprendido a preparar pizza casera porque Luz Marina dijo una noche, entre fiebres, que echaba de menos el sabor de una buena comida.
—A la mesa. La primera es de cuatro quesos —anunció ella, dejando la bandeja sobre el hule.
Luz Marina se levantó con una agilidad que hizo que Adrián soltara el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Se sentaron. El primer bocado supo a victoria.
No hablaban de recuentos de leucocitos ni de trasplantes ni de compatibilidades.
Hablaban de la música de Leiva, Carolina Durante o Love of Lesbian que sonaba en el reproductor de música; de los barcos que hacían la ruta del Estrecho y de cómo el sol hacía que las fachadas de las casas de la Villa Vieja parecieran de oro.
—¿Qué se siente al tener dieciséis años y estar como una rosa? —preguntó Silvia.
—Pues que ya puedo quedar con chicos sin que me deis la brasa —respondió la joven, soltando una carcajada que inundó el salón.
Adrián casi escupe el trago de cerveza fría que acababa de ingerir. Miró a Silvia, que sonreía y, por un instante, el mundo se redujo a esas cuatro paredes.
Se habían convertido en una unidad extraña, un equipo, formado por los restos de naufragios anteriores, que funcionaba. Adrián capitaneaba el barco, Silvia le cubría el ángulo muerto y Luz Marina era el norte que mantenía la brújula apuntando hacia casa.
El éxito del trasplante era el mejor regalo que el Día del Padre podría haberle dado jamás.
El pasado 19 de marzo fue cuando lo recibió y la recuperación de la chica se produjo de forma casi inmediata.
Todo gracias a un donante anónimo del REDMO, el registro oficial de médula ósea; un desconocido sin rostro al que nunca podrían devolverle el favor de haber salvado a aquel pequeño intento de familia.
La tarde se alargó entre anécdotas de la Comandancia que Adrián dulcificaba para la ocasión y planes para la Semana Santa.
Querían ir a la sierra, respirar aire que no supiera a salitre y olvidar por unos días el horizonte de grúas del puerto.
Luz Marina se puso a bailar en mitad del salón una canción que Adrián no conocía, moviendo los brazos con una gracia recuperada.
El grupo en cuestión se llamaba Depresión Sonora y causaba furor entre los más jóvenes.
No le hacía mucha gracia la letra, en la que hablaba de que ya no había verano.
Sin embargo, verla saltar así: con los pies descalzos sobre la tarima en brincos rítmicos, constantes, como el corazón que ahora bombeaba sangre limpia por sus venas, le hizo sentir bien.
—Venga, papá —gritó ella, dando una vuelta sobre sí misma, y cogió por las manos a su padre—. Anímate.
Adrián, que era de mucho deporte, pero de poco baile, transigió.
Era lo menos que podía hacer en aquel momento alegre.
Se levantó y la cogió de la mano; se dejó guiar y cuando la canción tocaba a su fin, la atrapó en un abrazo corto, contenido, uno de esos abrazos de hombre de acción que no sabe muy bien qué hacer con tanta ternura acumulada.
La niña olía a vida, a sol y a esa colonia de flores que Silvia le había regalado por la mañana.
—Has sido una valiente —le susurró al oído.
—Tú más.
Cuando el sol empezó a caer, tiñó el agua de la bahía de un naranja sangriento. Silvia y Adrián se quedaron solos en la terraza. Luz Marina se había quedado dormida en el sofá, agotada por el exceso de alegría y de baile y de comida.
El padre la observaba de nuevo, esta vez sin que ella fuera consciente, lo que le otorgaba mayor libertad. En los últimos días, por suerte, había empezado a gozar de un sueño profundo, de los que no necesitan vigilancia.
—¿Cómo estás? —dijo Silvia, apoyada en la barandilla de hierro del balcón.
—Bien, verla así… imagina.
Observaron un carguero que salía del puerto, ganando velocidad hacia el interior del mar.
—Me refiero a cómo estás tú, ya sabemos que la niña se está recuperando bien y estás contento por eso.
Adrián dejó de contemplar el horizonte para fijarse en el perfil de su compañera.
—Estoy más o menos bien. No recuperado del todo, pero en proceso.
Ella captó al vuelo el significado de esas palabras y decidió callar.
Adrián giró de nuevo la vista y se quedó mirando el ancla de plata que Luz Marina lucía en el cuello.
Era su regalo de cumpleaños y ya le había dicho a la niña horas antes que era para que no se la llevase la corriente.
De esta forma estableció la metáfora que simbolizaba su apoyo incondicional.
Todo era esperanza.
El trasplante había sido un éxito y los médicos le habían trasladado un pronóstico muy favorable.
Adrián se permitió el lujo de creer en los milagros.
En aquel 15 de abril, la vida era un camino recto y despejado.
No había guerrilleros ni amas de casa despechadas ni siquiera mafiosos que amenazasen la integridad de su niña, porque para él, Luz Marina siempre sería su niña.
Silvia le trajo un botellín y chocaron los vidrios en un brindis en el que ninguno dijo nada. Ambos tenían muy claro el motivo de la celebración. El frío de la cerveza le recordó que seguía vivo, que seguía siendo el guardián de aquella chica que dormía a pocos metros.
Adrián invitó a Silvia a entrar al salón y cerró la puerta de la terraza con cuidado de no hacer ruido. El silencio de la casa era, por primera vez en mucho tiempo, un silencio de paz.
Lo que ninguno de los dos sabía, mientras el poniente se apagaba, era que el siguiente Día del Padre sería muy diferente al que habían vivido ese año y que él tendría que arriesgar, una vez más, su vida para que su hija cumpliera diecisiete años.