El otro 4x4
El Range Rover negro devoró los kilómetros de carretera secundaria con una violencia mecánica que reflejaba el estado mental de su conductora.
Los neumáticos de invierno se aferraban a la nieve como si fuesen de velcro y levantaron cortinas de hielo sucio a su paso, mientras el motor rugía por encima de las revoluciones recomendadas.
Marisa Cánovas no sentía el volante entre sus manos; solo veía la carretera como un túnel blanco que la separaba de la única persona que podía detener aquella locura.
Había tenido que marcar su número hasta cuatro veces en la aplicación de telefonía de su vehículo. Por suerte, aquel trasto contaba con su tarjeta de telefonía propia y, aunque apenas la usaba, en aquel momento no le pudo haber venido mejor.
Conocía el teléfono de memoria. Y aunque el otro contestó de mala gana y a ciegas, ya que no guardaba ese número en su agenda, le hizo saber su furia y su decepción por el rumbo que habían tomado los acontecimientos.
Aunque ella se guardó lo peor para el momento en el que se encontraran en persona.
Al llegar al cruce forestal acordado, un recodo oculto por pinos cargados de nieve, pisó el freno con cautela.
El sistema ABS vibró, el coche derrapó varios metros y se detuvo a escasa distancia del también todoterreno de Lorenzo Malpica, que aguardaba con el motor al ralentí y los vapores del escape ascendiendo hacia el cielo plomizo.
Marisa abrió la puerta y saltó al exterior antes incluso de apagar el motor. No notó el frío, ni el viento que le azotaba la cara. Corrió hacia Lorenzo, que acababa de bajar de su vehículo con una expresión de confusa alarma al verla llegar en aquel estado.
Marisa se abalanzó sobre él. Sus puños, pequeños y endurecidos por la rabia, impactaron contra el pecho del hombre, protegido por un grueso chaquetón de caza.
—¡Te dije que solo era un susto! ¿A quién coño has contratado? La van a matar.
Le golpeó una y otra vez, acompañó cada impacto con un grito ahogado, descargó sobre él toda la culpa y el terror que le quemaban las entrañas. Lorenzo retrocedió un paso por la sorpresa, levantó los antebrazos para protegerse de aquella granizada de golpes histéricos.
—¿De qué me estás hablando?
Marisa le gritó, con la voz rota, que aquello no era el plan.
Le escupió las palabras a la cara: el trato consistía en dar un susto a Marco, en apretarle las tuercas para que soltara el dinero que le había robado a ella, el dinero de su herencia y de su futuro.
Y a la niña darle otra reprimenda por haberse follado a su marido.
Jamás se habló de violencia física. Jamás se pactó sangre.
Nunca esperaba que le cortaran un dedo a su propia hija.
Lorenzo logró apresarle las muñecas y la inmovilizó con fuerza para frenar el ataque.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Marco lo ha visto y me lo ha dicho a voces, Lorenzo.
—¿Y te fías de él?
—Los policías no le han contradicho. Me he fijado en la cara de la inspectora, condescendiente a más no poder. Le han cortado un dedo a mi hija, Lorenzo. No te lo voy a perdonar nunca…
El rostro de Lorenzo Malpica cambió; la máscara de seguridad se desmoronó y dio paso a una palidez mortal.
Soltó a Marisa y buscó el teléfono móvil en el bolsillo interior de la chaqueta con manos temblorosas.
Buscó la aplicación en su teléfono. Pulsó el botón de llamada.
Se llevó el aparato a la oreja mientras caminaba en círculos sobre la nieve pisoteada.
La señal de llamada sonó en el vacío una, dos, tres veces. Nadie respondió al otro lado.
—No lo cogen.
—Pues insiste.
Lorenzo suspiró y maldijo entre dientes, colgó y tecleó un mensaje de texto urgente, una orden directa y brutal para que detuvieran cualquier agresión de inmediato. Guardó el móvil sin esperar confirmación. No había tiempo para esperar.
—El problema es que en este tipo de aplicaciones la llamada no funciona del todo bien. Acabo de mandar un mensaje para que detengan cualquier tipo de violencia. No sé qué ha podido pasar.
—Que has contratado a chapuceros, Lorenzo. Te pedí expresamente que fuera gente de confianza.
—De más confianza créeme que no la hay. Es familia.
—Pues tu familia ha jodido a la mía.
El tipo la miró con furia. La agarró del brazo y la empujó hacia el asiento del copiloto de su propio 4x4.
No le dio tiempo ni a abrocharse el cinturón.
Engranó la marcha y pisó el acelerador. El vehículo traccionó con fuerza y se lanzó hacia la carretera que llevaba hacia la montaña, hacia el corazón del desastre, mientras la nieve seguía cayendo sobre el parabrisas como un telón que intentaba ocultar la tragedia inminente.
En aquel recodo del camino quedó un Range Rover con dos geolocalizadores y tres policías que se habían distanciado lo suficiente para no ser detectados, sin saber que el seguimiento acababa de complicarse sin límite.