Disparos
Lorena releyó más de diez veces el mensaje que apareció en aquel móvil. Depositó el aparato sobre la mesa. Dejó a su lado la «cacharra», esa arma que pesaba como un cartón de leche.
Se llevó las manos a la cara.
Había vuelto a encerrar a Tania en el sótano. No sabía qué hacer con ella. Era consciente de que se había extralimitado en su venganza, pero tras la situación traumática por la que había pasado, se autojustificó con aquello de que el fin —y valga la redundancia— justifica los medios.
No tenía muy claro por qué le había cortado el dedo. Quizá por esa sospecha que se acababa de confirmar. Quizá quería castigar a sus padres por lo que sea que hubieran podido hacer. Sobre todo a ella. O a él también. No era su padre, pero quizá también merecía su castigo. O todo lo contrario.
Le entró un profundo dolor de cabeza después de un buen rato de darle vueltas a todo. No podía salir de allí, tenía que esperar a que el tiempo mejorase y no había demasiados víveres.
Bajó a ver a Tania. La tenía amordazada, pero esta vez la había vestido y tapado con una manta, como si se apiadase de ella. Este pequeño confort adicional había servido para que se durmiera.
La había vejado sexualmente y también se arrepintió de ello. O no, no lo tenía claro. Porque estaba claro que ella había permitido que Julio la violase. Y no solo eso, sino que después se había acostado con ella.
Era repugnante y se merecía que le hubiera cortado ese dedo.
En estas elucubraciones estaba cuando escuchó el leve ruido de un motor.
Se sobresaltó y subió a ver qué ocurría.
El Toyota Land Cruiser coronó la última rampa de la pista forestal que serpenteaba por la cara norte de Siete Picos.
Los neumáticos crujieron sobre la nieve helada y rompieron el silencio sepulcral de la sierra madrileña.
A aquella altura, los pinos silvestres se curvaban bajo el peso del invierno y el aire cortaba la respiración.
Lorenzo detuvo el motor frente a la cabaña de piedra y madera, un refugio antiguo de pastores que fue reconvertido en casa rural que no funcionó y que ahora servía como escondite, como zulo, aislado del mundo por la tormenta reciente.
Lorena observó la llegada desde la ventana del salón.
No se movió. Apenas parpadeó. Su silueta se recortaba contra la luz fría del interior, inmóvil como una gárgola.
Vio cómo su madre saltaba del coche antes de que este se detuviera por completo y cómo Lorenzo, más lento y temeroso, bajaba tras ella.
Su madre.
Esa a la que el mensaje del Loren… Sí, el primo Lorenzo de aquel violador hijo de la gran puta. Todo encajó en ese momento. En el mensaje que había visto pocos minutos antes, el tal primo Lorenzo, agendado como «primo L» en el teléfono de Julio, había dejado un mensaje cristalino:
«—¿Qué has hecho, loco? Te dije que la madre quería solo un susto. Te exigí un trabajo limpio, sin violencia. No me coges el tlf. Voy para allá. Ni se te ocurra hacer nada malo a la chica. Y que tu amiga tampoco la líe».
El cliente del que habló en el primer mensaje era su madre. Su propia madre.
Lorena se apartó del cristal, caminó con pasos lentos hacia la entrada y quitó el pestillo. Dejó la puerta entreabierta, una invitación velada, y retrocedió hasta el centro de la estancia. Miró hacia la puerta del sótano. Decidió bajar.
Marisa empujó la hoja de madera y entró como un vendaval.
—¡Lorena!
—Aquí abajo, mamá.
La madre se guio por su oído hasta llegar a las escaleras. Vio una tenue luz y decidió asomarse.
—¿Hija?
—Aquí estoy, mamá.
Lorena había pronunciado «mamá» las dos veces con retintín; la primera vez el tono pasó inadvertido para Marisa, no la segunda vez.
Cuando llegó abajo se llevó la mano a la boca.
No podía creer lo que veían sus ojos, debía de ser algún efecto del shock o de la ausencia de luz.
La estancia olía a sangre, a humedad, a sudor y a miedo.
Tania yacía en un rincón, ovillada y temblorosa, con la mano envuelta en una venda blanca sanguinolenta.
Pero Marisa no tenía ojos para la secuestradora caída, sino para su hija.
—¿Qué ocurre, hija? —dijo y se aproximó hasta ella.
—Nada, mamá —Lorena reculó y dejó ver que empuñaba un arma. Además, esta vez el tono del retintín fue exagerado. Y todo ello provocó la desconfianza de Marisa y que se detuviera en seco al abrazo que tenía pensado darle.
En ese instante, se escuchó el crujir de las escaleras. Eso alertó a Lorena, que empuñó la Glock y apuntó a Lorenzo.
—¡Qué haces, hija!
Lorenzo levantó las manos como primera medida. Y realizó la misma pregunta que su amiga:
—¿Se puede saber qué es todo esto?
