Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La calma
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La calma

El eco del disparo se disipó, pero el zumbido en los oídos de Lorena permaneció como una señal de alarma constante. Sintió el peso de su madre sobre el pecho, un lastre inerte que la aplastaba contra la losa de piedra.

Lorena la empujó con fuerza, presa del pánico, y se arrastró hacia atrás hasta chocar con la pared de piedra.

Marisa quedó tendida boca arriba. Tenía los ojos abiertos, desorbitados, fijos en las vigas de madera del techo.

Una mancha roja floreció en su hombro izquierdo y tiñó la lana del abrigo de un granate oscuro y brillante.

Respiraba con dificultad, boqueaba como un pez fuera del agua, atrapada en un estado de shock que le impedía procesar el dolor.

Lorenzo aprovechó el desconcierto. Vio la oportunidad y no lo dudó. Saltó por encima del cuerpo de Marisa y corrió escaleras arriba, hacia la salida, sin mirar atrás.

Tania intentó desatarse, pero le fue imposible. Se limitó a seguir gritando de forma imposible bajo la cinta americana que le tapaba la boca.

A su lado quedaron madre e hija. Una con un disparo y otra con la pistola que había disparado.

Lorenzo cruzó el umbral de la puerta como si se tratase de una carrera de obstáculos, además el reflejo del sol en la nieve no le permitió ver lo que se venía encima.

Esther Montes le esperaba en el lateral. Con un movimiento preciso, descargó un gancho seco en la boca del estómago del hombre. Lorenzo cayó de rodillas sobre la nieve, sin aire, sin fuerza.

La inspectora se le echó encima, le retorció el brazo a la espalda y le colocó los grilletes antes de que pudiera recuperar el aliento.

—No te muevas o te dolerá más.

Ni que decir tiene que el tipo obedeció, manso.

—¿Lorenzo Malpica? —preguntó Ávila. El tipo no respondió—. ¿Quién hay dentro? ¿Dónde está la chica?

—Está con su madre. Le ha disparado.

Esther miró a su compañero y le hizo un gesto con la cabeza.

Era su turno. Ella solía tirar más de fuerza y habilidad de pelea.

Él era el encargado de persuadir a las personas.

Hasta las desesperadas, como al padre que se atrincheró con sus hijos unos pocos días atrás.

Cuando la pesadilla invernal estaba empezando.

El inspector entró en la cabaña con el arma por delante, barrió la estancia con la mirada y evaluó las posibles amenazas.

Llegó hasta la puerta que conducía al sótano. Se agachó y se asomó para ver la situación.

Una situación demasiado compleja con tres mujeres en diferentes estados de ánimo. Y él era un hombre. Quizá su compañera podría equilibrar la balanza. Pero se dio cuenta de que Lorena empuñaba un arma y que su madre yacía tendida a su lado, con lo que parecía un disparo.

—¡Lorena! —dijo en voz alta.

Lorena reaccionó al movimiento. Alzó la Glock con manos temblorosas y apuntó hacia las escaleras.

—¿Quién es?

—Soy Cecilio Ávila. Inspector de Secuestros y Extorsiones. Venimos a sacarte de aquí.

—¡No bajes! —gritó ella con la voz rota.

Ávila pensaba cómo abordar aquella situación. Si de verdad Lorena había disparado a su madre, aquello era muy complejo. Decidió tirar de experiencia.

Y de empatía.

—Sé que tu madre no lo ha hecho bien.

—¿Qué sabes el qué? No tiene ni puta idea.

—Posiblemente no, pero me imagino que lo que ha hecho te ha destrozado la vida.

No quiso hacer mención al cadáver que se habían encontrado a kilómetro y medio más abajo.

—Pero tienes que dejarme bajar. Si a tu madre le pasa algo, estarás en serios problemas.

Lorena rio a carcajadas.

—Ya estoy en un buen problema, Cecilio Ávila.

—No es lo mismo un homicidio en defensa propia que un parricidio a sangre fría.

Lorena calló. Procesó lo que decía aquel policía.

—No es a sangre fría. Se ha tirado encima de mí. Ha sido un accidente.

—Mejor me lo pones. Aleja de ti el arma y déjame bajar a asistirte. El resto de problemas que tengas ya lo valoraremos después.

