Los días del padre
Libro 6
El pitido
El pitido del monitor no era el habitual. Aquella frecuencia aguda y persistente rasgó el silencio de la tercera planta del Virgen del Rocío con la violencia de un disparo.
Adrián, que acababa de apoyar la frente contra el cristal frío de la cabina número cuatro, dio un salto hacia atrás mientras el corazón amenazaba con salirse de su caja torácica.
Acababa de cruzar miradas y sonrisas con su hija.
Esa hija cuya madre se había quedado al otro lado del Atlántico dos años atrás.
Ahora, detrás del vidrio, Luz Marina se agitaba en una convulsión silenciosa y terrible; un espasmo la arqueaba sobre la cama como si una fuerza invisible intentara arrancarle la vida y pisotearla delante de su padre.
—¡Enfermera! ¡Ayuda! —gritó Adrián, y golpeó el cristal con el puño.
La escena se transformó en un caos coreografiado en cuestión de segundos. Un equipo de tres enfermeros y un médico de guardia irrumpieron en la «pecera», cubiertos con batas desechables y mascarillas que los hacían parecer astronautas en una misión desesperada.
Adrián, y su más de metro ochenta, permaneció clavado al suelo, con las enormes manos pegadas al cristal que ahora le devolvía el reflejo de su propia cara desencajada por el pavor más genuino que existe: la pérdida del ser más querido.
Vio cómo una de las enfermeras sujetaba los hombros de la niña mientras el médico manipulaba con urgencia el respirador mecánico, que había empezado a emitir una luz roja intermitente.
Luz Marina tenía los ojos abiertos, pero no había nadie allí; solo el blanco de las escleras y un rastro de sangre que asomaba por la comisura de sus labios, fruto de un mordisco involuntario durante el ataque. Adrián sintió un vacío gélido en el estómago que se iba convirtiendo en náusea.
Había conducido desde el aeródromo de Villamartín en apenas cuarenta minutos, tras devorar las curvas de la sierra con el Land Cruiser al límite de su capacidad, solo porque Silvia le convenció de que contemplarla le haría bien.
«Mírala, Adrián. Recuerda por qué estamos haciendo esto», le había dicho ella mientras el viento de levante amenazaba con reventar toda la operación de socorro.
—¡Carguen diez de diazepam! ¡Ajusten el flujo de oxígeno al máximo! —las órdenes del médico se filtraban por el interfono de la unidad, distorsionadas y metálicas.
Adrián veía las manos de los sanitarios moverse sobre el cuerpo de su hija con una rapidez frenética. Cada segundo que pasaba sin que la convulsión remitiera era una neurona que moría, un gramo de esperanza que se evaporaba en el aire viciado de la UCI.
Pegó de nuevo la cara al cristal y lo empañó con una respiración entrecortada que sabía a bilis. Sus dedos buscaban un asidero en la superficie lisa; quería romper la barrera, entrar y sujetar a la chica para comunicarle su propia fuerza a través del tacto.
Sin embargo, aquella mampara era la frontera absoluta.
El aislamiento era la única forma de mantenerla viva y, a la vez, era la jaula que le impedía consolarla en su momento más oscuro.