Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Apagón
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Apagón

La oscuridad cayó sobre la casa como un telón de plomo.

El apagón dejó a Nira ciego por un instante en el pasillo; el agente buscó su linterna táctica en el cinturón, pero el caos ya se había desatado bajo la cobertura de las sombras.

Ávila y Montes seguían en la furgoneta, ajenos al drama doméstico, mientras Marco Rivas vio su oportunidad en aquella ceguera temporal.

Agarró a Marisa por la muñeca con una fuerza que le hizo daño y tiró de ella hacia el interior del salón principal. Cerró la puerta y echó el pestillo.

Marisa se tensó; la revelación de Ávila sobre los robos sistemáticos la tenía sobre alerta, pero su marido no le dio tregua. Se pegó a su oído y casi le besó la oreja.

—Ya sé cómo pagar el rescate. Aparte de lo que te dije antes, me he acordado de otro monedero wallet con casi trescientos mil —Marisa solo asintió—. Llegaríamos casi a novecientos. ¿Me has conseguido el teléfono?

—¿Cómo lo voy a conseguir si el policía este no me deja ni para ir a mear?

—Entonces vámonos ya, aprovechemos la oscuridad.

—¿Cómo?

—Por detrás, la vida de Lorena depende de ello. Estos polis andan muy perdidos y solo buscan enfrentarnos.

Marisa se giró hacia él. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y pudo distinguir los de su marido.

—¿Y cómo vas a acceder a ese monedero de criptomonedas?

—Tengo un contacto.

—¿Un contacto?

—Sí, tiene una empresa de telefonía y colaboro con él. Solo tendré que pagarle una pequeña cantidad.

—Pequeña cantidad.

—Sí, como mucho tres mil euros. Y podré acceder desde sus servidores al monedero.

—¿Y de dónde vas a sacar ese dinero ahora? Si te tendrán bloqueadas las cuentas.

—¿De la tarjeta de crédito?

—De mi tarjeta de crédito querrás decir.

Marco calló. Marisa suspiró.

Y entonces se vino la luz.

—Oigan, abran.

Nira les urgía a abrir la puerta.

—Vámonos atrás, el Range Rover está aparcado ahí, ya lo sabes.

Marisa lo miró con desprecio y él lo sintió como si le clavase una puñalada en pleno pecho. Se apartó de él y se dirigió a la puerta. Abrió el pestillo.

—Disculpe, mi marido que ha visto muchas películas.

Álvaro tenía la mano en la axila, dispuesto a desenfundar.

—Se están metiendo ustedes en un buen lío.

Casi al mismo tiempo, la voz de Ávila tronó en las comunicaciones del oficial Nira. Los llamaba a gritos. Tenían una novedad importante que prometía una esperanza real de sacar a Lorena de su cautiverio.