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El teléfono móvil

Las luces prioritarias del vehículo de Seguridad Ciudadana teñían la nieve de un azul intermitente, casi hipnótico.

Los dos agentes uniformados aguardaban junto al coche abandonado de Lorena; parecían estatuas de hielo, con la salvedad de que estas exhalaban vapor por la boca.

Ávila y Montes aparcaron la furgoneta todoterreno y descendieron al infierno blanco; el viento les golpeó la cara con saña.

El inspector saludó con un gesto seco a los compañeros y les advirtió de que iban a echar un vistazo por los alrededores, que volverían en una hora al punto exacto del vehículo.

Los agentes asintieron y se refugiaron en el interior de su coche patrulla para no acabar con hipotermia.

—No me parece normal que tengan que estar estos dos pobres ahí custodiando el vehículo —protestó Montes.

—Ni a mí, pero tardaremos poco y se lo llevarán. Y si no, se precinta y listo.

Esther detuvo la furgoneta en el parking del gimnasio en cuestión.

El problema era que allí no había ni un alma.

Se trataba de una zona residencial en Valdebebas y las instalaciones se encontraban cerradas, normal ante aquel amago de apocalipsis climático.

¿Quién en su sano juicio iba a ir a entrenar con la que había caído?

Adiós a la pista del que vendía «proteína». Al menos de momento.

A pesar de ello, se bajaron del vehículo y caminaron con dificultad hasta la entrada. Esther puso las manos sobre el cristal para intentar divisar algo en el interior.

—Aquí no hay nadie, jefe.

—Esa debe de ser la cámara que captó a la chica —dijo Ávila; señaló una lente que había en el techo del acceso al gimnasio.

—Hay un teléfono ahí junto al cartel.

La inspectora sacó su móvil e intentó llamar, pero la pantalla le devolvió el mensaje de «Sin servicio». La tormenta se había comido la cobertura. Ávila maldijo por lo bajo y ambos dieron media vuelta para regresar al coche de la víctima. Allí los dos agentes los volvieron a recibir.

—No parece que lo haya tocado nadie, inspector —comentó Arturo, el más alto de los dos.

—Gracias, ¿habéis avisado a la grúa?

—Estábamos a la espera de que ustedes lo autorizaran.

—Autorizado. Llame y cuando llegue se pueden ustedes marchar.

El policía le dio las gracias y volvió a su zeta para realizar las gestiones pertinentes.

Montes ya examinaba el turismo por fuera; la nieve borraba cualquier huella dactilar o rastro biológico superficial con una eficacia frustrante.

Esther miró en el hueco de las cuatro ruedas y, cuando llegó a la más próxima al conductor, lo halló.

—Mira, inspector.

Ávila se agachó junto a ella y vio el problema.

El plástico protector del guardabarros, esa pieza negra que evita que el barro entre en el motor, presentaba signos de violencia.

Alguien había forzado las grapas para abrir un hueco.

Ávila metió la mano enguantada y apartó el plástico.

Allí dentro colgaba inerte como una serpiente muerta la correa de accesorios.

No se había roto por desgaste; el corte era limpio, preciso, hecho con una navaja o un cúter afilado.

Ávila invitó a su compañera a echar un vistazo.

Los dos investigadores se miraron el uno al otro y comprendieron la gravedad del asunto.

El mensaje en vídeo de la chica, la manipulación del coche y la situación de la familia invitaban a pensar en un plan muy elaborado, ejecutado por alguien con recursos y gran control de la situación.

—Habría que avisar a Criminalística —dijo Montes.

—Haz una breve inspección ocular sin acceder al vehículo. Voy a solicitarlo.

—Lo siento por estos dos pobres.

—Se quedarán dentro del patrulla, no te preocupes tanto.

Ávila se metió en la furgoneta y Montes inspeccionó el interior del vehículo con su linterna.

Desde fuera era complicado encontrar algo digno de reseña.

Le hubiera gustado abrir el maletero, pero prefirió dejárselo a los de inspecciones oculares de la Científica.

La inspectora resopló y se apoyó junto a una farola que había en la acera.

Miró al suelo. La capa de nieve había borrado cualquier huella que antes pudiera haber, pero ella se empeñó en buscar.

Por si acaso. Se situó junto a la puerta del conductor.

Hizo un movimiento como si saliera del vehículo.

Se giró hacia adelante e hizo el ademán de bajar la chapa del capó. Enfocó al suelo.

—Joder, ni una puta huella de pisadas.

Avanzó hacia la carretera. Siguió con la vista clavada en el suelo, guiada por la linterna.

No veía nada que la hiciera avanzar en la dirección correcta, pero no cejó en su empeño.

Siguió merodeando. Se alejó unos metros, trazó líneas imaginarias en el aire y reconstruyó la coreografía de la violencia.

Aquí frenó; aquí la sacaron; aquí hubo un forcejeo.

Hizo varias reconstrucciones en distintos puntos de las inmediaciones del coche.

Ávila había salido de la furgoneta y la observaba con admiración.

No sería la primera vez que la inspectora reconstruía la escena de un secuestro con éxito.

Montes, después de varios movimientos, se detuvo en un punto concreto del arcén, donde la nieve formaba un montículo irregular.

Esther entrecerró los ojos; la intuición y el por si acaso le invitaron a rebuscar más.

Se giró hacia el coche patrulla y emitió una petición.

—Ávila, en la furgoneta creo que hay una pala, míralo, por favor —gritó para hacerse oír sobre el viento.

El inspector obedeció y encontró una pala plegable en el interior del vehículo.

Se la entregó y Montes no le dio ni las gracias.

Cavó con delicadeza; apartó kilos de nieve y se ayudó también con sus manos.

Ávila observaba a su compañera sin hacer nada.

Tras unos minutos, Esther se detuvo. Miró a su compañero y sonrió.

Se agachó, metió la mano en el agujero y extrajo un objeto rectangular y frío.

Lo cogió con sus manos enguantadas haciendo una pinza con los dedos.

Ávila la observó y se sintió orgulloso de ella.

Había encontrado un teléfono móvil, con casi total seguridad el de Lorena.