Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Seguimiento
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La calefacción de la furgoneta silbaba en un tono monótono que se toleraba porque controlaba el frío que el exterior prometía.

Esther conducía con la mirada fija en la carretera, mientras Ávila ocupaba el asiento del copiloto y Listín, al que habían recogido minutos antes en una estación de servicio cercana, tecleaba frenéticamente en su portátil desde la banqueta trasera.

El experto informático vigilaba que el punto rojo que representaba el coche de Marisa en el mapa digital mantuviera la cobertura en todo momento.

Los geolocalizadores instalados por Nira eran efectivos, pero podrían dar sus fallos.

Y más en condiciones como las que tenían, porque por mucho que la tormenta hubiera remitido y el sol despuntara ya en esa fría mañana, nada era seguro bajo todo el manto de nieve acumulada.

De pronto, el indicador se detuvo.

—Frena —ordenó Ávila.

Esther obedeció y redujo la marcha hasta detenerse en el arcén, a una distancia prudencial para no ser detectados.

—¿Qué estará haciendo? —preguntó la inspectora, más para sí misma que para sus compañeros.

—Lo mismo se ha quedado sin gasolina —dijo Listín.

—¿Y si tienen a Lorena ahí? —preguntó Esther.

—No hay nada en los alrededores. El mapa solo refleja descampado.

—Pueden tener un zulo subterráneo o algo.

Ávila se rascaba la cabeza. Pensativo. Tenía que tomar ya una decisión.

—¿Jefe? —indagó Montes.

—Yo creo que se ha parado esperando a alguien.

—¿A quién?

—A quien haya contratado para hacer el autosecuestro.

—Menuda hija de puta. Secuestra a la hija y le corta un dedo solo por acostarse con su marido.

—Yo creo que se les ha ido de las manos, no creo que lo del dedo sea planificado —aclaró Ávila—. Lo mismo está esperando que la traigan en la furgoneta que vimos en las cámaras.

El tiempo pasó lento, espeso. Los minutos cayeron uno tras otro sin que el punto rojo mostrara actividad. La inmovilidad se prolongó en exceso y la tensión dentro del vehículo policial se volvió irrespirable.

—Lleva demasiado tiempo quieta —dijo Esther con impaciencia—. Voy a acercarme, se nos puede estar pasando algo, jefe.

Ávila concedió al fin y la inspectora devolvió la furgoneta a la calzada.

Recorrieron un par de kilómetros hasta llegar a un recodo oculto por pinos cargados de nieve, un lugar apartado de la carretera secundaria donde el Range Rover negro permanecía estacionado, solitario y mudo. No había rastro de Marisa.

Los tres bajaron del vehículo policial con las armas en posición preventiva, pero bajaron la guardia al comprobar que el coche estaba vacío.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Ávila mientras inspeccionaba el exterior.

—Ha cambiado de vehículo —sentenció Esther tras observar la nieve pisoteada—. Hay huellas de otro coche, también parecen de todoterreno por la geometría y anchura de la rodada. Y hay pisadas de dos personas. Alguien la esperaba.

—¿Con o sin Lorena? —Se atrevió a preguntar Luis.

Los dos inspectores se miraron y admitieron que no tenían ni idea.

Montes miró a través de la ventanilla del conductor. Tiró de la palanca de apertura, sin éxito. El interior estaba en penumbra, aunque se podía divisar una gran pantalla con esos modernos sistemas de radio y navegación.

—Puede que haya dejado las coordenadas de hacia dónde se dirigía —dijo Luis —, puede que esto haya sido una parada imprevista.

Sabía que la tecnología de a bordo almacenaba los últimos movimientos y comunicaciones. Se giró hacia la inspectora.

—¿Y cómo accedemos al interior?

—La jueza me ha autorizado a investigar todas las líneas telefónicas de la familia. Todas.

El genio tecnológico había hecho énfasis en la última palabra. Esther miró a Ávila. Sus ojos no decían nada. Tampoco desautorizaban nada.

Montes echó mano a su USP-Compact y apuntó a la ventanilla.

Listín se tapó los oídos y se apartó entre protestas.

—¿Pero qué haces?

Esther se detuvo en su empeño. Miró a Ávila y le guiñó un ojo. Se retiró unos pasos en dirección a la lechera policial. Listín miraba al inspector sin entender nada. La policía regresó con un martillo especial de operativa policial.

