Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Necesario
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La furgoneta policial derrapó sobre la nieve pisada antes de detenerse a escasos metros del siniestro.

El espectáculo que se ofreció ante los ojos de los tres ocupantes hizo revolverse las tripas incluso a un veterano como Ávila.

Una Volkswagen Transporter, o lo que quedaba de ella, yacía junto al tronco de un pino centenario.

Ávila y Esther saltaron del vehículo con las armas desenfundadas, aunque la intuición les gritaba que allí ya no había nadie capaz de apretar un gatillo. Listín se quedó un paso atrás, con el portátil abrazado al pecho como un escudo.

El inspector se acercó a la ventanilla del conductor, destrozada por el impacto.

—Joder —susurró.

En el interior, el cuerpo de Julio yacía recostado sobre el asiento.

Sus ojos abiertos, cubiertos por una fina capa de escarcha, solo mostraban el blanco.

Ni rastro del iris ni de la pupila. El cinturón de seguridad daba vueltas en torno a su cuello.

El frío de la noche había hecho su trabajo de conservación.

Ávila y Esther se miraron, confusos.

—La cara parece coincidir con la de la ficha policial —dijo Listín, que se había aventurado a acercarse.

Él había visto muy pocos cadáveres. En alguna ocasión, Del Olmo le había llevado al anatómico para que se curtiera, ya que siempre le tocaba trabajo de oficina. Y la curiosidad del inspector informático —y el morbo— le hicieron corroborar la identidad de Julio Morante.

Ávila lo miró sorprendido. Guardó el arma y se puso los guantes de látex.

Esther rodeó el coche, hundió las botas en la nieve que rodeaba el accidente. Buscó huellas, rastros, cualquier señal de vida que partiera de aquel ataúd metálico.

—Aquí hay pisadas —señaló la inspectora—. Se alejan del coche. Son de mujer. Y hay marcas de haber arrastrado un cuerpo y aquí desaparece… pero…

—¿Pero qué?

—Al cuerpo lo tienen que haber subido en algo para seguir arrastrándolo.

Ávila rebuscó en la guantera y entre la ropa del cadáver. No encontró nada.

—Jefe —inició Luis—. Desde la llamada no se han vuelto a registrar datos de las BTS del móvil de Malpica.

Minutos antes habían llamado desde el móvil de Marco Rivas, al que habían puenteado la señal hasta el móvil de Nira para que Lorenzo Malpica tuviera el móvil encendido y emitiese señal. Una tarea que facilitaba las cosas.

Marco Rivas se puso demasiado nervioso y, en lugar de jugar con que la llamada era para contarle el secuestro de Lorena, se puso a insultarlo. Lorenzo no tardó en colgar la llamada ni veinte segundos, a instancias de Marisa.

—No debe de andar muy lejos —dijo Ávila.

—¿Qué hay más arriba si seguimos la carretera? —preguntó Esther.

—Las imágenes de satélite muestran algo que podrían ser cabañas. Alguna casa rural, no sé —contestó Luis—. Podría ser un buen lugar para esconder a la chica.

Ávila miró hacia la espesura del bosque, hacia donde la pista ascendía entre sombras y niebla. La tormenta había borrado los caminos, pero la orografía no mentía.

—Malpica tuvo que pasar por aquí —dedujo Ávila—. Si su coche no está, es que siguió subiendo. Y si Marisa vino tras él...

—No se aprecian huellas similares a las que hemos visto antes —dijo Esther, algo más alejada—. Pero las marcas de que alguien ha arrastrado a otra persona usando algo aquí se acentúan. Acercaos.

Ávila y Luis se aproximaron y corroboraron las dos afirmaciones de la inspectora.

—¿Y dónde coño estarán? —preguntó Ávila al aire.

—Hay más carreteras por aquí que conducen a lo alto de estos picos, jefe —dijo Luis tras consultar el mapa—. Han podido ir por otro lado y la señal de la BTS nos ha traído hasta aquí porque se ha podido enganchar a la que hay unos kilómetros más abajo, en el desvío.

—Joder.

El inspector le dio una patada a la nieve. Como si el hecho de hacerlo le pudiera revelar algo. Se puso las manos en jarras y miró a sus compañeros a la espera de una respuesta.

