Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La ambulancia
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La ambulancia

Marisa permanecía inmóvil sobre la camilla, con los párpados cerrados y una respiración superficial que imitaba a la perfección la inconsciencia. El interior de la ambulancia olía a alcohol y a plástico nuevo.

Uno de los técnicos, el conductor, había bajado para rellenar el parte con Nira bajo el abrigo del porche, mientras su compañero se quedó dentro para canalizar una vía.

El sanitario le tomó la tensión con parsimonia, convencido de que la paciente no suponía ninguna amenaza.

Escuchó una voz, la de su superior que también lo llamaba.

Se dio la vuelta para fijarse en la paciente.

Tenía el pulso estable y respiraba sin dificultad.

No había problema en ausentarse unos segundos.

Marisa abrió los ojos y se dio cuenta de su soledad. Ni en sus mejores sueños habría ocurrido algo semejante. No se levantó de golpe; se deslizó desde la camilla al suelo con movimientos fluidos, casi reptilianos.

Salió por la puerta trasera como si pisase sobre cristal en lugar de sobre nieve. A pesar de ello, el sanitario más joven la vio largarse y gritó, pero la mujer ya corría sobre la nieve.

No buscó la salida principal. Rodeó la fachada de piedra de la casa, pegada a los muros para evitar la línea de visión de Nira y el conductor.

El frío le mordía la cara, pero la adrenalina actuaba como un anestésico potente.

Llegó hasta la parte de atrás de la vivienda, donde el Range Rover negro, una bestia de dos toneladas, esperaba bajo una capa de hielo.

Marisa agradeció en silencio el haberse procurado la llave inteligente en el momento en el que interrogaron a Marco antes que a ella.

Abrió la puerta, el motor rugió al instante tras pulsar el botón de encendido y los faros led cortaron la oscuridad de un jardín para el que todavía no había amanecido.

Arrancó marcha atrás con violencia; los neumáticos de invierno trituraron la nieve y escupieron hielo sucio. El coche salió disparado antes de que nadie pudiera reaccionar.

Dentro de la casa, el aviso llegó entre gritos. El sanitario entró en la cocina con la cara desencajada para alertar de la fuga. Marco Rivas, esposado, enloqueció.

—¿A mí me detenéis y a ella la dejáis escapar?

Tiró de las esposas hasta hacerse daño en las muñecas y le gritó a Ávila con rabia. Le exigió que saliera tras ella, que movilizara a todo el cuerpo, que su mujer estaba fuera de sí y acabaría estampada contra un árbol. Ávila, sin embargo, se ajustó el abrigo con una calma que rozaba la insolencia.

—¿Se va a usted a tranquilizar o tengo que avisar a los sanitarios para que le administren un calmante?

—¿A mí? Si está huyendo es porque algo tiene que ver. Es ella. Ella ha debido de enterarse de…

—¿Se calla o le pongo un bozal, Rivas? —intervino Esther—. ¿Usted se piensa que la policía es tonta? ¿Que somos gilipollas y que yo no sé cuándo alguien finge un desmayo?

Marco Rivas —y Antoine, que estaba por allí también— abrieron la boca y los ojos.

Álvaro entró y saludó a Ávila.

—¿Le has puesto los dos, no, Álvaro?

—Uno en los bajos de la rueda delantera izquierda y otro en los de la trasera.

—Bien, esperemos que nos den cobertura. ¿Cuándo llegan los de Seguridad Ciudadana?

—Tienen que estar al llegar. Y el camuflado con Listín en la estación de servicio de la A1 esperando.

—¿Nos vamos, jefe?

—Nos vamos. Te quedas al mando, Álvaro.

—A la orden.

Por esa vez Álvaro no se sintió una niñera. Él había hecho bien su trabajo. El resto de la operación ya no dependía de él.

Esther se sentó al volante y arrancó el motor.

No tenía prisa. Sacó su teléfono móvil, lo colocó en el soporte del salpicadero y abrió una aplicación de rastreo.

En la pantalla, un punto rojo parpadeaba con ritmo constante sobre el mapa cartográfico de la sierra y se alejaba por la carretera comarcal.

La inspectora metió primera, sonrió con frialdad y siguió la estela digital que la madre fugada dejaba a su paso, directa hacia donde se escondía la verdad.