Venganza
La secuestradora emitía gemidos sinceros ante el ímpetu de el secuestrador. Tenían la música puesta a todo trapo. Sonaban los acordes de Highway to Hell de AC/DC y los empellones de cadera de su amante parecían haberse sincronizado con el redoble de bombo y los ataques a los hi-hats del baterista.
La mujer estaba tan absorta en sus propios placeres que no dio importancia a un sonido metálico, un golpe seco y la posible rotura de cristales procedente del sótano. Le faltaba tan poco para el orgasmo que le iba la vida en ello, muy por encima de lo que aquella niña pija pudiera estar haciendo.
Una vez alcanzado el clímax, berreó como si de una leona en celo se tratase y mordió el hombro de su amante con fiereza.
Él respondió con un apretón en el cuello para privarla de oxígeno y prolongar o aumentar su placer.
Había leído eso en algún lado. O lo había visto en algún programa; no lo tenía claro del todo.
Él se vació en el interior de la muchacha y, cuando hubo terminado, le pegó una bofetada.
Ella se la devolvió y él le tiró del pelo.
Detuvieron la violencia, se miraron y sonrieron.
El tipo se levantó desnudo y se guardó sus huevos —y lo que iba unido, que horas antes había estado dentro de la secuestrada— en los calzoncillos.
Se subió los pantalones y se encendió el típico cigarro de después.
Ella se ajustó la ropa con movimientos mecánicos; el vaho de su propia respiración se mezclaba con el olor almizclado y denso que había quedado en la habitación tras el encuentro sexual.
Él, después de darle tres caladas largas al cigarro, lo depositó en un cenicero y se tendió boca arriba en el colchón viejo con una sonrisa de satisfacción estúpida en la cara.
Pero su compañera no sonreía.
Se quedó quieta, con la cabeza ladeada hacia la puerta del sótano. Recordó el sonido metálico que se había colado entre los gemidos de hacía unos instantes y ahora el silencio de la casa le parecía sospechoso, demasiado denso.
El individuo encendió el mechero y con él otro cigarro; la llama iluminó sus facciones relajadas. La secuestradora le apartó la mano con brusquedad.
—He oído algo abajo.
—¿El qué, un pedo de la pija? —dijo él con una risa ronca, despreciativa, convencido de que eran paranoias de ella o el viento que azotaba las juntas de aquel viejo refugio.
Pero la chica no esperó a convencerlo; se puso la camiseta, el jersey, se abrochó el pantalón y caminó hacia la puerta.
Él la siguió mientras refunfuñaba, todavía con el cinturón desabrochado.
Al llegar a la puerta la corriente de aire helado que salía por debajo les estremeció los pies descalzos.
La puerta del sótano estaba cerrada, pero el frío se filtraba por las rendijas.
Y había algo extraño en ello, como si la temperatura hubiera descendido con brusquedad.
La chica movió el cerrojo externo de la puerta y empujó la madera.
Encendió la luz y la dopamina del orgasmo reciente desapareció de golpe para dar paso a la tensión más absoluta en sus músculos.
—Zorra de mierda, se ha ido —maldijo.
—Ponte unos zapatos y vámonos, joder.
El tipo terminó de vestirse con lo que pilló, una simple camiseta y, por supuesto, la Glock; los dos se calzaron con sus botas de invierno, cogieron las llaves y corrieron hacia la salida principal sin pararse a pensar.
Subieron a la furgoneta gris aparcada fuera.
No arrancó a la primera. Llevaba más de veinticuatro horas parada y, por muy Volkswagen que fuera, los años no perdonaban.
Después de varios intentos, entre maldiciones de la pareja, el motor arrancó con un rugido agónico y el secuestrador pisó el acelerador a fondo.
La furgoneta culeó sobre la nieve y se lanzó a la carretera.
No quedaban más de un par de horas de sol y el cielo prometía incluso menos.
Disponían de poco tiempo para encontrar a aquella zorra.
—La mato, te lo juro que la mato cuando la cojamos —protestó él mientras acariciaba la cacharra que tenía metida en los pantalones.
Ella se aferró al asidero del techo; tenía los nudillos blancos y miraba a través del parabrisas.
Había dejado de nevar, pero el contraste del calor interior con el frío de fuera provocó que los cristales se empañaran.
Además, el secuestrador conducía como poseído, con la mandíbula apretada y los ojos a punto de salirse de las órbitas.
Recorrieron poco más de kilómetro y medio en un silencio tenso hasta que dieron con una figura delgada que correteaba por el centro de la calzada.
Era su cautiva. El violador soltó un grito de triunfo animal y aceleró aún más.
Su cómplice vio cómo la chica se giraba y salía de la calzada en dirección a la cuesta contigua.
Él dio un volantazo para intentar cortarle el paso y, al verse fuera del asfalto, frenó en seco.
Error de cálculo, por supuesto. El vehículo perdió el control, dejó de obedecer a los volantazos del conductor y se convirtió en un proyectil ingobernable.
El mundo giró al otro lado del cristal. Los ocupantes pasaron por delante de la secuestrada dando vueltas.
El secuestrador creyó que se la habían llevado por delante mientras veía pasar los árboles a una velocidad absurda y, de repente, el impacto.