—Vamos a seguir subiendo.

Cuando se iban a montar en la furgoneta, un sonido inconfundible, rotundo, quebró el silencio del valle.

Luis se agachó por instinto; los dos inspectores no. El eco rebotó en las paredes de roca de Siete Picos y multiplicó su efecto, lo que impidió saber su procedencia exacta.

—¿Eso ha sido un disparo? —preguntó Listín con voz temblorosa.

—Pues claro —dijo Esther y señaló hacia el noreste—. Viene de allí arriba.

—¡Vamos! —ordenó Ávila.

—¿A pie? —preguntó Luis.

—Tú vete a la furgoneta y conduce muy despacio hacia arriba. Al loro con las transmisiones, si necesitamos tu ayuda, te la pediré por radio.

—Pero yo no sé qué hacer…

—Por eso el jefe te pide que vayas en la furgoneta. Solo debes estar pendiente de las transmisiones. Y pide ayuda por radio.

Listín se quedó sin saber bien qué hacer.

Esther se puso a correr en dirección a donde creía que procedía el disparo y Ávila miró al inspector tecnológico.

Asintió y sonrió. Era su forma de mostrarle confianza.

Él le correspondió, y solo entonces el inspector Ávila echó a correr hacia la pendiente detrás de su compañera.

Ignoró el dolor de sus rodillas y el aire gélido que le quemaba los pulmones.

Avanzaron con dificultad. La nieve les llegaba hasta las pantorrillas y cada paso suponía una batalla contra los elementos.

—Teníamos que haber ido por la carretera —protestó Ávila, que justo después de la protesta resbaló.

Le dio el tiempo justo para sujetarse a una rama y no caer pendiente abajo.

Montes se acercó hasta él y le ofreció su mano.

Él la miró. Sonrió y ella le correspondió.

Se cogieron de la mano y ella tiró con fuerza.

Con el movimiento los dos trastabillaron y cayeron uno encima del otro. Ávila quedó debajo.

El vapor que salía por la boca de su compañera le golpeó directamente en la cara. Volvió a sonreír.

—Vamos, inspectora, no es momento de romanticismos.

—Eres un idiota —dijo con una sonrisa.

Se levantaron y volvieron a correr.

Tras superar un repecho, el bosque se abrió. A lo lejos, a unos trescientos metros, una construcción de piedra y madera se alzaba solitaria en un claro. Un vehículo todoterreno estaba aparcado frente a la entrada.

Se miraron. Y decidieron avanzar despacio y agachados. No había nada que les protegiera ni ocultara su presencia.

Ávila echó mano a la radio de la solapa mientras recuperaba el aliento.

—Luis, detén el avance. Te oirían llegar. Insiste en los refuerzos y manda la posición.

Al otro lado de la radio no se escuchaba nada. Los dos inspectores siguieron avanzando.

—¿Sabrá usar la radio, no? —preguntó Esther.

—Si domina tanto la informática y no es capaz de usar un equipo de transmisiones, degrádalo en cuanto volvamos a la Unidad.

No hizo falta degradar al inspector, porque a los segundos contestó.

—Oído, ya he solicitado la ayuda. Pero ni idea de cuándo podrán venir.

—Gracias, Luis —respondió Ávila.

—La puerta parece abierta —indicó Esther—. No hay nadie junto al coche. La matrícula coincide con la del tal Malpica.

Ávila asintió y le dio indicaciones a la compañera.

Se desplegaron en abanico. Ávila tomó el flanco izquierdo y Esther el derecho, para intentar rodear la estructura y evitar una línea de tiro directa desde las ventanas.

Avanzaron agazapados, con la nieve como única cobertura.

El silencio volvió a caer sobre la montaña, un silencio pesado, denso, solo roto por el crujir de sus propias pisadas.

Estaban a menos de cincuenta metros cuando ocurrió.

Un segundo disparo atronó el aire.

Esta vez sonó más cerca, más definitivo.

Ávila y Esther cruzaron una mirada de incredulidad. No hubo necesidad de órdenes. Se levantaron y corrieron hasta la puerta de la cabaña sin tener ni idea de lo que se encontrarían en el interior.

Era necesario.