Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Salvada
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Salvada

La atmósfera del sótano se había congelado en una repetición macabra del día anterior.

Captora y cautiva se volvían a encontrar en aquel sótano convertido en zulo.

La secuestrada apenas había podido dormir, el frío la tenía al borde la hipotermia y cuando le tendieron una manta por encima creyó que había muerto.

Además, notó un viento cálido que le llegaba a su cara en forma de aliento salvador.

La secuestradora había sido magnánima con su presa. Tuvo un sueño reparador de casi seis horas, bien caliente gracias a una manta y a un calefactor que ahora había decicido bajar al sótano y aplicarlo sobre su presa. Tampoco era plan de matarla de frío.

De momento.

El pelo revuelto de la secuestrada le ocultaba el rostro y su cuerpo se sacudía por espasmos incontrolables, fruto del frío y del terror químico que le recorría las venas.

Fue entrando en calor despacio y calmándose.

Frente a ella, la secuestradora se movía con la lentitud pesada de un depredador herido. Le costaba respirar; el esfuerzo de arrastrar el peso muerto por la nieve le había pasado factura, pero la noche de descanso la había revitalizado.

Se acercó a la mujer atada. Alargó una mano y le apartó el pelo de la cara con un manotazo brusco para comprobar su nivel de consciencia.

la secuestrada abrió los ojos; las pupilas, dilatadas por el pánico, brillaban en la penumbra.

Soltó un gemido que murió ahogado tras la mordaza.

Dejó que el calor de la manta y del calefactor hicieran su trabajo.

Pasados unos diez minutos subió a la parte superior del refugio en busca de algo y, a la vuelta, cerró la puerta.

Entonces comenzó la represalia.

Empezó a tocarla. Sus manos recorrieron el cuerpo de la chica con una exactitud cruel, replicando los gestos que el secuestrador había perpetrado en ese mismo espacio el día anterior.

No buscaba placer, ella no era lesbiana ni sentía interés alguno por las mujeres en el plano sexual. Solo buscaba destrucción.

Venganza.

Ahora ella poseía el control absoluto sobre aquella integridad física.

La agresión se ejecutó como un acto de burocracia del dolor, una devolución fría del sufrimiento recibido.

La secuestrada se retorció, las lágrimas le quemaban las mejillas, incapaz de huir de aquellas manos que la profanaban con violencia sistemática.

La agresora se detuvo un instante, satisfecha con la humillación. Descansó por un instante.

Tomó el objeto que había ido a buscar a la parte superior y que había dejado junto a la escalera sin que la cautiva hubiera podido reparar en él.

Se trataba de un martillo pesado que asió con fuerza con su mano derecha.

La madera del mango estaba sucia de grasa vieja.

Volvió hasta la secuestrada y con la mano izquierda apresó su muñeca , inmovilizada contra el reposabrazos, y separó el dedo índice con fuerza; lo aisló del resto como quien prepara un ingrediente.

Levantó el martillo despacio. El hierro quedó suspendido en el punto más alto de la parábola, alineado con la falange extendida.

la secuestradora cerró los ojos y gritó a través de la tela, un sonido animal que anticipaba el crujido del hueso.

El golpe se escuchó en varios kilómetros alrededor por el silencio total. Pero no hubo grito. El martillo había impactado contra la solidez de la pared del sótano.

La secuestradora miró a su presa, que abrió los ojos despacio. La sonrió. De momento había decidido no romperle los dedos.

De momento. Porque volvió a empuñar el martillo con fuerza y realizar el movimiento de carga hacia atrás.

Entonces, un sonido electrónico llegó desde la planta superior, un tono de notificación de un móvil. La secuestradora se quedó petrificada con el arma en alto. Su mente, nublada por la ira, se aclaró de golpe al procesar aquel pitido.

Comunicación con el exterior

La cautiva suspiró cuando su captora subió las escaleras.

Salvada por la campana.

¿Salvada?

Después de la agresión sexual quizá no se podría considerar a salvo. Así que cerró los ojos e intentó desatarse.

No sabía si el próximo golpe de martillo haría blanco en su carne.