El cordón
El chasquido del cerrojo al cerrarse tras la marcha del violador resonó en el sótano como el disparo de salida de una carrera macabra.
La víctima se quedó sola en la penumbra; su respiración entrecortada era el único sonido que competía con el crepitar del viento al chocar contra los pinos del exterior.
El miedo, que hasta ese momento la había paralizado, mutó en una sustancia fría y viscosa que le recorrió las venas: odio puro.
Había iniciado un llanto que, pasados unos minutos y tras una toma de conciencia brutal, decidió remitir.
La acababa de violar. Ese hijo de puta había empezado a manosearla, a masturbarla y finalmente la había penetrado con furia mientras la golpeaba con saña para que se estuviese quieta.
Si antes de aquello había tomado la decisión de devolverle su merecido a aquel psicópata, ahora la cosa se había tornado mucho peor. Convencería a su madre o a su padrastro —mejor a él— para que le dieran el dinero suficiente con el que contratar a un sicario.
O para comprarse ella misma una pistola.
Pero para ello no podía esperar un rescate. Esos desgraciados habían pedido una suma importante; no sabía a cuánto ascendía la cantidad, pero por las conversaciones que había podido escuchar entre susurros, la cifra no debía de ser pequeña.
Escapar de allí. Ese era el primer paso de su venganza.
Se arrastró por el suelo de hormigón en busca de la silla en la que aquel desgraciado se había sentado un par de veces, un trasto de hierro oxidado que olía a metal viejo y humedad.
Al estar a oscuras, tropezó en un par de ocasiones y se hizo daño, pero la adrenalina borró el dolor de la ecuación. Finalmente la encontró.
Una vez con el objeto en sus manos, y con los ojos acostumbrados a la penumbra del sótano, buscó con los dedos entumecidos hasta dar con una arista viva en una de las soldaduras de la pata.
Apoyó las bridas de plástico contra el filo mellado y comenzó a frotar.
No fue rápido ni fácil como en las películas.
El movimiento repetitivo le quemaba la piel de las muñecas y el roce del plástico contra el metal producía un chirrido que le hacía rechinar los dientes más que el frío.
Apretó la mandíbula y continuó; ignoró el dolor y frotó con la desesperación de quien sabe que el tiempo es un verdugo más. Cuando el precinto cedió y se partió en dos, la chica sintió un latigazo de sangre caliente que fluía hacia sus manos.
Repitió la operación con los tobillos. Esto fue todavía más complicado por la postura forzada que tuvo que adoptar y porque el hierro le provocó heridas en los pies y en la piel fina que apenas cubre el hueso de esa parte de la anatomía. Cuando lo consiguió, soltó una exhalación de placer.
No tuvo tiempo de regodearse. Se puso en pie, tambaleante, y escaneó la estancia. La escalera que conducía a la puerta de salida del sótano era su primer objetivo. Ascendió por los peldaños con más sigilo que el ladrón de La Gioconda en el Louvre.
La madera crujía bajo su peso y no quería levantar las sospechas de aquellos dos. Una vez arriba, puso la oreja sobre la puerta. Escuchó risas y el ruido de algún reproductor de música. Esos dos perros se divertían mientras ella estaba en aquel estado.
La puerta era de madera maciza, imposible de derribar.
Además, en el hipotético caso de que lo consiguiera, tendría que enfrentarse a la pareja.
Sopesó la idea de coger la silla, parapetarse en un pequeño hueco que había en el lado de cierre de la puerta y golpear en la cabeza con todas sus fuerzas al primero que entrase a llevarle agua, comida o a violarla de nuevo.
Si era el tipo, quizás podría ganar el enfrentamiento posterior con la chica.
Si era ella la primera, no lo tenía tan claro.
Así que se sentó a reflexionar en el peldaño superior. Miró en derredor y sus ojos, ya completamente habituados a la ausencia de luz, se posaron en un ventanuco de carga situado en la parte alta de la pared norte, una salida de carbón o leña en desuso, bloqueada por años de suciedad y telarañas.
¿Podría encaramarse hasta allí? Y si lo conseguía, ¿podría salir al exterior con la nieve acumulada? Por lo que parecía, el manto blanco cubría casi en su totalidad la ventana.
Volvió a mirar a su alrededor y encontró un gran leño en una esquina.
Bajó con cuidado de nuevo por la escalera y se acercó hasta él.
Se subió encima para testar su resistencia.
Sí, era bien grande y podía poner los dos pies sin problema.
La cuestión era saber si sería estable al situarlo encima de la silla. Tenía que probarlo.
La chica apiló el leño sobre la silla metálica; se encaramó a la precaria torre y probó si podía llegar a abrir aquella ventana.
Alcanzaba por los pelos el pestillo que la cerraba; se trataba de ese tipo de cerradura antigua con forma de anilla.
Metió un dedo y tiró con fuerza. No hubo manera de que aquello cediera.
Años de falta de uso, la humedad de las lluvias, el frío y la nieve habían soldado el mecanismo.
Además, la torre se tambaleaba y le impedía ejercer toda la fuerza necesaria.
Pero la secuestrada, además de fuerza, poseía recursos.
Recordó sus mallas tiradas en el suelo. Eran de las que tenían cordón en la cintura.
Bajó de la endeble estructura y no tardó en encontrar la ropa.
Se vistió con rapidez: los calcetines mojados, la camiseta, la sudadera y las mallas.
No sin antes retirar el preciado cordón.
Como todavía no había bajado el peso que se había propuesto, la prenda se sostenía en su sitio aun sin el ajuste.
Subió de nuevo a la estructura de silla y leño. Pasó el cordón por la anilla de la cerradura. Asió un extremo de la cuerda con su mano derecha y el otro con la izquierda.
Tiró; sin éxito.
Volvió a tirar con más fuerza, pero el metal se resistía. Miró hacia la puerta, temerosa de que el ruido de su esfuerzo hubiera alertado a los captores. Al otro lado solo se escuchaban más risas y la música más alta. Parecía que habían decidido montar una fiesta.
La secuestrada comprendió que no le quedaba más remedio que jugársela.
Haría lo mismo que cuando se subía a la cuerda de su gimnasio.
Se asió con fuerza de los dos extremos del cordón, se los enroscó en las muñecas y le pegó una patada al leño y a la silla para dejarse caer al vacío, como si se estuviera suicidando con una soga.
Solo que aquello fue todo lo contrario a quitarse la vida.
El pestillo cedió con un chasquido seco ante la violencia del tirón y el peso muerto de su cuerpo hizo que la ventana se abriera de golpe.
¿Consecuencia?
El marco golpeó contra la pared y un pequeño alud de nieve se precipitó hacia el interior.
Uno de los cristales rotos le cayó en la cabeza y le provocó un corte en la oreja.
No importaba; ella no sentía nada. Solo la urgencia de salir de allí cuanto antes por si los dos perros habían escuchado el crujir del cristal.
Colocó la silla de nuevo sobre el montón de nieve que había caído y se agarró a los bordes del marco.
Gracias a la altura extra que le daba el montículo blanco, llegaba sin problemas.
Tiró con todas sus fuerzas hasta sacar medio cuerpo.
Miró en derredor. Solo veía un manto blanco infinito.
Miró hacia atrás; nadie había descendido aquellas escaleras.
Aquellos dos estarían follando, bebiendo o haciendo lo que les diera la gana, pero ella se iba a largar de allí.
Aunque tuviera que cruzar las montañas nevadas a pie desnudo.