Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Un millón
80%

Un millón

El motor del todoterreno policial rugió por última vez antes de enmudecer frente al pórtico de los Rivas-Cánovas.

Ávila y Montes descendieron del vehículo; las botas se les hundieron en la nieve virgen que cubría la entrada.

Nira se quedó en el asiento central de la furgoneta de tres plazas que él mismo había conseguido esa madrugada después de mucho rogar a unos y otros.

Lo que no pudo conseguir es que sus jefes le dejaran conducir.

Y menos después de esa falsa esperanza de la que habló: la imagen de la cámara de seguridad que captaba a Lorena se trataba de la del gimnasio al que acudió.

Y en esa grabación no se apreciaba nada raro, nadie que siguiera a la chica.

Del viaje a La Moraleja se encargó Montes y no paró de protestar en todo momento por la situación de la ciudad, completamente cubierta de nieve.

Lo que Álvaro no pudo lograr fue el apoyo de la UME.

Mejor así, pensó Ávila; si la prensa se enterase de que han movilizado recursos del Estado para asistir a una familia acaudalada, rodarían cabezas. Y no sería la del comisario.

No hubo saludos protocolarios al cruzar la puerta de la enorme vivienda.

El ambiente en el salón pesaba toneladas.

Marco Rivas, con el rostro desencajado, les tendió el teléfono móvil como si el aparato quemase.

Ávila lo tomó y reprodujo el archivo. Ya se lo había mandado una hora antes, cuando contactó con la Unidad para contarles la tragedia.

En la pequeña pantalla, la imagen de Lorena golpeó la conciencia de los presentes: estaba empapada, atada y con la mejilla enrojecida por el golpe reciente.

Tiritaba de frío y terror. Debajo del vídeo parpadeaba un mensaje escueto con una dirección alfanumérica larguísima y una exigencia millonaria en Bitcoin, junto a una cuenta atrás que ya había empezado a restar minutos.

No había posibilidad de respuesta a ese mensaje; el texto avisaba de que volverían a contactar pasadas unas horas y advertía de no llamar a la policía bajo ninguna circunstancia.

—Puedo conseguir gran parte de los fondos que piden —dijo Marco; se abalanzó hacia un portátil ultrafino que descansaba sobre un escritorio lateral.

—¡Págales! —gritó Marisa, aferrada a un cojín del sofá—. ¡Dales lo que piden, por Dios!

Marco abrió la tapa del ordenador; sus dedos volaron sobre el teclado para introducir la contraseña.

—Haga usted el favor de cerrar el ordenador y entregármelo, señor Rivas —la voz de Ávila sonó calmada pero autoritaria.

El inspector se acercó hasta la mesa donde el hombre se había detenido en su maniobra. Le puso una mano en el hombro y lo miró. El empresario giró la cabeza hacia arriba y sus miradas se encontraron. Ávila divisó la expresión genuina del pánico y el caos.

—¡Es mi dinero y es mi hija!

—Escúcheme bien, Marco. En este país, el pago de rescates está terminantemente prohibido. Si usted mueve un solo céntimo hacia esa cuenta, estará cometiendo un delito de financiación al crimen organizado y colaboración con banda armada —aclaró Montes.

—¡Me importa un carajo! —Marco reanudó su intento de acceder a sus cuentas.

—¿Usted sabe que si paga ahora mismo podría estar facilitando que Lorena acabe mal? —Ávila bajó el volumen, aunque el mensaje llegó hasta Marisa.

—¿Qué dice usted, por Dios?

—Lo que mi compañero dice es que si sueltan la pasta a la primera, entenderán que son un blanco fácil, un cajero automático con patas. Volverán a pedir más. O peor aún: una vez cobrado, el activo deja de tener valor. ¿Entienden lo que eso significa?

Marisa soltó un sollozo y se tapó la boca. Marco se quedó paralizado; procesó la brutalidad de la lógica policial.

—La única forma de sacar a Lorena viva de ese agujero es la negociación. Tenemos que ganar tiempo y esperar un error —prosiguió Ávila—. Los compañeros de la Brigada Tecnológica ya están trabajando en el mensaje recibido.

—¿Pueden localizar la señal? —preguntó Marco con esperanza.

—Será difícil con este tipo de aplicación que han usado, pero confío plenamente en ellos —Montes habló en plural de Listín, pero no había nadie más al volante. Sin embargo, el inspector Luis valía como todo un ejército de hackers, según el criterio de la inspectora.

El inspector prosiguió con su explicación.

—Necesitamos requisar todos los dispositivos electrónicos que tengan en la casa.

Los padres se miraron extrañados. No entendían. Y Antoine mucho menos. Ni loco iba a soltar su iPhone recién traído por los Reyes Magos. Hizo un intento por largarse del salón, pero Esther se interpuso en su camino.

—Por favor —dijo y extendió la mano.

El muchacho puso los ojos en blanco, resopló y miró a su padre.

—Y sube a por el portátil y lo bajas. No nos queda otra, hijo.

El chico le entregó el móvil de mala gana a la inspectora y se largó. Lo que pasa es que Montes lo siguió en su camino escaleras arriba.

—¿Qué pasa?

—Me tienes que entregar todo ahora mismo.

—¿Por qué?

—Porque es el protocolo.

—Pues yo paso del protocolo.

—¡Antoine! Haz lo que te piden, por Dios.

Marco, para dar ejemplo, le entregó su propio ordenador y su teléfono y el muchacho claudicó.

Marisa hizo lo mismo y le preguntó si se querían llevar la torre de su despacho, ya que ella no tenía portátil.

Ávila dijo que sí y avisó a Nira para que entrara y les ayudara con todo.

El oficial les pidió las claves y entre él y Montes sacaron los equipos al furgón.

Marco, Marisa y Antoine se quedaron de pie en medio de su salón de lujo, despojados de su tecnología y de la única forma que tenían de comunicarse con los secuestradores.

Ávila tomó nota de su situación y se dirigió a ellos.

—Se lo devolveremos lo antes posible, y monitorizaremos su teléfono, señora Cánovas, por si vuelven a contactar. De hecho, para que se queden más tranquilos, será lo primero que traigamos —dicho esto se dio la vuelta—. Mi compañera se queda con ustedes; yo vuelvo en unos minutos.

El inspector salió de la vivienda y los dejó allí, con los hombros caídos y la esperanza por los suelos.

Con una tiritera que le dificultó marcar el número, Ávila llamó por teléfono a Listín una vez en el jardín de la familia.

Miró en derredor y la estampa nevada era preciosa sobre aquel oasis en medio de la capital.

Pero hacía demasiado frío para poder deleitarse los ojos.

—Luis, te vamos a enchufar teléfonos y portátiles a la ofi de la furgoneta y te vas descargando todo. ¿Has averiguado algo de la llave de Bitcoin?

—¿Estás de broma, jefe?

—¿Cómo voy a estarlo, hombre?

—Joder, es imposible sacar algo de ahí en una hora. No es un IBAN, Ávila…

—Ya lo sé, pero si tampoco se puede rastrear el mensaje de la app esa del demonio, ya me dirás tú qué hacemos.

—Pues lo que haces siempre, lo que manda el protocolo, lo que te recuerda siempre la inspectora. Investigar a la…

—Familia.