—Me lo vas a explicar tú para que me quede bien clarito, no vaya a ser que a mamá se le haya pasado algún detalle.
—Hija, ¿por qué usas ese tono? ¿Y por qué tienes esa pistola en la mano?
Se llevó las manos a la cabeza. En ese momento se había acabado el teatro que había hecho todo el tiempo con el inspector. Su sorpresa, su indignación y hasta su miedo se hicieron palpables en sus gestos y en sus palabras.
—Acabo de pedir a tu amigo Lorenzo, o debería decir, al primo Loren, que nos lo explique todo él, por si no lo habías escuchado.
Marisa volvió a acercarse con la intención de abrazar a su hija o a lo que quedase de ella. Pero Lorena le apuntó con la Glock.
—¿Lorena? ¿Qué haces? Soy mamá.
—Sí, mamá.
—Esto es una locura —masculló Lorenzo—. Yo me largo.
El hombre dio media vuelta con la intención de irse.
Lorena volvió a apuntarlo.
—Tú no vas a ningún sitio sin antes contarnos qué es todo esto —y amartilló el arma.
Lorenzo decidió ignorarla y siguió su camino. Entonces Lorena disparó. La bala pasó cerca del hombre, y a continuación se escuchó el chillido de Marisa.
—¡Hija!
Lorenzo se dio la vuelta, con la boca temblando y las manos en alto.
—Baja —ordenó ella—. Ponte junto a esa zorra.
—Lorena, por favor... —suplicó Marisa, con los ojos llenos de lágrimas—. Estás en shock, no sabes lo que haces. Vamos a casa, cariño.
—¡Que te calles! Y que tu amiguito baje de una puta vez.
Lorena se tensó y no dejó de apuntar a ninguno de los dos.
Tania se había despertado, obvio, y emitía pequeños ruidos guturales. Lorenzo se fijó en ella y en el despojo humano en el que se había convertido.
La imagen resultaba grotesca: la alta sociedad y el hampa, la madre y el amigo o amante, todos nivelados por el cañón de una pistola en manos de una niña bien.
—Lorenzo, o hablas o disparo de nuevo, y esta vez te prometo que no fallo —amenazó Lorena.
Marisa alzó la vista desde el suelo. El miedo empezó a dejar paso a una amargura antigua, un veneno que llevaba meses tragando.
—Te lo voy a decir yo. Aunque tú ya sabes por qué.
—Explícamelo. Quiero oírlo.
—Lo sé todo, Lorena —escupió Marisa con rabia repentina—. Lo sé todo sobre ti y Marco. Mi marido y mi hija.
Lorena ladeó la cabeza, como si analizara un espécimen curioso.
—¿Me has secuestrado por eso?
—¡Te acostaste con mi marido! —gritó Marisa. Se inclinó levemente como si quisiera despegarse del suelo—. ¡Con mi marido! Mi propia hija. ¿Cómo pudiste hacerme eso? ¡Soy tu madre!
—¡Me han violado! ¿Me oyes? El hijo de puta que tu amigo ha contratado para esta mierda que se te ha ocurrido me ha violado. Y esa zorra lo ha permitido.
Marisa se detuvo en su reproche. Volvió a llorar y a titubear, incluso se le doblaron las piernas.
—Lo he tenido que hacer. Me habéis obligado entre todos a hacerlo.
—¿A hacer el qué, Lorena? —preguntó Lorenzo.
—He matado a tu primo —Lorenzo abrió bien los ojos, como si de un sapo se tratase—. Y a la zorra esa le he cortado el dedo.
—¿Por qué has hecho eso, hija? —Marisa seguía llorando.
—Marco no te quiere —dijo Lorena compasiva—. Nunca te ha querido.
La madre dejó de llorar. Su expresión volvió a cambiar, había mutado del miedo a la rabia. Otra vez.
—Estás confundida, Lorena.
—Él me entiende. Tú solo ves dinero y estatus. Él ve quién soy yo de verdad.
—Lo que ve es un cuerpo mucho más joven.
—En eso te doy la razón.
Las palabras golpearon a Marisa con más fuerza que una bala. La verdad, dicha así, desnuda y cruel en aquel refugio helado, rompió el último dique de su cordura.
—¿Tú también te lo has creído? —Marisa se permitió, incluso, una burla.
—¿Qué te piensas? ¿Que la pasta que te ha desaparecido era para salvar sus empresas? Es para largarnos juntos. Que no te enteras.
Marisa apretó la mandíbula.
—Entonces me estás dando la razón.
—¿En qué?
—En que este secuestro está justificado.
—¿También que me violen?
Marisa dudó. Dudó en decir que sí, que quizá esa niñata que había parido se había convertido en una serpiente digna de que le cortasen la cabeza. O de cosas peores.
Se abalanzó sobre ella sin que lo esperase y cayeron al suelo.
Un disparo retumbó en aquel sótano y obligó a Lorenzo a taparse los oídos.