Exhibicionismo
El vídeo se había enviado; el trabajo sucio digital estaba hecho.
el secuestrador guardó el móvil y, sin mediar palabra, le cruzó la cara a la chica con el reverso de la mano.
El chasquido de la bofetada resonó seco en el sótano, amplificado por las paredes de hormigón desnudo.
la secuestrada, atada a la silla, sacudió la cabeza por el impacto; las lágrimas le brotaron de puro dolor físico.
La bombilla colgada del techo oscilaba por las corrientes de aire helado que se colaban quién sabe por dónde y proyectaba sombras danzantes, mareantes, sobre el suelo mojado.
Hacía un frío que de esos que se te cuelan entre los omóplatos y el cuello y apenas de deja capacidad de reacción.
El individuo se inclinó sobre ella y le arrancó la cinta americana de la boca de un tirón seco, cruel.
La piel de la chica enrojeció al instante.
La secuestrada intentó balbucear, mover la cabeza hacia atrás, buscar aire, pero el secuestrador le agarró el pelo con violencia y tiró hacia arriba, como si quisiera arrancárselo de raíz, para obligarla a mantener la cabeza erguida.
—Cálmate ya —le escupió él con una frialdad mecánica—. Te he dicho cien veces que no te vamos a hacer nada, pero como sigas así de histérica, te juro que te abofeteo hasta que se derrita toda la nieve.
Por su parte, la tercera en cuestión, la secuestradora observaba el espectáculo desde atrás, recostada contra la pared de piedra y envuelta en el humo azulado de su cigarrillo.
Parecía ajena a la violencia o quizás demasiado acostumbrada a ella.
El paso por el talego de su amante le había cambiado.
No es que antes fuera un alma de la caridad, sin embargo, esos seis meses a la sombra le habían servido para todo lo contrario que propone la cárcel.
La compañera lanzó una bocanada larga hacia la zona donde la cautiva tiritaba.
el secuestrador soltó a su víctima y caminó hacia su compinche con paso lento.
Era el momento de divertirse. Aunque, quizá, ya se estaba divirtiendo con esa ligera violencia que había empezado a ejercer sobre la secuestrada.
Esa sensación de dominación de la que había carecido todos esos meses le estaba embriagando de unas sensaciones difíciles de digerir —o mejor dicho, de controlar— para un delincuente.
Se pegó al cuerpo de su chica, le pasó una mano por la cintura y la atrajo hacia sí con una brusquedad que imitaba la pasión pero apestaba a dominio.
—Ha quedado perfecto, nena —dijo él, sin dejar de mirar de reojo a la secuestrada—. Se van a cagar encima.
—A ver si es verdad y el viaje a Brasil no se queda solo en una semana —respondió ella, que se dejaba sobar; soltó una risita que sonó a cristales rotos—. Con lo que te ha prometido que te va a pagar tu pri…
El secuestrador le puso una mano en el cuello para acallarla y se acercó a su oído.
—Calla, joder, no digas eso delante de la chica.
Y justo después le mordió la boca, le lamió los labios y le metió la mano entre las piernas en una caricia animal, excesiva.
La secuestradora gimió, pero sus ojos seguían clavados en la chica atada, brillantes de malicia.
Hablaban de ella como si fuera un mueble, un fardo, un cheque al portador que respiraba y sangraba.
la secuestrada, incapaz de soportar aquella exhibición de lujuria y crueldad, bajó la vista hacia sus rodillas juntas, avergonzada; sintió el terror de la inestabilidad que destilaban aquellos dos.
El secuestrador se giró hacia la chica y se percató del gesto. Se separó de su compañera y volvió sobre sus pasos hasta plantarse frente a la silla. Le agarró la barbilla con los dedos como tenazas y la forzó a levantar el rostro.
—Míranos —ordenó.
La secuestrada no le hizo caso, pero el hecho de que él alzara la mano bajo la firme promesa de soltar otra bofetada hizo que alzara la vista al instante para clavarse en los ojos de aquel desgraciado.
En ese momento decidió que sí, que iba a obedecer en todo lo que dijera, pero que jamás olvidaría esos ojos y que haría todo lo posible para vérselas a solas con él cuando sus padres pagaran ese millón de euros que había solicitado ella misma en el vídeo que le obligaron a grabar.
Cuando el secuestrador dio el visto bueno a la mirada de la chica, le puso de nuevo la cinta americana en la boca; después se acercó a su chica y volvió a besarla con rudeza y a meter su mano en su entrepierna.
Solo que esta vez lo hizo por debajo de la ropa y se encargó de ponerse en un lateral para que su víctima lo viera bien.
Sí, se estaba divirtiendo mucho con aquello y estaba dando rienda suelta a una de sus pasiones más prohibidas: el exhibicionismo.
Lo que no sabía es que la secuestrada ya estaba de vuelta de casi todo en cuanto a sexo se refiere.
Con su edad y su atractivo, tendría el móvil repleto de fotos de órganos reproductores masculinos (la llamada fotopolla) de no ser porque se ocupaba cuidadosamente de borrarlas, no sin antes emitir un gesto de asco, o de lujuria, según quien fuese el remitente.
El secuestrador restregó sus fríos dedos por la anatomía genital de su compañera, que primero puso los ojos en blanco y después los cerró para abrir la boca e inclinar la cabeza hacia atrás.
La chica disfrutaba de la pericia sexual de ese tipo tan problemático, algo que muchas otras solo se atrevían a mirar en la distancia. Y por eso estaba tan enganchada a él.
Con el adelanto que les había dado el primo de el secuestrador, habían reservado un vuelo a Brasil y luego allí ya se buscarían la vida de alguna forma con el resto de lo que iban a cobrar.
Un diez por ciento de un millón de euros era mucho dinero, y podrían tirar un tiempo.
Desaparecer una temporada, era lo que el primo les había pedido.
Cuando el secuestrador dio por terminados los tocamientos a su compañera, la arrastró hasta la escalera agarrada por el culo.
Giró su cabeza hacia atrás y se encontró con los ojos de la secuestrada clavados.
No supo si por obediencia o por desafío.
En ese momento le dio igual. Solo quería disfrutar de un buen polvo y más adelante decidiría qué hacer con aquella niñata rica.
Alargó la mano y apagó la luz de la única bombilla de toda la estancia. El sótano se sumió en la negrura absoluta. La secuestrada se quedó sola, con el sabor de la sangre en la boca y el eco de las risas de sus verdugos martilleándole el cerebro.