Desmayo
Ávila marcó el número de Del Olmo con los dedos entumecidos por el frío.
El viento arreciaba y golpeaba la chapa de la furgoneta como si quisiera volcarla.
Necesitaba, de nuevo, perspectiva, una voz ajena a aquella casa maldita que parecía devorar la cordura de todos los presentes.
Le informó de la novedad, del archivo multimedia que acababa de cambiar las reglas del juego y convertir un secuestro económico en una carnicería.
Al otro lado de la línea, el jefe de Homicidios guardó un silencio denso antes de emitir su veredicto.
—He revisado los perfiles, Ávila. Ninguno encaja.
—¿Cómo que no encajan? —preguntó Ávila mientras se frotaba la sien—. Tienen antecedentes.
—Sí, pero son rateros, algún alunizaje y menudeo de drogas. Ninguno tiene delitos de sangre, ni siquiera lesiones graves. Cortar un dedo es un salto cualitativo enorme. Requiere una frialdad o una desesperación que estos tipos no tienen en su historial.
—Entonces, ¿qué sugieres?
—Que el que empuña la tijera o el cuchillo no es ninguno de los de la lista. O bien hay un tercero que no hemos visto, o bien actúan por encargo directo de alguien muy cercano. Alguien con mucha rabia.
—¿Un encargo?
—No tiene sentido como medida de presión financiera tan pronto, Cecilio. Esto huele a venganza personal. A odio. ¿Estás seguro de que la madre no sabe nada de la relación de su marido con su hijastra?
—Pues en teoría, no, pero ahora mismo la sometemos a un tercer grado.
—Suerte.
—Gracias, compañero.
Ávila colgó y se miró con su compañera. Le agarró la mano y ella notó la calidez de la piel en medio de todo aquel frío. Y se sintió reconfortada.
—¿Lo llevas tú, inspectora?
—Claro.
Se dieron un ligero abrazo. Insuficiente para mostrarse afecto, de sobra para iniciar una colaboración policial que solía funcionar.
Regresaron al interior con la determinación de dos perros de presa.
El cambio de temperatura fue brutal; pasó del gélido viento de la sierra al calor asfixiante de la calefacción central.
Reunieron a Marisa en la cocina, lejos de la escucha de padre e hijo.
Montes tomó la palabra. No hubo preámbulos suaves.
—Tenemos que hablar, Marisa. La vida de tu hija se ve amenazada…
—Pero eso ya lo sé…
—Hay algo más que debes saber.
—¿El qué?
—Necesitas saber toda la verdad sobr e la relación entre tu marido y tu hija.
Marisa arrugó la frente e hizo una mueca con la boca, confundida, con los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿De qué relación hablas?
—No me refiero a eso —intervino Ávila—. Hemos encontrado archivos en el móvil de Lorena. Mensajes.
—¿Qué tipo de mensajes?
—De índole sexual —soltó Esther con suavidad pero con firmeza—. Fotos, conversaciones explícitas.
El silencio que siguió a la revelación pesó toneladas.
Marisa miró a Ávila. Él asintió para corroborar lo que su compañera decía.
La mujer abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Su mundo de porcelana, ya agrietado por el conocimiento del robo financiero, pareció hacerse añicos contra el suelo ante esta nueva noticia.
Se derrumbó en la silla, se cubrió la cara con las manos y soltó un gemido que parecía provenir de las entrañas.
—Maldito seas... Maldito seas, hijo de perra —murmuró entre sollozos.
—Marisa, escúchame —Ávila se inclinó sobre la mesa—. Sabemos que Marco te robó el dinero. Sabemos que te engañaba con tu propia hija. La humillación es insoportable.
Ella asintió, incapaz de articular palabra, mecida por el dolor.
—Por eso tenemos que preguntarte algo —continuó el inspector, y aquí aplicó la presión que Del Olmo le había sugerido—. ¿Has sido tú?
Marisa levantó la vista de golpe. La tristeza de sus ojos mutó en incredulidad.
—¿Qué?
