Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La mujer que amo
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La mujer que amo

Ávila colgó el teléfono con pesar.

—¿Qué dice Luis, jefe? —preguntó Nira, al que Esther le había dado relevo.

—La cosa está bastante jodida, oficial.

Le explicó a Álvaro todo el tema y este resopló y miró por la ventana.

—Y encima con este temporal —incidió el oficial—. ¿Te han dicho algo los de Homicidios?

—De momento no. Y no albergo grandes esperanzas.

—¿Y qué vas a hacer?

Ávila exhaló aire con fuerza.

—Listín no me geolocaliza ni de coña el móvil desde el que vienen esos mensajes. ¡Putas aplicaciones encriptadas de mierda! No entiendo cómo pueden seguir permitiéndolas si solo se usan para cosas malas.

El oficial iba a esgrimir sus argumentos, pero Ávila no tenía tiempo para ello y prefería no saber si Nira estaba en contra o a favor del uso de ciertas aplicaciones de mensajería.

—Voy dentro.

—¿Y yo qué hago?

—Llama a Del Olmo.

—¿Yo? Pero si apenas me conoce.

—Dile que vas de mi parte, hombre.

Ávila lo dejó allí solo. Se adentró en la vivienda sin el abrigo.

A pesar del frío inmisericorde, le dio igual.

Hasta le vino bien sentir el aire gélido en la cara.

Una vez dentro, sintió una especie de amenaza que flotaba en el ambiente viciado del salón como el humo de un incendio invisible.

Marisa Cánovas caminaba por la cornisa de la locura; sus manos temblaban y la respiración le silbaba en el pecho.

En cuanto vio a Ávila, se acercó a él y lo agarró por la manga de la chaqueta.

—Tienes que dejarnos pagar. Lo sacaré de donde sea, pero esto no se puede permitir. No podemos más.

El inspector se soltó con suavidad pero con firmeza. Necesitaba que ella mantuviera la cordura un poco más.

—Acompáñeme un momento a la cocina, por favor.

El inspector miró a Esther e hizo un gesto con la cabeza. Antoine también debería quedarse allí retenido.

—Es posible que me lleve detenido a su marido al finalizar el día —inició Ávila—. Así que le pido que vuelva a repasar la lista que les hemos dado y me indique si conoce a alguien que pueda estar relacionado con él de alguna forma.

—Pero, ¿por qué? Mi marido puede ser un flojo, pero…

—Porque estoy convencido de que está detrás de todo esto.

Le explicó su teoría: Marco no solo le había robado, había diseñado una ingeniería fiscal para desviar los fondos y el secuestro era la última fase para conseguir liquidez inmediata.

Ávila le reveló uno de los últimos hallazgos de Listín: el historial de navegación de Marco mostraba búsquedas recientes de vuelos solo de ida a Ecuador y Vietnam, países sin tratado de extradición.

Marisa escuchó la información con los ojos desorbitados; la traición de su marido parecía destrozarla casi tanto como el miedo por su hija.

El policía le puso de nuevo la lista de sospechosos delante y le exigió concentración.

Necesitaba un nombre, un vínculo, cualquier cosa que Marco hubiera contratado para hacer el trabajo sucio antes de huir.

Marisa repasó los rostros y los nombres con desesperación, pero su memoria devolvió un vacío absoluto.

No conocía a ninguno. Agotada, pidió permiso para subir a su habitación; necesitaba tumbarse, cerrar los ojos.

—Lo siento, pero no. Descanse en el sofá del salón. Ahora va a venir mi compañero y la va a llevar al furgón policial. Desde este momento, no pueden estar en contacto.

Ávila llevó a Marisa hasta el furgón. Nira protestó con un bufido por tener que hacer de niñera otra vez.

El inspector volvió a la casa y avisó a Montes.

Se la llevó a la cocina aunque no le gustó dejar a Marco solo con su hijo.

No obstante, al chaval no lo consideraba un actor importante dentro de todo aquello.

Le contó los informes de Listín y uno de ellos impactó, aunque no sorprendió, a Esther.

—Es lamentable, aunque si te soy sincera, no me extraña demasiado.

—Vamos a ver qué le sacamos.

Lo llevaron a la cocina también. Esta vez los dos.

—Lo sabemos todo, señor Rivas —inició Esther.

Él los miró, desconcertado.

—¿A qué se refieren? Ya les he confesado lo de mi bancarrota.

—Me refiero a tu plan para fingir el secuestro de tu hijastra, embolsarte un millón de euros menos la comisión del que quiera que sea que hayas pagado, y largarte a Vietnam.

Él dudó unos segundos. Suficientes para que los investigadores corroboraran sus teorías. O parte de ellas al menos.

—Ya está todo listo. Hemos solicitado orden para detenerte. Así que hazte un favor a ti mismo, ahórrale sufrimientos a tu mujer, que todavía lo es, y cuéntanos dónde retenéis a la chiquilla.

—Se han vuelto locos. Yo jamás le haría eso a Lorena. Jamás, ¿me entienden? —Marco se levantó y se encaró con los inspectores.

Esther miró a Ávila y se dispuso a darle la estocada definitiva. El inspector asintió. Ella le puso una mano en el hombro y lo obligó a sentarse.

—¿Se puede usted calmar un poquito?

Marco se encaró con ella, pero los ojos de la inspectora y su determinación hicieron que el hombre al fin se sentase.

—¿Cómo me voy a calmar con lo que están diciendo? Están ustedes jugando aquí a acusarme de no sé qué y mientras mi hija está ahí fuera pasando frío y siendo amenazada por unos desgraciados…

—Su hija… —interrumpió Esther—. Uno no se manda ese tipo de mensajes con su hija, señor Rivas.

Marco, que hasta entonces le sostenía la mirada a la inspectora, no pudo hacerlo.

En ese momento sonó el teléfono de Ávila, pero este lo ignoró porque esperaba que Marco Rivas se viniese abajo definitivamente con la mención de su compañera.

Sintió el frío de las sillas de diseño bajo su culo.

El blanco inmaculado de los azulejos le trajo la nieve de afuera al interior.

Y el olor a café de por la mañana no lo reconfortó lo más mínimo, al contrario de lo que solía hacer ese aroma para sus sentidos en condiciones normales. El teléfono de Ávila volvió a sonar.

—Señor Rivas —dijo él—. Como bien dice, su hija está ahí fuera pasando frío. Todo ha terminado. Háganos el favor a todos.

—Yo… —inició Rivas.

Ya no sonaron más mensajes en el teléfono del inspector. La llamada de Nira fue inminente.

—Joder, Álvaro, estamos en medio de un asunto importante…

—Mira el maldito mensaje, inspector. No hay nada más importante.

Ávila miró el teléfono y lo que allí presenció le dejó mal cuerpo. A Esther le dieron ganas de vomitar. Y cuando se lo enseñaron a Rivas, casi se mareó. Pero se recompuso, porque de ello dependían muchas vidas en ese momento.

—¿Usted cree que voy a permitir que le hagan eso a la mujer de la que estoy enamorado?

Y cuando terminó de pronunciar estas palabras echó a llorar como un adolescente con el corazón roto. Lo que había en el mensaje no era un corazón, pero sí un trozo de anatomía humana, tal y como habían prometido con anterioridad los secuestradores.