Un golpe seco, lesivo, desproporcionado.
El airbag estalló contra su cara como un puñetazo de cemento y un dolor agudo le taladró el brazo derecho y las cervicales. Su compañera sufrió la misma suerte.
El silencio regresó de golpe, solo roto por el siseo del motor destrozado y humeante.
La chica intentó moverse, pero el dolor la paralizó; tenía el brazo atrapado contra el salpicadero deformado y la sangre le caía por la frente.
Miró a su izquierda. Su compañero estaba aturdido, atrapado y emitía quejidos de dolor.
Y entonces la vio.
La secuestrada surgió de la nada junto a la ventanilla rota del conductor.
El secuestrador también la percibió y se maldijo por no haber podido al menos llevársela por delante.
Esperaban verla correr, huir en busca de ayuda.
Pero la huida ya no era opción para ella.
La cautiva se acercó al vehículo por el lado de la secuestradora, que apenas podía moverse.
La miró, y al otro lado, en las mismas condiciones, vio al violador.
Con una calma extraña rodeó la furgoneta y se metió por el portón trasero, que colgaba abierto. La secuestradora se preguntaba qué narices estaba haciendo la pija allí dentro en lugar de llamar a la policía.
—Lamento si os he cortado el polvo —dijo con calma.
La cómplice quiso girarse, pero solo lo consiguió en parte.
El dolor que le atenazaba las cervicales se lo impedía.
A pesar de ello, acertó a ver cómo el cinturón de seguridad del conductor se recogía hacia atrás, para acto seguido tomar vida propia y arremolinarse alrededor del cuello del secuestrador, de su compañero, de su... ¿pareja?
Intentó gritar, avisarlo, pero la voz se le estranguló en la garganta al comprobar cómo la cabeza de su chico se iba hacia atrás por la fuerza que el cinturón ejercía sobre el cuello.
La secuestrada tiraba con toda la fuerza que le quedaba, mayor aún de la que imprimió cuando tiró de su cordón para salir de aquel zulo en forma de sótano.
La secuestradora consiguió girarse un poco más y observó la escena con una impotencia que le revolvía el estómago.
Por mucho que intentara liberarse, apenas consiguió llevar una mano a la manecilla de la puerta.
Le dio tiempo a contemplar los ojos de su chico desorbitarse, vio sus manos arañar sus pantalones inútilmente, escuchó los gorgoteos ahogados mientras la vida se le escapaba entre espasmos.
La niñata tiraba con una fuerza inhumana; apoyaba los pies en el respaldo para hacer palanca.
El tipo se movía de forma incontrolada y la agresora giró la cabeza.
Sus miradas se cruzaron. La secuestradora dejó de verla como una niña pija a la que despreciaba, para contemplar a una asesina con un abismo negro en sus ojos.
—Para, para, que lo estás matando.
Ese era su objetivo; sin embargo, no perdió el tiempo en verbalizar lo obvio. La secuestradora sacó fuerzas de donde no sabía que existían y consiguió abrir su puerta para salir al exterior. Muerta de frío, dio la vuelta para intentar ayudar a su compañero.
Se aproximó a la estranguladora, que en cuanto la vio venir cerró la puerta, pero no le dio tiempo a echar el seguro.
La compañera abrió y le dio un puñetazo en la cara que por un momento hizo aflojar el agarre, pero la secuestrada se recuperó, se giró hacia ella y le pegó una patada en la tripa con los dos pies, como si hiciera una sentadilla, que la tiró al suelo.
Volvió a cerrar la puerta y esta vez sí echó el pestillo.
El violador seguía convulsionando y ella retomó la asfixia.
Su compañera, desde el suelo, recordó lo que su chico guardaba en el pantalón, lo que había tomado deprisa y corriendo cuando salieron del refugio.
Corrió a abrir la puerta delantera y se encontró a su pareja dando los últimos estertores.
Quiso agarrar el cinturón de seguridad para ejercer la fuerza contraria, pero le fue imposible.
Miró a los ojos a su chico, pero ya no había ojos, solo blanco.
Entonces le cogió la pistola del pantalón, salió del habitáculo y apuntó a la secuestrada a través de la ventanilla. Esta no le hizo ni caso, solo quería acabar con aquel hijo de perra que la había violado y humillado.
Apretó el gatillo.
Pero de allí no salió ninguna bala.
Miró la pistola, apretó un par de botones que ella consideró el seguro, y volvió a apretar el gatillo. Sacudió la corredera, pero no aplicó la fuerza suficiente y se atascó. Ella solo había manejado aquel hierro una vez, y bajo la supervisión del que ahora convulsionaba a escasos centímetros.
Entonces tomó la única decisión con acierto de todo el día. Rodeó de nuevo la furgoneta por detrás, abrió la puerta trasera derecha y accedió a los asientos. Allí se encontró con que la estranguladora aflojaba el agarre; el violador había cesado en sus convulsiones.
Aprovechó la relajación de aquella maldita niña pija para pegarle un golpe con la pistola en la cabeza. La secuestrada notó el mareo, giró la cabeza en dirección a la secuestradora, que lagrimeaba y se mordía los labios.
¿Había nadado un océano para morir en la orilla?