Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Criminalística
83%

Criminalística

Maldurmieron por turnos: los padres en el sofá del salón bajo la custodia alterna de los tres policías. Uno de ellos vigilaba, los otros dos echaban cabezadas en los asientos de la furgoneta, con el motor encendido y la calefacción puesta para no caer en hipotermia.

El informe de Criminalística llegó al día siguiente al sistema y Ávila navegó en la carpeta como un náufrago que busca un salvavidas en medio de un hundimiento.

Los «científicos» habían peinado el coche de Lorena milímetro a milímetro y, aunque la nieve se había encargado de borrar la mayoría de los rastros, cometieron un error: una huella parcial en la carcasa de la batería.

Minúscula, sí, pero que invitaba a la esperanza.

El saboteador debió de quitarse el guante o se le rompió al manipular los bornes para provocar la avería eléctrica.

—O seguramente siguió a la chica y fingió ayudarla —dijo Montes.

—Me cuadra más, sí —corroboró Ávila—. No han detectado que haya forzado el capó.

El problema residía en la calidad de la muestra; al cruzarla con la base de datos del SAID, el sistema escupió casi cincuenta posibles candidatos con antecedentes que encajaban en los puntos característicos.

La huella era demasiado pequeña, no definitiva y las posibilidades se ampliaban.

Cincuenta nombres, cincuenta historias delictivas, cincuenta puertas a las que llamar.

Demasiado trabajo para el reducido equipo de la furgoneta en medio de aquella tormenta.

Ávila se frotó los ojos, rojos de cansancio, y tomó una decisión ejecutiva.

—¿A quién llamas? —preguntó Esther.

—A un amigo.

—Pon el manos libres, haz el favor.

El compañero hizo caso y dejó el móvil sobre el pequeño escritorio de la furgoneta. A los cinco tonos alguien descolgó el aparato al otro lado.

—Inspector Ávila, ¿cómo está usted, querido?

—Muy bien, Del Olmo, estoy por meterme en la piscina ahora mismo.

—Me alegro, yo ya estoy dentro. ¿Qué se te ofrece?

—Tengo aquí un marrón de cuidado y necesito ayuda.

—¿Marrón, dice? ¿Pero no ves lo bonito que está todo con este blanco inmaculado?

—Del, déjate de tonterías y vamos a hablar en serio. ¿Estás ocupado?

—Si te refieres a si tengo algún caso activo, no. Pero yo siempre estoy con expedientes atrasados.

—Bien.

Ávila le dio los pormenores del caso. Le subió a su carpeta los nombres y le pidió ayuda a su equipo.

—Tienes a Listín, compañero. ¿En serio te hago falta yo?

—No es una desaparición de alto riesgo, inspector. Es un secuestro con amenaza de daño inminente.

Se produjo un silencio de los que llaman incómodos.

—Está bien —respondió Del Olmo—. Aviso a Toribio y nos ponemos los dos. Desde casa, eh, no voy a hacer a la gente ir a la Brigada con la que está cayendo.

—Por supuesto. Gracias, inspector.

—A mandar —respondió Del Olmo, y cuando Ávila se disponía a colgar, el inspector de Homicidios le dio un último consejo—. Inspector, si me lo permites te diría que no le quites ojos ni a los padres ni a la hija.

Ávila le volvió a dar las gracias y se quedó pensativo.

Esther lo miraba con una expresión similar.

Mientras cursaba la petición, Listín lo llamó por teléfono.

El agente había revisado las cámaras de tráfico por enésima vez y encontró una anomalía que se les había pasado a todos por alto: una cámara de control de la radial R-2.

El temporal la había golpeado con tal fuerza que el objetivo había girado ciento ochenta grados para enfocar directamente el puente que cruzaba la autopista, el punto ciego que necesitaban.

Las imágenes eran granulosas, en blanco y negro, pero reveladoras.

Se veía el Mini de Lorena camino del gimnasio; detrás, una sombra, otro vehículo en la misma dirección que mantenía la distancia y que la tecnología no lograba identificar por el resplandor de los faros.

Cuatro horas después, el coche de los padres cruzaba el mismo punto.

Pero lo interesante ocurría segundos antes.

Una furgoneta gris circulaba en dirección contraria y se alejaba de la zona cero justo cuando Marco y Marisa llegaban a buscar a su hija.

Listín trabajó sobre los fotogramas, aplicó filtros y contrastes hasta que la matrícula, borrosa y sucia, reveló una combinación parcial de letras y números.

No era suficiente para una identificación directa, pero sí para cerrar el cerco si la cruzaban con los modelos de furgoneta registrados.

Ávila y Montes imprimieron la lista de los veinte sospechosos de la huella y entraron en la casa.

Marco y Marisa aguardaban en el sofá, con los nervios a flor de piel tras el incidente del apagón, bajo la custodia de Álvaro Nira, que estaba cansado de hacer de niñera.

El inspector les puso los folios delante.

Los padres le miraron pidiendo explicaciones con sus miradas.

—Quiero que lean con detenimiento esos nombres y me digan si alguno de ellos les resulta familiar. Busquen a algún antiguo empleado, un jardinero despedido, alguien con quien hayan tenido alguna disputa.

Tras los primeros instantes de confusión, los padres se pusieron a leer los nombres y consultar las fotos de su archivo policial.

Esther y Ávila no les quitaron ojo a las expresiones faciales de los padres.

Por desgracia, después de unos minutos de tensión, ninguno de los dos padres, ni de los dos investigadores sacó nada en claro.

—No me suena nadie, inspector —inició Marco Rivas—, pero si alguno de estos hombres es el responsable del secuestro, le pido que haga todo lo necesario para atraparlo. Todo.

A Ávila no le gustó el tono de exigencia y el énfasis tonal sobre la palabra «todo».

—Ya estamos haciendo todo lo posible —replicó Montes, con el mismo énfasis en la palabra.

Ávila la miró con aprobación. Aquellos nombres de esa lista eran nombres de delincuentes comunes, ajenos a su círculo de La Moraleja.

La frustración de Ávila amenazaba con estallar cuando el teléfono de Marisa cobró vida sobre la mesa de cristal.

Un nuevo mensaje. No era una llamada. Era un texto corto, brutal y directo, acompañado de un emoticono de un reloj de arena.

Los secuestradores avisaban de que el plazo de entrega expiraba en breve.

Y añadían una posdata que hizo que Marisa se llevara las manos a la boca para ahogar un grito: si el pago no se realizaba en la próxima hora, enviarían una foto con una parte seccionada de la anatomía de Lorena.