Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Mensaje
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El salón de los Rivas-Cánovas era una jaula de madera, hormigón y cristal sitiada por el invierno.

Fuera, la nieve se amontonaba contra los ventanales como un animal blanco y mudo que quisiera entrar a devorarlos; dentro, la calefacción paliaba solo en parte el frío que desprendían sus propios habitantes.

La luz artificial caía sobre los muebles de diseño con una crudeza forense y revelaba el polvo invisible de una familia en descomposición.

Marisa Cánovas no gritaba, porque las mujeres como ella no gritan, escupen veneno en voz baja.

Paseaba de un lado a otro, con esa elegancia tensa de felino acorralado, mientras Marco Rivas aguantaba el chaparrón hundido en el sofá, con la corbata aflojada y el rostro brillante de un sudor que no era por el calor.

—Teníamos que haber ido antes, Marco, te lo dije —cada sílaba era un clavo más en el ataúd de su paciencia—. Y no la teníamos que haber dejado marchar.

—Menos mal que hablas en plural. Porque yo fui el que intentó retenerla.

Marisa lo miró, iracunda, aterrorizada. Marco notó la mirada de su mujer y decidió ignorarla.

—¿No te vale que ya hayamos denunciado su desaparición y que haya hablado con el Delegado del Gobierno? —Marco insistió en su defensa, quizá para evitar un segundo ataque.

—No presumas de eso, que todos sabemos por qué lo conoces…

La preocupación estaba a punto de tornarse en discusión cuando el sonido de unos pasos arrastrados en la escalera los interrumpió.

Antoine apareció en el umbral, con el pijama arrugado y el pelo revuelto, se rascaba la barriga con una indiferencia que resultaba insultante.

Miró a su padre y a su madrastra como quien mira un programa de televisión aburrido.

—¿Todavía seguís con el drama? —preguntó—. ¿Ha vuelto ya la princesa o tengo que esperar despierto a que termine la función?

Marisa se giró hacia él con los ojos inyectados en ira.

—Ten un poco de respeto, niñato. Tu hermana no aparece y tú te comportas como un animal. ¡Cállate o vete a tu cuarto!

Antoine soltó una risa seca, carente de cualquier alegría, y se dirigió a la cocina. Volvió con una lata de refresco energético y se lo bebió de casi dos tragos.

—No he podido apenas dormir, son solo las siete de la mañana…—dijo después de apurar la bebida—. Todo este pánico es ridículo. Lorena siempre ha sabido cuidarse solita, sobre todo de vosotros. Volverá pronto, estará con algún amigo, que tiene muchos.

—¿Te va a callar, Antoine? ¿O tengo yo que callarte? —protestó Marco—. ¿Te ha contestado por el Instagram o algo? No digas tonterías si no sabes dónde está.

Antoine levantó las manos a modo de disculpa. Le gustaba mucho vacilar a su padre y a la mujer de este, pero la falta de sueño le tenía demasiado trastornado. Era todavía de noche y, en efecto, apenas había pegado ojo.

El silencio que siguió fue espeso, pero duró poco.

El teléfono móvil de Marisa, abandonado sobre la mesa de centro de mármol, emitió un ping agudo, un sonido digital que cortó el aire como una tijera de podar cercena una rama seca.

Durante dos segundos, nadie se movió. Los tres pares de ojos se clavaron en el aparato, que brillaba con una luz intermitente.

Marisa hizo ademán de lanzarse a por él, pero los nervios de Marco fueron más rápidos.

Se abalanzó sobre la mesa y lo atrapó con manos temblorosas.

Conocía de sobra el patrón de desbloqueo del móvil de su esposa y deslizó el dedo con torpeza hasta que consiguió ver de qué se trataba ese mensaje.

La cara de Marco se transformó. Fue como si le hubieran sacado la sangre del cuerpo con una jeringuilla gigante.

Los ojos se le abrieron tanto que podría necesitar la aplicación de lágrima artificial en colirio y la boca se le quedó entreabierta en una mueca de terror.

Leyó el mensaje una vez. Dos. Negó con la cabeza, un movimiento espasmódico, como si rechazase lo que sus retinas le enviaban al cerebro.

—¿Qué pasa? —exigió saber Marisa, con las manos en la cabeza—. ¡Dámelo!

Antoine se arrimó, curioso. El olfato de las ratas para detectar el naufragio nunca falla, y él acababa de oler el agua entrando en la bodega.

Marco levantó la vista muy despacio. Ya no había rabia en su mirada, solo un abismo oscuro y profundo.

Sin decir una palabra, giró la pantalla del teléfono hacia ellos.

Al menos, ya sabían algo de Lorena.