Antoine
Una pila de zapatillas de diseño amontonadas sin orden ni concierto en una esquina, el olor dulzón de un vapeador que intentaba camuflar sin éxito el tufo a marihuana y el zumbido constante de los ventiladores de una consola de videojuegos que calentaba la estancia casi más que el suelo radiante
bajo el parqué.
Tres detalles que componían el ecosistema de Antoine Rivas y que recibieron a los policías nada más cruzar el umbral.
Mientras Nira custodiaba a unos padres al borde de la desesperación en el piso inferior, Ávila y Montes se inclinaban sobre la pantalla del portátil para digerir los datos que Listín les enviaba en tiempo real.
El sistema SIDENPOL escupió su veredicto.
Los expedientes de Marco y Marisa aparecieron limpios; impolutos. Pero el de Antoine era otra historia.
Ávila leyó los hallazgos en voz alta y desgranó las miserias del chico: varias multas por consumo de estupefacientes en la calle, un atestado reciente por una pelea en una discoteca y, para rematar,
tres estancias en distintas clínicas terapéuticas con el objetivo de apartarse un poco del consumo de sustancias.
Drogas, violencia y dinero. La santísima trinidad de los problemas.
Antoine escuchaba desde la cama; se mordía las uñas y sacudía la pierna con un nerviosismo que hacía vibrar el colchón.
—Yo no tengo deudas ya con nadie. Todo eso es cierto, pero ya quedó atrás.
—Si estás tan seguro de eso, ¿por qué te mueves tanto y te muerdes las uñas? —incidió Esther.
—Porque no he dormido apenas, y porque han secuestrado a mi hermana.
—¿Ahora sí es tu hermana? Hemos visto tus redes, Antoine.
—¿Y? —dijo él en un intento de desafío; un intento fallido porque no fue capaz ni de levantar la mirada.
—¿Ya no es «La princesa»?
El chico calló ante el empuje de la inspectora. A ella le solía tocar hacer de poli mala y a Ávila de poli bueno; solía funcionar. Aunque no siempre.
—No sé qué quieren, pero ya tienen mi teléfono y mi ordenador.
Ahí pueden mirar de todo. No sé en qué ayuda todo esto a Lorena.
Sí, la llamo así para picarla, pero nos llevamos más o menos bien.
Soy un desastre, pero no sé si estáis aquí porque mis antecedentes me colocan como posible sospechoso del secuestro de mi hermanastra. Porque no entiendo nada, la verdad.
Ávila miró a Esther, que abrió mucho los ojos.
El chico parecía haberse recompuesto de su nerviosismo y esgrimido un argumento sólido.
Era cierto que minutos antes los dos policías habían comentado la posibilidad de que Antoine hubiera contratado a alguien para secuestrar a su propia hermanastra, o, al menos, facilitado información para ello a cambio de dinero.
Dinero que necesitaba para pagarse sus vicios.
Sí, el chico seguía fumando porros, pero si hubiera seguido el ritmo de los últimos cuatro años habría acabado con un tabique de platino o con dos tiros en un parking de discoteca.
Y ese no parecía el Antoine del presente.
Los investigadores, por su cruce de miradas telepáticas, no tenían claro si aquel chico se había rehabilitado del todo, pero empezaron a vislumbrar que su participación en el secuestro de su hermanastra era más que dudosa.
—Tienes razón, de tu teléfono vamos a sacar todo —dijo Esther.
—Pues vale. Las fotos las borrarán al menos, ¿no?
—¿Qué fotos? —preguntó Ávila.
—Inspector, tengo veinticuatro años. ¿Qué fotos van a ser?
Ávila entendió.
—¿Hay alguna de menores?
—No, joder. No te pases…
—Ey, ey, tranquilo —Montes se levantó al mismo tiempo que lo había hecho Antoine. El chico se había alterado con aquel comentario del inspector.
—No, tranquilos vosotros. ¿De qué coño me estáis acusando ahora? ¿De pederasta?
Ávila se levantó. Le sacaba una cabeza al chico.
—Antoine, nadie te está acusando de nada. Pero por las redes y las aplicaciones de mensajería circulan todo tipo de fotos de contenido sexual. Si nuestro equipo encuentra alguna foto sexual relacionada con menores en tu teléfono puedes tener un problema.
—No tengo fotos de niños, joder.
—¿Y de tu hermana? —preguntó Esther.
Antoine calló. Dudó.
—En bikini sí.
—¿Te manda fotos con poca ropa o se las robas de alguna forma?
—Joder, no, son fotos normales de cuando vamos a la playa, con amigos y eso.
—¿Ninguna sexual?
—Claro que no.
—¿Sois amigos?
—Ya te he dicho que nos llevamos bien.
—¿Qué nos puedes decir entonces de ella? ¿De sus amistades? ¿De con quién se rodea?
—Pues no sé. De sus amigas de por aquí. No sé, solo llevamos viviendo juntos poco más de un año.
—Un año da para mucho. Venga, piensa, ayúdanos.
El chico volvió a sentarse; se llevó las manos a la cabeza.
—En el gimnasio ese al que va hay gente de todo tipo. Y justo ha desaparecido después de ir allí.
Esther y Ávila se miraron el uno al otro. Tenían la tarea pendiente de ir a revisar el vehículo abandonado de la chica y de paso se acercarían al gimnasio. A pesar de que la sombra de la duda sobre aquel chico parecía despejada, no podían descartarlo.
—¿Alguien en concreto del gimnasio?
—Hay un tipo que vende proteína —dijo con los dedos imitando a las comillas cuando pronunció la palabra «proteína».
La inspectora solicitó cobertura por radio para que agentes de seguridad ciudadana custodiaran a la familia junto con Nira. Ellos tenían que hacer un viaje por entre la nieve.