Ávila asomaba la cabeza y la retiraba para ver cómo evolucionaba la situación sin exponerse demasiado. Se fijó en que la chica había bajado el arma.

—¿Puedo bajar? —pidió de nuevo. Lorena calló—. Tu madre no tiene buena pinta y la omisión de socorro también es delito. Es como si atropellases a alguien por accidente y te dieras a la fuga. Son años de cárcel, Lorena.

—Voy a ir de todas formas.

El inspector maldijo, porque aquello dejaba claro que ella había asesinado a Julio Morante.

Lo que no tenía tan claro era de quién era el dedo.

Desde su posición, no podía ver a Tania, pero en ese momento cayó en sus gemidos bajo la mordaza.

No sabía que allí habría otra persona, pero ahora cayó en la cuenta.

—Se lo merecen, Lorena —insistió el inspector.

—¿Y tú qué sabrás?

—Por traerte hasta aquí a la fuerza. Por atarte. Por meterte en ese zulo…

—Por violarme…

Ávila calló. Así que la habían violado. El tipo del coche, y a lo mejor quien quiera que tuviera retenido allí.

—¿Quién está ahí contigo?

—Mi madre y esta hija de puta que lo permitió todo.

Ávila siguió entendiendo. Por la puerta de la casa la cabeza de Montes apareció, interesada en saber qué estaba sucediendo. Él la vio y le hizo un gesto con la mano pidiendo calma.

—Déjame bajar, por favor. Bajaré desarmado.

Esther negó con la cabeza. Con fuerza, para decirle que ni se le ocurriera.

Él le hizo un gesto para decirle que le entregaba la pistola y que ella tomase su puesto.

Esther indicó con otro gesto que fuera tenía a Lorenzo esposado.

Ávila se echó mano a sus esposas, se señaló sus propios tobillos e hizo un gesto para hacer entender a su compañera que engrilletase también a Malpica por los pies.

Montes refunfuñó pero aceptó. Ávila le tiró las esposas y se le escaparon, con el consiguiente ruido.

Lorena volvió a apuntar con la Glock.

—¿Qué es eso?

—Mi arma. La acabo de dejar caer —dijo, al mismo tiempo que la depositaba con más delicadeza que si fuera su bebé. Se asomó de nuevo y vio como la chica lo apuntaba. Solo que esta vez no se agachó de nuevo. Era un blanco relativamente fácil.

—Voy a bajar.

Comprobó que Esther accedía con sigilo al refugio y se incorporó haciendo todo el ruido posible para cubrirle a ella.

Se acercó hasta las escaleras y las bajó, siempre con las manos en alto.

—Baja el arma, por favor. Estoy desarmado.

—¡No te acerques!

—No me acerco. Mira. Me quedo aquí.

El inspector se detuvo a mitad de escalera y clavó sus ojos en los de la chica. Vio el miedo en ellos, la desesperación, la niña asustada que emprendía una huida hacia adelante.

—Déjame ayudar a tu madre.

—Yo... yo no quería... se tiró encima...

—Lo sé. Ha sido un accidente. Déjame acercarme.

Lorena dudó. El cañón de la pistola osciló levemente.

Ávila dio un paso lento, suave, sin movimientos bruscos.

—Voy a acercarme a ella. No voy a tocarte. Solo a ella.

Lorena no disparó. Ávila se arrodilló junto a Marisa. La mujer abrió los ojos, le miró sin reconocerlo al principio, perdida en la bruma del trauma.

El inspector examinó la herida. El proyectil había entrado limpio en la zona del deltoides. Sangraba con abundancia, pero no parecía haber tocado órganos vitales ni la arteria principal.

Ávila sacó su guante del bolsillo, lo hizo una bola y presionó con firmeza sobre el orificio.

Marisa soltó un gemido.

—Tengo que parar la hemorragia —dijo Ávila con suavidad. Luego volvió la vista hacia Tania, que le correspondió en la mirada. Sus ojos estaban rojos y brillantes. Pedían a gritos auxilio. Aquello era todavía más complejo. Volvió a dirigirse a Lorena—. Lorena, mírame. Todo ha terminado.

—¡Es una loca! —gritó la chica.

La tensión se disparó de nuevo. Lorena giró el arma hacia Tania, con los ojos también amenazando con superar el borde de los párpados.