—Apartaos, haced el favor.

Con un golpe efectivo en la parte inferior izquierda de la ventanilla del conductor, consiguió destrozarla con una limpieza digna de Lupin robando una joya. Metió la mano y movió la palanca interior para abrir la puerta.

—Todo tuyo, cortocircuito.

—Ya estamos.

Al pobre no le bastaba con que le apodaran Listín, que también tenía que soportar cualquier apodo que se le antojara al madero de turno.

—Es broma, hombre. Ahora mismo eres lo único que nos separa de atrapar a esa chusma con las manos en la masa.

El técnico fue a por su portátil al vehículo policial y se introdujo en el habitáculo, conectó sus cables al puerto USB del vehículo y sus dedos volaron sobre su teclado.

Mientras, Montes y Ávila rastrearon el perímetro en busca de algún indicio más en las inmediaciones. Por si acaso el lugar donde custodiaban a Lorena estaba por allí, pero no encontraron más huellas en la nieve que las del otro vehículo.

—Está bonito, ¿verdad? —dijo Ávila señalando las montañas que se adivinaban no a demasiados kilómetros.

Esther suspiró y levantó también la vista. Miró al inspector, aunque él no le correspondió.

—Mucho —dijo, y se mordió el labio inferior.

Él siguió sin mirarla, y ella desistió para compartir la vista de la montaña. Solo cuando dejó de sentirse observado, Ávila giró su cabeza para encontrarse con el perfil definido de la inspectora.

Quizá en otra época, en otro momento, en otro trabajo…

—¡Lo tengo! —exclamó Listín.

Montes no se detuvo a reflexionar ni un minuto más sobre la extraña atracción que mantenía con el inspector y se lanzó a parlamentar con Listín.

—¿Qué tienes?

Luis le contó la última llamada desde la aplicación de telefonía del sistema de radio inteligente.

—Luis, ven conmigo —pidió Ávila que llegó justo por detrás.

Montes los siguió. Allí custodiaban los teléfonos de Marco, Antoine y Marisa.

Tenían acceso a ellos por orden judicial, así que buscaron en el teléfono de Marisa por la coincidencia. No obtuvieron resultado alguno.

—Busca en el del marido —dijo Esther.

—Eso iba a hacer.

¡Bingo!

Se miraron los tres.

—Luis, mira a ver si lo puedes ir geolocalizando.

—Será complicado, pero lo intento. ¿Le llamas?

—Dame un momento.

Ávila llamó a Nira.

—¿Qué pasa, jefe?

—Pásame con Rivas.

Nira no dijo nada y le dio su teléfono a Marco Rivas.

—¿Qué ocurre? ¿Han encontrado a Marisa? ¿Y Lorena?

—¿Quién es Loren?

—¿Qué?

—He comprobado que no es un diminutivo de Lorena, es un número distinto. Dime quién es un tal Loren que tienes guardado en tu móvil.

Rivas calló.

—Un amigo de Marisa. De la infancia —respondió tras unos segundos de incertidumbre.

—¿Sabe si tiene algún tipo de relación con ella?

—Que yo sepa en la actualidad no, pero en el pasado sí.

—¿Quieres encontrar a Lorena sana y salva?

—Pues claro.

—Me tiene que hacer un favor. Deme los datos completos de ese hombre y en unos minutos vuelvo a llamar a mi compañero para hablar de nuevo con usted.

Marco Rivas le dio nombre y apellidos. De memoria no se sabía nada más.

—Luis, averigua la matrícula y el modelo de coche que tenga este tipo. Y llama a cámaras para ver si localizan el vehículo en algún punto de la zona. Esther, en movimiento.

Montes se trasladó a la parte delantera del vehículo.

—Mucho me estás pidiendo —protestó Listín.

—Ahora estamos en tus manos, literalmente, porque me has dicho que te será complicado geolocalizar el teléfono de este tipo ¿no?

—Sobre todo porque lo mismo no lo ha traído hasta aquí.

—Confiemos en que sea lo suficientemente torpe para que sí, y para que coja la llamada. Supongo que las BTS escupirán mejores datos si se conecta en una llamada a una antena cerca, ¿verdad?

Listín asintió con la cabeza.

—¿Qué llamada? —preguntó Esther.

—La que le va a hacer Marco Rivas.