La cocina
Bajo la luz aséptica de los leds, el acero inoxidable de la cocina devolvía un reflejo distorsionado y pálido de Marco Rivas.
El empresario trazaba surcos invisibles sobre el suelo porcelánico; desgranaba en voz alta un inventario de urgencia que incluía la liquidación de fondos de inversión, llamadas intempestivas a socios dormidos y el rescate de claves privadas de wallets que acumulaban polvo digital en una caja fuerte.
La subinspectora Montes, parapetada tras la pantalla de su móvil junto a la puerta, había desistido de explicarle la inviabilidad legal, técnica y moral de sus planes.
Y sobre todo la tremenda estupidez que podría poner en riesgo la vida de Lorena.
Rivas, dado que Ávila llevaba ya una hora fuera, había empezado a desesperarse y a volver a su intención inicial de pagar el rescate.
Esther le había dicho que dejase de una vez de rumiar tal asunto, pero el tipo hizo caso omiso de sus sugerencias.
Se repetía más que el ali-oli y hacía cuentas mentales de a saber qué dinero tendría por ahí guardado.
Montes pensó que si se metían hasta la cocina de las finanzas de aquella familia, los de Delitos Económicos se iban a poner hasta cachondos.
Desde su atalaya en una de las banquetas de diseño, Marisa Cánovas asistía al desmoronamiento de su marido con la intranquilidad de no poder hacer nada ni en un sentido ni en otro.
Ella siempre había presumido de ser una mujer sosegada, hasta el punto de que la mayoría de quienes la conocían de forma superficial la calificaban como fría.
¡Qué sabría la gente acerca de la frialdad!
Había tenido que venir un temporal como el que estaban sufriendo para siquiera acercarse.
—Baja el ritmo, Marco —cortó ella con voz seca—. Si mueves un euro, la cosa puede acabar mal.
A Marisa se le había quedado clavado el comentario de aquella repelente inspectora acerca del «valor del activo».
Había comparado a su hija con un bien económico, y ella entendía también de economía y de valores.
No en vano, gran parte de su fortuna no era solo heredada, sino que había sabido moverla gracias a sus conocimientos del dinero y de la empresa.
Marco frenó en seco; el impacto de su puño contra la encimera sonó como un disparo sordo.
—¡¿Y qué vamos a hacer, Marisa?! —gritó, con la saliva espesa por la ansiedad.
Montes se sobresaltó y miró con ira al padrastro.
Marisa le puso la mano encima de la suya para que se calmase.
Esto sorprendió tanto a Marco como a la propia Esther, que tenía bastante claro que las cosas en esa casa no andaban demasiado bien.
Decidió darles un tiempo de calma y se giró en dirección a la puerta de la cocina.
En realidad estaba deseando que Ávila regresase de la furgoneta y empezar con la estrategia de acoso y derribo a aquellos dos.
Marisa comprobó la posición de la policía con un rápido movimiento de ojos; al ver a Esther de espaldas, se inclinó hacia delante y bajó la voz hasta convertirla en un siseo conspirador.
—¿Cuánto tienes en cripto? —preguntó—. Y lo más importante, ¿podrías moverlo para enviárselo a quienquiera que nos esté extorsiando con nuestra hija?
Marco abrió los ojos, sorprendido por el cambio de tercio; necesitó un segundo para reajustar sus prioridades.
—Necesitaría un teléfono —susurró él— Tengo al menos medio kilo.
Marisa volvió a mirar hacia la policía.
—Voy a ver si puedo encontrar uno de los viejos que tengo por ahí, pero tardaré un poco porque no quiero que estos nos pillen.
Marco asintió con la cabeza; para terminar el teatrillo, abrazó a su mujer. Montes se giró de nuevo y, al verlos en ese estado, les pidió que salieran fuera al salón. Había recibido un mensaje de Ávila que parecía romper esa pequeña tregua que ese extraño matrimonio se acababa de dar.
—Por favor, Marisa, llame a su hijo Antoine. Tenemos que hablar con él.
Marisa miró a Marco y se llevó la mano al pecho. Marco suspiró hondo. Los problemas parecían no tener fin aquella jornada bajo la nieve.