—Entiendo la situación que estás pasando en estos momentos…

—¿Que lo entiendes? ¿Te han metido una polla por el culo a la fuerza sin tu consentimiento?

Ávila resopló. Se tomó su tiempo antes de contestar.

—Entonces no…

—A mí no, pero el ex de la madre de mis hijos la maltrataba de forma habitual —la interrumpió, y se miraron a los ojos—.

Ella nunca lo superó. Los primeros años fueron preciosos, tuvimos gemelos, Lorena.

Gemelos. Después dejó de tomar la medicación y se jodió todo.

No pudimos seguir la relación. Sé que es algo que nunca se supera.

Yo ahora apenas veo a los críos por mi trabajo. Y ella está en un centro terapéutico.

—¿Y el maltratador?

—Le quedan un par de años para salir del talego.

—¿Y qué vas a hacer?

—Pues no lo tengo muy claro.

—¿Lo matarías?

—No.

—¿Por qué?

—Porque eso no le provocaría sufrimiento.

Lorena abrió la boca. Quiso decir muchas cosas, pero no le salió ninguna. Bajó el arma.

En ese momento, Esther bajó las escaleras con la USP-Compact de Ávila.

—¡Policía! ¡Suelta el arma ahora mismo!

Lorena apuntó a Ávila otra vez, que apretó por instinto la herida de Marisa arrancándola un nuevo quejido.

—Esther, baja el arma —dijo Ávila sin girarse. Su voz sonó tranquila, autoritaria pero serena.

—Jefe, le está apuntando...

—Baja el arma. Es una orden.

Esther apretó los dientes, pero obedeció. Bajó la pistola unos centímetros.

Ávila volvió a concentrarse en Lorena.

—Nadie va a disparar, Lorena. Esther no te va a hacer daño. Yo no te voy a hacer daño.

—He matado a un hombre... —sollozó ella. El arma le pesaba una tonelada—. Le maté...

—Lo hiciste para defenderte. Lo sabemos. Ahora sabemos lo que te hicieron.

Ávila le hablaba con una calma hipnótica, con la certeza absoluta de quien promete la salvación.

—Marco está detenido. Julio está muerto. Lorenzo está esposado ahí fuera. Ya nadie puede hacerte daño. A esta chica la tienes tú amarrada y tu madre cuando se cure también acabará detenida. Acabarás libre, Lorena. Pero tienes que soltar esa pistola.

La chica temblaba de pies a cabeza. Las lágrimas le corrían por la cara sucia de hollín y pólvora.

—Tengo miedo...

—Lo sé. Es normal. Pero yo estoy aquí. Confía en mí.

Ávila tendió la mano manchada con la sangre de su madre hacia ella.

—Dámela.

Lorena miró el arma. Miró a su madre, que la observaba con ojos vidriosos, apoyada igual que ella en la fría pared del zulo, sin poder articular palabra. Miró al inspector, el único punto fijo en su universo derrumbado.

Sus dedos perdieron fuerza. La Glock resbaló de su mano y cayó al suelo de piedra con un golpe seco.

Lorena se derrumbó. Cayó de rodillas, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar, las lágrimas de quien ha soportado demasiado peso durante demasiado tiempo.

Esther corrió a asegurar el arma, sacó el cargador, la guardó y se acercó a Tania para comprobar su estado.

Marisa, a pesar del dolor, intentó incorporarse. Extendió el brazo sano hacia su hija.

—Mi niña... —susurró Marisa, apenas se le escuchaba—. Ven aquí... Lorena, cariño.

Pero Lorena no se movió. Se quedó ovillada en el suelo, lejos del alcance de su madre, sacudida por los espasmos del llanto, inconsolable.

Ávila mantuvo la presión sobre la herida, pero sus ojos no se apartaron de la chica.

Esther sacó su radio, con la respiración aún agitada.

—Luis, ¿dónde estás? ¿Han llegado los refuerzos? Necesitamos una ambulancia.

Al poco respondió.

—Están detrás de mí, esperando vuestras órdenes.

Ávila miró a su compañera y asintió. Después le puso una mano en la cabeza a Lorena, que al sentir su tacto pareció calmarse.

Un tacto cálido al fin en medio de tanto frío.