Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Vendaval
86%

Vendaval

La nieve se había convertido en un barro sucio en los arcenes de Madrid. El sol llevaba tres días derritiendo tanto la nieve como el horror de la sierra. Poco a poco una rutina gris volvía a la ciudad.

En el coche de Ávila sonaba la música de Rulo y la Contrabanda.

Esther tarareaba la canción.

—No está mal este tío, ¿eh?

—¿No está mal? Es el mejor.

—Bueno, bueno, no tanto. La Fuga quizá…

—Fuga es la que protagonizó él de la banda… y menos mal.

Lo miró. Y él notó su mirada clavada en la sien. Le encantaban aquellas discusiones con Esther. Bien por música, bien por series, bien por libros. Lo que más le llamaba la atención de ella no era su apariencia física, que también, sino su intelecto.

Dejaron terminar la canción antes de que Ávila iniciara la charla.

—¿Habías visto algún caso tan enrevesado alguna vez? —preguntó él.

Ella resopló.

—A ver, déjame pensar: una madre diseña el secuestro de su propia hija para sacarle el dinero a su marido antes de que este la deje en la ruina.

La hija, que es la secuestrada, se carga al secuestrador, que es un chapucero y un violador; lo estrangula con el cinturón de seguridad de su propia furgoneta.

Deja a la novia de este grogui a golpes con una Glock que se había negado a disparar porque son un poco torpes.

Y luego la tortura, le corta un dedo. Después, la hija secuestrada le pega un tiro a la madre…

Ávila ya llevaba una media sonrisa en la cara a partir de la segunda frase.

—Y luego resulta que la madre estaba medio liada con el que contrató a los secuestradores torpes.

—Eso no se ha demostrado.

—Bueno, estuvieron liados en el pasado. Parecido.

—Si tú lo dices…

Ávila sonreía y estaba a punto de la carcajada.

—Y el secuestrador estrangulado era primo de ese amante de la madre… La verdad es que no, no habíamos tenido un caso así de enrevesado.

—La clave está en la ida de olla del tal Julio. De no ser por eso, Lorena no habría volteado los papeles. Habríamos tenido problemas para solventarlo bien. Marisa no se hubiera atrevido a escaparse sin la imagen del dedo, que creía de su hija y no de la otra implicada.

—A la hija también se le fue la olla, pero una cosa te digo: yo no sé qué habría hecho en la piel de esa chica. ¿Tú crees que se librará del talego?

—No lo sé. La defensa argumentará locura transitoria.

—Y defensa propia.

—Eso ya no lo veo. Decidió que otra forma de justicia poética incluiría secuestrar a la amante de su violador y torturarla. La enajenación le duró demasiado.

—Ya…

Los dos policías llegaron al aparcamiento próximo a la casa de la inspectora. Ávila echó el freno de mano y miró a su compañera, que le aguardaba con una sonrisa.

—Me alegro de que tu madre esté mejor —dijo él.

—Gracias. Y yo de que hayas llevado a tus hijos a ver a su madre esta mañana.

Esther le acarició las falanges que aún reposaban sobre el volante.

—¿Qué haces esta noche?

—No lo sé, ¿y tú?

—Es el cumple de Del Olmo. Ya te lo he dicho antes. Luis y Nira van a ir.

—Cierto.

Se quedaron mirando el uno al otro. Ávila cambió de tercio.

—¿Quién crees que ha sido más fría? ¿Marisa, Lorena o la nieve? —preguntó.

Ávila se rio a carcajadas. Esther también, y respondió:

—Fría, como un vendaval de nieve.