Trineo
El vapor que escupía el radiador reventado ascendía en espirales perezosas para mezclarse con la nevisca.
La escena adquirió un tinte onírico, casi espectral, donde los límites entre la máquina destrozada y el bosque invernal se desvanecían.
La chica se mantuvo en pie junto al amasijo de hierros; su respiración formaba nubes blancas y densas ante su rostro, señal del agotamiento extremo.
Acarició el arma como si fuera el mismísimo Gollum acariciando el anillo.
Se inclinó sobre el cuerpo inerte que yacía sobre el lecho blanco de la montaña, medio cubierto ya por los copos que habían empezado a caer de nuevo.
Lo agarró con fuerza de las muñecas y tiró hacia atrás.
Consiguió moverla un metro, quizá dos. Después sus botas resbalaron sobre el hielo oculto bajo la primera capa de nieve.
—Hija de puta, lo que pesa —gritó al vacío del bosque.
El peso muerto se resistía como un ancla clavada en el suelo; moverlo a pulso resultaba una tarea titánica para alguien con las fuerzas tan mermadas.
Soltó la presa con un gruñido de pura frustración y se frotó las manos entumecidas.
Regresó a la furgoneta siniestrada, abrió el portón trasero y escaneó con sus ojos agotados en busca de algo que pudiera ayudarla.
La cosa resultó más fácil de lo que pensaba y, no sin cierta dificultad por encontrarse un tanto atorada, despegó la bandeja protectora de carga del maletero, un elemento rígido de polímero negro.
Arrancó también los cordeles que la fijaban al chasis interno del vehículo.
Lo arrojó sobre la nieve junto a la víctima.
Hizo rodar el cuerpo inconsciente a empujones hasta depositarlo encima del plástico, como si estibara un saco de patatas.
Con los cordeles la ató como pudo sobre el plástico.
Los pies descalzos de la muchacha quedaron por fuera, pero eso era lo de menos.
«¡Que se joda!».
Aferró el borde delantero del trineo improvisado y comenzó el ascenso. Si hubiera existido una cámara o un testigo oculto entre los árboles, la imagen habría helado la sangre del observador. La secuestradora tirando de su víctima. Inconsciente sobre un trineo mortal improvisado.
Ese trineo, precisamente, ayudaba con la tarea, pero no la convertía en un juego de niños. Cuando llegó a la calzada la cosa se facilitó un poco más. La pendiente de subida se suavizó e inició el recorrido de poco más de kilómetro y medio hasta el refugio.
Debía darse prisa o la noche se les echaría encima.
El cuerpo rebotaba inerte ante cada impacto, pero la secuestradora no detuvo su paso ni cuando giró la vista para comprobar que los pies de su presa estaban al borde de la congelación por el contacto con la nieve.
Además, presentaba sangre por los diversos roces que se había dado por el camino con piedras, ramas e incluso con algún trozo de asfalto no cubierto por la nieve.
El plástico dejó un surco profundo, una cicatriz ancha y sinuosa que hendía la nieve virgen y marcaba el camino de regreso a la pesadilla.
Avanzaron despacio, paso a paso, luchando contra la pendiente y la gravedad, hasta que la fachada del refugio se alzó ante ellas como una boca de lobo.
Secuestradora y secuestrada llegaron a la puerta de entrada de un lugar que no prometía nada bueno para ninguna de las dos. No saldrían de allí de la misma forma que habían llegado dos días atrás.
Y eso se confirmó cuando la víctima dio con sus huesos en el frío suelo del sótano.
La secuestradora se había ocupado de coger unas bridas que encontró en el salón de aquel refugio de mala muerte.
Ató las manos de su presa a la aldaba y tiró con toda la fuerza que pudo hasta ensangrentar más las muñecas de la zorra aquella. Hizo lo mismo con los tobillos.
Subió un momento al salón y rebuscó por todos lados.
Encontró un trozo de cuerda de tiras y dio por buena la herramienta.
Bajó de nuevo y ató la cuerda a las bridas de los tobillos por un lado y por el otro a la escalera.
El cuerpo de la chica quedó extendido casi en una posición de tortura medieval.
—Prueba a intentar escaparte así, perra.
Por si acaso salió al exterior y, con ayuda de la bandeja de plástico, cubrió de nieve la ventana que había servido de escapatoria un par de horas antes.
Retornó al sótano y observó cómo su presa abría los ojos. Se acercó hasta ella y le propinó dos bofetadas con toda la fuerza que pudo, cosa que hizo que esos ojos volvieran a cerrarse.
Justo después le puso una mordaza en la boca y le quitó la ropa a tirones. Quedó allí, semidesnuda y casi a la intemperie, mientras su captora subió a valorar qué iba a hacer a partir de entonces.
Ahora contaba con una pistola entre sus manos, aunque tenía que aprender a manejarla.