La nieve
El silencio absoluto reinaba en el refugio tras una noche interminable. La secuestradora había improvisado un vendaje sucio en la mano de su presa para contener la hemorragia del meñique amputado.
La tormenta, por fin, había cesado. El sol de la mañana impactaba contra el manto de nieve virgen y creaba una luz hiriente, violenta, que anunciaba cataclismos y que contrastaba con la negrura del sótano donde habían transcurrido las últimas horas de horror.
La puerta de madera se abrió con un quejido.
Dos figuras emergieron a la superficie. La primera avanzó a tropezones, empujada por la segunda.
La víctima vestía solo unas bragas y una camiseta.
Su piel reaccionó con violencia al contacto con el aire helado; cuando clavó los pies desnudos en la nieve sintió como si pisara un bosque de cactus.
Temblaba de forma convulsiva. Avanzaba con dificultad, entre sollozos, mientras intentaba protegerse los brazos en un gesto de abrazo inútil.
El vendaje rudimentario de su mano izquierda rezumaba sangre fresca por el esfuerzo. Detrás de ella caminaba la secuestradora.
Lo que ocurría es que horas antes se habían intercambiado los papeles: Tania había pasado a ser la secuestrada y Lorena la secuestradora.
¿Por qué?
Porque cuando Tania golpeó a Lorena con la pistola en la cabeza, cometió el error de no rematarla.
Lorena sintió el mundo girar, sí, pero el dolor agudo actuó como una inyección de adrenalina.
Cuando Tania se abalanzó sobre ella para asestarle el segundo golpe definitivo, Lorena reaccionó con el instinto primario de un animal acorralado.
Desde el asiento, encogió las piernas hacia su pecho en un acto reflejo de defensa.
Tania, ciega de furia y con el impulso de su propio cuerpo, se estrelló contra aquel muro óseo.
Su mandíbula impactó de lleno contra las rodillas de Lorena en el punto exacto que los boxeadores llaman el botón del KO.
Aturdida, soltó la Glock y Lorena, llena de fiebre homicida, la tomó, la puso sobre el cráneo de Tania y apretó el gatillo.
Pero aquello seguía sin funcionar. Así que la usó de la misma forma que antes lo habían hecho con ella.
Golpeó la cabeza de la, hasta entonces, secuestradora para dejarla inconsciente y convertirla en secuestrada.
La desnudó y se puso sus botas y su ropa de abrigo; después la arrastró en aquel plástico de la furgoneta del violador hasta el refugio.
Ya se había convertido ella misma en homicida y secuestradora, y dio un paso más para convertirse en torturadora cuando cercenó el dedo de Tania.
Ya no se distinguía entre el bien y el mal en aquel refugio de montaña perdido en la sierra de Madrid.
Lorena vestía varias capas de ropa de abrigo que había encontrado en la casa, propiedad de Julio y de Tania; la prenda exterior, una chaqueta de Julio demasiado grande para ella, le daba un aspecto grotesco.
En su mano derecha sostenía la pistola, que colgaba relajada junto a su pierna, una extensión natural de su brazo. En la izquierda, el martillo.
Su expresión no denotaba furia, ni siquiera odio; reflejaba una calma aterradora, un vacío absoluto de empatía.
La experiencia traumática la había vaciado por dentro hasta dejar solo un cascarón funcional.
Lorena obligó a Tania a caminar hasta el centro del claro, lejos del calor residual del refugio.
La empujó con el pie para que avanzara más.
—Hunde la mano en la nieve —ordenó Lorena con voz monocorde—. El frío calma el dolor.
Tania obedeció entre gemidos.
—¿Te gusta el frío ahora? —preguntó Lorena sin esperar respuesta.
Tania no pudo más y se derrumbó sobre el manto blanco. Se ovilló en posición fetal, un amasijo de carne temblorosa y azulada. Lloraba, suplicaba piedad con balbuceos ininteligibles; repetía que se iba a congelar, que lo sentía, que por favor la dejara entrar.
—Me voy a morir de frío.
—Te lo hubieras pensado antes de meterte en esto.
Lorena se detuvo frente a ella. La observó desde arriba con la frialdad clínica de un forense ante un cadáver. No había satisfacción en su mirada, solo la ejecución de una sentencia ineludible.
En ese instante, la ambigüedad se disipó para siempre.
Ya no había figuras dominantes ni mujeres atadas sin nombre.
Allí estaba Lorena, la hija de la alta sociedad, la víctima del secuestro, transformada en juez y parte.
Lorena miró la Glock. Creía que había encontrado el problema por el que horas antes Tania no le había volado la cabeza: y es que el torpe de Julio no había montado el arma.
No había bala en la recámara. Lorena había examinado el arma con detenimiento y era una chica espabilada que se había pegado horas buscando información en el teléfono del violador; justo de cobertura, pero suficiente.
Quitó el seguro y empuñó el arma. Hizo un disparo de prueba a un árbol. El retroceso la desplazó un tanto hacia atrás, sin embargo consiguió controlarlo.
El sonido retumbó en la montaña como una campana de iglesia en la madrugada de un pueblo.
Lorena sonrió y Tania se asustó.
Y se asustó más cuando la que horas antes fue la víctima la apuntó con el arma. Y se meó encima cuando la amartilló.
En ese instante sonó el teléfono de nuevo. Otra vez salvador.
Lorena lo miró. No lo cogió.
Volvió a empuñar el arma.
Entonces sonó un mensaje.
Resopló, le molestaban aquellas interrupciones en su plan homicida.
Pero decidió leer aquello que con tanta urgencia la requería.
Y lo que vio sí que le trastocó demasiado. Quizá se equivocaba al apuntar a aquella chica indefensa.
Quizá debería empuñar el arma contra otra mujer más cercana.
Rompió a llorar y ni toda la nieve del mundo podría competir con la frialdad que ella sentía en esos momentos.