Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El dedo
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El dedo

La secuestradora miró una vez más el teléfono. Solo había un mensaje, solo uno.

¿Quién coño sería ese remitente y a qué se referiría con eso de «el cliente»?

Cabeceó con impaciencia y miró en derredor. Fuera, el frío seguía inexorable y sus opciones de salir de allí eran mínimas. Nulas.

Salió de allí y bajó las escaleras que la separaban del horror.

Empuñó de nuevo el martillo lentamente y la amenazó.

La cautiva suplicó con la mirada y logró que se detuviera entre gritos ahogados bajo la mordaza.

La captora reculó unos centímetros, lo que supuso un alivio temporal para su presa.

En realidad, lo único que había decidido era cambiar de herramienta.

Tomó la tijera de cocina de las grandes que había bajado con anterioridad y volvió a acercarse hasta ella.

La mujer atada, con los ojos desorbitados por el pánico, intentó retirar la mano, pero las bridas y la fuerza de su captora se lo impidieron.

La figura dominante colocó el filo de la herramienta metálica sobre la articulación de la falange del dedo meñique de la prisionera.

El contacto del metal frío contra la piel arrancó a la mujer atada un gemido agónico a través de la mordaza, al tiempo que se sacudía violentamente.

Aquel movimiento provocó que el primer corte en la piel se lo causase ella misma.

—¿Quién es el primo? —preguntó la secuestradora.

La secuestrada abrió los ojos y negó con la cabeza. No podía hablar por la mordaza y emitió gemidos ahogados para pedir que se la quitara. La captora se la arrancó con fuerza.

—¡Para, para, por favor! No sé qué dices…

—He visto el móvil de tu querido se ha dejado arriba, así que dime quién es el primo.

La víctima arrugó la frente y trató de elucubrar. No lo consiguió.

—Te juro que no lo sé, que no lo sé.

La secuestradora apretó la tijera hasta provocar un segundo corte en la piel. La secuestrada sangró, lloró y suplicó; le juró que no lo sabía.

—Pues tú decides: si quieres perder el dedo o proteger a ese tal primo.

—Te juro que no lo sé, debe de ser el tipo que nos entregó el dinero.

—¿El dinero?

—Sí, la mitad de lo que nos iban a pagar por secuest…

La secuestradora no la dejó terminar. Se escuchó un crujido húmedo y seco a la vez, seguido inmediatamente por el sonido metálico de la herramienta al caer al suelo.

La mujer atada se retorció y tensó su cuerpo como un arco.

Gritó. Un alarido que podría haber provocado un alud si hubiera estado a la intemperie y no bajo la protección acústica de aquel zulo.

La sangre comenzó a brotar y manchó la manta y el suelo de piedra.

La mujer de pie observó el resultado de su obra sin ninguna emoción visible.

Se limpió una salpicadura de la cara con el dorso de la mano.

Se inclinó hacia el oído de la mujer atada, que ahora sollozaba convulsivamente por el dolor y el shock, y le susurró una advertencia:

—Esto es solo el principio si no hablas.

La nueva secuestrada la miró, pero el intenso sufrimiento le impidió mantenerse consciente un segundo más. Cayó desfallecida, desmayada por el dolor extremo y la falta de descanso.

El dedo yacía en el suelo, sanguinolento, solitario y frío. Lo peor fue el vómito que lo regó después. La captora no supo digerir bien sus sensaciones y lo poco que había comido lo regurgitó en forma de bilis.

Una vez que se repuso, tomó aire; cogió el dedo con asco y lo retiró del vómito, acción que le provocó una nueva arcada y un sinfín de dudas.

Una vez recuperada hizo varias fotos y varios vídeos. Tenía que seleccionar cuál de ellos iba a mandar a la policía.