—Un autosecuestro. Recuperas el dinero que él te robó a través del rescate y, de paso, castigas a la chica que se acostaba con tu marido —añadió Montes, implacable.
—¿Estáis locos? —Marisa se puso de pie de un salto; la silla cayó hacia atrás con estrépito—. ¡Es mi hija! ¡Jamás le haría daño!
—Los celos, saberse traicionados… hacen que las personas cometamos actos que en circunstancias normales no haríamos —insistió Ávila.
—¡Estáis mal de la cabeza! —gritó ella.
Se volvió histérica. La mujer de la alta sociedad desapareció y dio paso a una madre herida y acorralada.
Se abalanzó sobre Ávila con las uñas por delante, dispuesta a arrancarle los ojos.
Montes tuvo que intervenir; la sujetó por los brazos, pero Marisa peleaba con la fuerza de la desesperación, lanzaba patadas y escupitajos.
—¡Soltadme! ¡Inútiles! ¡Buscad a mi hija y dejad de decir estupideces!
En medio del forcejeo, del caos de gritos y acusaciones que llenaba la cocina impoluta, Marco vio su oportunidad. Quizá quiso desviar la atención, o quizá el veneno que llevaba dentro necesitaba salir para herir de muerte a su esposa y terminar de destruirla.
—¡Marisa, no sé qué te han contado! —gritó Marco con la voz rota.
Nira trató de sujetarlo, pero Antoine se interpuso al oficial y Marco consiguió acercarse a la cocina.
—Han cortado el dedo a Lorena, si sabes algo, tienes que hablar. ¡La van a matar, la matan!
El tiempo se detuvo en la cocina. Marisa dejó de luchar. Sus brazos se relajaron y los agentes aflojaron el agarre, aunque no la soltaron del todo. La mujer se giró lentamente hacia su marido. Jadeaba.
—¿Qué ha dicho?
—Vete a ayudar a Álvaro, yo me encargo —dijo Montes.
Ávila se fue al salón y Esther se quedó sujetando a Marisa. Pero no le dio tiempo a llegar.
—La foto... Es una foto de un dedo de Lorena. Le han cortado un dedo.
Ávila llegó justo a tiempo para ponerle las esposas a Rivas.
—Vamos, al furgón.
Se lo llevó entre gritos de cólera.
—Yo no tengo nada que ver, pero si tú sabes algo, ¡tienes que hablar!
—Que se calle —gritó Nira y entre los dos lo metieron en el furgón.
Antoine se quedó allí en medio, sin saber qué hacer; miró a un lado y a otro.
A su padre se lo llevaban detenido y su madrastra parecía una loca de manicomio.
Se sentó en el suelo, acurrucado con las manos en los oídos.
Los ojos de Marisa se pusieron en blanco.
No hubo grito, ni llanto, ni protesta. Su sistema nervioso pareció colapsar ante la magnitud del horror.
Sus rodillas cedieron y cayó a plomo sobre las baldosas frías, y si no hubiera sido por la fortaleza de Esther, se habría hecho daño.
—¡Llamad a una ambulancia! ¡Ahora!
Los minutos se estiraron como el que se levanta perezoso en aquella cocina que olía a tragedia. Esther tumbó a Marisa y recostó su cabeza contra las piernas de la inspectora. Antoine lloraba en un rincón, ignorado por todos.
Los sanitarios se retrasaron, víctimas de un temporal que tenía toda la región en un caos. Llegaron ya con la madrugada avanzada. Más cerca de la hora del desayuno que de la cena.
Cuando las luces azules de la ambulancia rebotaron contra la nieve del exterior, iluminaron el salón a través de los ventanales.
Los sanitarios entraron con la camilla entre la ventisca, envueltos en abrigos naranjas y cargados de maletines.
Aquella imagen de urgencia médica y caos en la casa servía de preludio macabro, un espejo distante de lo que ocurría en ese mismo instante a kilómetros de allí, donde otra mujer se disponía a curar la herida de una mutilación atroz.