Abuso
La bombilla desnuda pendía del techo como un ojo enfermo; oscilaba levemente y proyectaba sombras largas y deformes sobre las paredes de hormigón.
El frío en aquel sótano no era solo temperatura; era una presencia física que mordía la piel.
La secuestrada, atada a una anilla de hierro de las que se usaban antiguamente para sujetar a las bestias, tenía las nalgas apoyadas en el pavimento de aquel sótano con ínfulas de zulo.
Las bridas ya le habían desgarrado la piel de las muñecas y no era capaz de controlar la tiritona.
No había podido dormir más de veinte minutos seguidos y el rostro se le había convertido en una máscara de manchas rojas y lágrimas secas.
El secuestrador la observaba desde la puerta.
Había encendido la luz para escudriñar a la chica.
Su víctima le devolvió la mirada y emitió unos gruñidos que el hombre no entendió.
¿Cómo iba a entenderlos si tenía la boca tapada?
El tipo desapareció unos segundos del marco de la puerta y volvió con una manta en las manos.
Se acercó hasta la chica y se la echó por encima.
El alivio no fue inmediato; la muchacha siguió tiritando. El secuestrador se dio cuenta entonces de lo que había que hacer. Retiró la manta y sacó una navaja automática. El característico clic metálico sobresaltó a la rehén.
—No te asustes, pero no me la líes, eh —advirtió el tipo.
Cortó las bridas.
La secuestrada sintió la tentación de golpear al tipo y salir corriendo de allí, pero la debilidad se lo impedía. Cuando la liberó, se relajó incluso más e intentó acurrucarse bajo la manta. Él la detuvo.
—Quítate la ropa. Tranquila, que me doy la vuelta.
La secuestrada negó con la cabeza. Ni loca se desnudaría ante aquel tipo, por mucho que prometiera girarse como en las películas.
—Vale, espera. Llamo a mi compañera.
Pegó una voz y la secuestradora apareció por la puerta.
—¿Qué pasa?
—Que la chica se quite la ropa y se envuelva en la manta. Está empapada y no va a entrar en calor así. Yo me salgo y ahora vuelvo.
La compañera asintió y él le dio un azote en el culo antes de subir las escaleras para abandonar la estancia y darles intimidad.
Cuando salió, la secuestrada obedeció las instrucciones.
Tenían razón: la ropa estaba húmeda y aquella manta, seca, prometía calor instantáneo.
Se quitó las mallas y los calcetines, que eran los que realmente estaban empapados y le tenían los pies al borde de la congelación.
Se despojó también de la sudadera y de una camiseta deportiva; se quedó solo con una interior térmica que consideraba mejor mantener porque estaba razonablemente seca.
La secuestradora la observaba seria, mascaba chicle y se movía de un lado a otro de la estancia, siempre custodiando la escalera como si temiera que la víctima escapase por allí.
Cuando la secuestrada terminó de quitarse casi toda la ropa, cogió la manta y se envolvió con ella como si de una túnica mágica se tratase.
En ese momento sí sintió algo de alivio; la manta era de las gruesas, de las antiguas con mucho pelo.
El contacto del tejido cálido con su piel mitigó, en parte, los temblores.
—Aprovecha que hoy está sensato y se ha dado cuenta de que tenemos que mantenerte caliente.
La víctima apenas escuchó la palabra «sensato» porque estaba concentrada en frotar sus pies uno contra el otro.
Cuando la secuestradora dio por bueno que la secuestrada estaba lista, llamó a su compañero.
Volvieron a cruzarse y se dieron un beso al borde de las escaleras.
La cautiva no se fijó en el detalle porque estaba prácticamente tapada por la manta de pies a cabeza.
El secuestrador avanzó hacia ella y le bajó un poco el cobertor.
Le quitó de un tirón la cinta americana de la boca, lo que sorprendió y asustó a la chica por igual.
No le dio tiempo a reaccionar, pues le ofreció una botella de agua.
Como tenía las manos libres, la cogió con ansia y bebió con más ansia aún.
Cuando hubo terminado, le tendió un bocadillo. La secuestrada miró el pan y miró al hombre con desconfianza.
—Vamos mujer, tienes que comer algo —dijo él con una sonrisa.
Al fin tomó el bocadillo, lo abrió y vio que estaba impregnado de algo negruzco que no le pareció tener buena pinta.
