Bancarrota
El aire dentro de la oficina móvil se había vuelto denso, una mezcla de estática, tapicería sintética y la transpiración agria del miedo.
Mientras el agente Luis Listín peinaba desde la central el espectro digital en busca de huellas criptográficas, Ávila y Montes diseccionaban la vida de Marco Rivas en la pantalla del portátil.
—Madre mía, la cosa a cada minuto se pone más negra —dijo Ávila.
—¿Te refieres al caso o al temporal? —Replicó su compañera.
Se miraron y se sonrieron. El día seguía plomizo y caía agua nieve.
Respecto al caso, el informe financiero que acababa de llegar no dejaba lugar a dudas: el imperio Rivas era un escenario de cartón piedra. Lo que a simple vista parecía una estructura empresarial sólida, se desmoronaba al profundizar en los balances con una facilidad pasmosa.
Rivas estaba en quiebra técnica.
Sus sociedades eran cascarones vacíos que acumulaban deudas millonarias con acreedores privados y bancos de segunda línea.
El empresario había estado practicando un juego de malabarismo financiero, un esquema de «kiting» de manual: tapaba un agujero con un préstamo nuevo para abrir otro más grande al día siguiente.
Todo para mantener el chalé en La Moraleja, los coches de alta gama y esa apariencia de triunfo que ahora se deshacía como un azucarillo.
Sus tarjetas de crédito echaban humo, al límite de su capacidad, y tenía avisos de embargo preventivo pendientes de ejecución inminente.
Pero había algo más, un detalle que hizo que Ávila arqueara una ceja: una sangría constante de fondos desde las cuentas personales de Marisa hacia una de las empresas fantasma de Marco. Los investigadores hicieron llamar a Rivas, que seguía custodiado por un cada vez más impaciente oficial Nira.
Cuando llegó, lo sentaron en una silla endeble de oficina y dispararon a matar.
—Se acabó el teatro, señor Rivas —dijo Ávila—. Sabemos que estás arruinado. Tienes más deudas que un país invadido. ¿Quién te aprieta? ¿A quién le debes tanto dinero como para montar este secuestro y sacar tajada?
Marco empezó a temblar.
—¿De qué están ustedes hablando? —dijo entre titubeos.
—¡Señor Rivas, no nos tome por idiotas! —intervino Montes, agresiva—.
Nosotros podemos parecerlo, porque siempre vamos dando palos de ciego.
Pero en delitos económicos se toman muy en serio las cosas.
Y como el rapto de su hija tenía prioridad cero, se han puesto las pilas y nos han mostrado las cuentas de sus empresas.
Rivas se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar con un gemido patético que llenó el furgón.
—Yo solo le he quitado a Marisa parte de su dinero. Lo que insinúan sobre el rapto de Lorena es…es aberrante.
Lo que siguió fueron una serie de juramentos por lo más sagrado que el secuestro no tenía nada que ver con su falta de liquidez, que él solo era un fracasado, no un monstruo.
Ávila cruzó una mirada con Esther; el tipo parecía sincero en su miseria.
Pero cuántos asesinos lo parecían cuando se les echaba el guante encima.
—Señor Rivas —intervino el inspector—. Estamos destripando su teléfono hasta el fondo.
También su ordenador. Si encontramos una llamada sospechosa.
Un pago en B que no sea uno de sus trapicheos empresariales.
O cualquier otra cosa que nos pueda indicar que usted ha sido quién ha contratado a alguien para hacer este trabajo sucio, le garantizo que vamos a detenerlo de inmediato y a reunir todas las pruebas para que en el juicio le declaren culpable y cumpla la pena máxima por secuestro y extorsión con el
agravante de parentesco.
Eso son como poco diez años a la sombra.
Contando con que la niña acabe sana y salva.
—¿Entendido, señor Rivas? —remató Esther.
El tipo les ofreció las manos con las dos palmas hacia arriba.
—Si yo tengo algo que ver con el secuestro de Lorena, les pediría yo mismo que me esposaran, me metieran en la cárcel y tirasen la llave.
Esther y Ávila se miraron y, al contrario de lo que solía suceder, no interpretaron sus miradas. Avisaron a Nira para que trajese a la madre.
Cuando el matrimonio se cruzó, se dirigieron miradas que, al igual que antes los investigadores, ninguno de los dos supo interpretar.
La mujer subió al furgón con el gesto tenso, pero digno.
Se sentó y cruzó las piernas. Ávila, al igual que con el hombre, fue directo, sin anestesia.
Le entregó parte de la documentación que habían recibido de Delitos Económicos.
Le preguntó por las transferencias, por los movimientos de capital hacia las empresas de su marido.
Ella admitió con naturalidad que le había prestado dinero en un par de ocasiones para problemas puntuales de tesorería.
—¿Y los trescientos mil del mes pasado? —preguntó Montes—. ¿Y los doscientos de la semana anterior?
Marisa ahí ya no fue tan ágil al contestar.
—No sabía nada.
Cuando los policías le mostraron el extracto y le explicaron la realidad de las empresas de su marido, la sorpresa inicial mutó en evidentes signos de ira. Se le notaba como comprimía las piernas una contra la otra. Los ojos le empezaron a brillar.
—No me lo puedo creer.
—Entiendo que tiene acceso a sus claves bancarias —dijo Ávila.
La mujer se encogió de hombros y, al igual que hizo su marido antes, se llevó las manos a la cara y arrancó en sollozos. Su marido no solo era un inútil, era un ladrón que la había dejado expuesta.
Antes de que pudiera articular su ira, Ávila la interpeló.
—¿Hay algo de su marido que debamos saber, señora Cánovas?
Ella miró al suelo, como si se sintiera intimidada por la pregunta del inspector.
Después de unos segundos, levantó la mirada y se encontró con los ojos de los dos inspectores mirándola.
—Que yo sepa no.
—Puede estar en juego la vida de su hija —dijo Montes—. Denos algo que nos ayude a encontrarla
—Nadie más que yo desea eso. ¿Por qué todavía no la han encontrado? A saber cómo la tienen esos desgraciados con este frío tan terrible.
Ávila y Montes resoplaron y en esa ocasión no se miraron. Mandaron a la mujer a su casa.
El inspector mandó un mensaje a Listín. Necesitaban geolocalización o algún otro dato que les ayudase a salir de ese callejón sin salida con el que se habían topado en ese matrimonio.
—¿Cómo lo ves, Esther?
—No lo tengo nada claro. Esta gente parecen unos tiranos, o incluso unos ladrones. Pero no veo nada que nos pueda llevar hasta la chica. Aunque quizá me equivoque.
—Es posible que no tengan nada que ver con el asunto. Yo creo que ningún padre ni ninguna madre pondría en riesgo la vida de su hijo solo por dinero.
—Ningún progenitor cabal, al menos.
Volvieron a mirarse y a intentar transmitirse con los ojos lo que cada uno elucubraba.
Lorena dependía entonces de un golpe de suerte.
O de fuerza.