Estuvo a punto de desecharlo, pero le pudo el hambre.
No había cenado la noche anterior ni había desayunado.
Por mucha dieta que ella estuviera dispuesta a hacer, hacía casi veinticuatro horas que no probaba bocado.
Se llevó el pan a la boca; masticó y tragó casi sin saborear.
Se dio cuenta de su error cuando probó el segundo bocado: era dulce.
Poco a poco reconoció el sabor de su crema de avellana y cacao favorita.
Entonces sí se permitió el lujo de disfrutar de la comida.
Aunque no mucho, porque el bocata de Nocilla no era demasiado grande y se lo zampó de cuatro mordiscos más.
El secuestrador sonreía mientras la observaba comer.
Seguía tapada de cintura para abajo, pero sus brazos y, sobre todo, su pecho quedaban cubiertos solo por la fina camiseta térmica que realzaba su figura.
La tela marcaba sus pezones, endurecidos por el frío, un detalle que no pasó desapercibido para la mirada de él.
La chica no se percató de la atención lasciva de su captor y terminó de tragar hasta la última miga; acto seguido, agarró de nuevo los extremos de la manta y se cubrió los hombros.
—Quieta, quieta. Me tienes que dar tus manos antes.
La secuestrada cerró los ojos y maldijo su suerte. Otra vez la iban a atar a aquella anilla como si fuera una bestia. Sin embargo, el tipo solo le puso bridas en las manos sin asegurarla a la pared. Eso sí, después le descubrió los pies y le colocó bridas en los tobillos.
—Lo siento; o una cosa o la otra.
La miró y ella no hizo ningún gesto. Eran lentejas y debía aceptar lo que le sobrevenía.
El tipo le volvió a tapar los pies y, ahora sí, La secuestrada se recostó sobre el suelo.
Hacía frío, es cierto, pero ni punto de comparación con lo que sentía media hora antes.
Cerró los ojos y se dispuso a dormir un poco.
El secuestrador se puso en pie e hizo el amago de irse.
Pero se quedó allí, mirando. Ella podía sentir su presencia y, para no darle el gusto, se acurrucó más en la manta y apretó los párpados.
El individuo decidió finalmente subir las escaleras y apagó la luz.
La puerta se abrió y se volvió a cerrar.
La cautiva siguió con los ojos cerrados y a los pocos segundos, con la tripa saciada y algo más de calor en el cuerpo, se durmió.
Aunque el sueño no le duró demasiado, porque al poco se despertó como si lo hiciera de una pesadilla. Alguien le estaba tocando, y al principio pensó que era parte de la pesadilla, pero se dio cuenta de que la realidad superaba la de sus propios sueños más oscuros.
Alguien la estaba penetrando con sus sucios dedos entre sus piernas. Ella trató de revolverse, pero tenía los tobillos atados por las bridas y las manos igual. Además, el tipo le agarró con fuerza el cuello.
—Tsch, estate quietecita o será peor.
Y entonces la chica notó más presión en sus genitales. Aquel desgraciado debió de haberle introducido algún dedo más.
La oscuridad no era total y en medio de la penumbra, la secuestrada identificó la cara de lascivia de su secuestrador.
Parecía relamerse con aquella agresión sexual, con aquella vejación.
Ella se limitó a forcejear un poco más, pero de repente notó dos acciones: alguien la sujetaba por los brazos con fuerza y el tipo ejerció más presión sobre su cuello.
No podía con los dos, así que decidió desistir.
—Vamos, disfruta al menos un poquito.
«¡Que disfrutara dice el hijo de puta!». La cautiva mascaba su odio en silencio mientras intentaba evadirse. La estaba violando. Y la otra desgraciada le estaba ayudando. Y no podía hacer nada porque tanto el frío como el miedo como la superioridad física de aquellos dos la tenían derrotada.
Y consiguió evadirse, y cuando lo hizo relajó la tensión que sus músculos aductores ejercían sobre las manos del agresor con la vana intención de que cesase en su tarea.
Lo malo de esto fue que el secuestrador lo interpretó como una entrega de la muchacha.
Así que poco a poco sacó los dedos del interior de la muchacha, que pensaba que todo había pasado, hasta que escuchó el sonido característico de un cinturón desabrochándose y de la cremallera de una bragueta bajarse.