Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Café
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Café

La nieve se posaba con calma sobre los cristales de la pequeña sala de descanso y, despacio, descendía su camino hasta apiñarse en los recovecos de los marcos.

El zumbido eléctrico de un fluorescente en mal estado bañaba la estancia de un azul espectral.

Eran las tres de la madrugada y la Unidad de Secuestros parecía contener la respiración bajo la tormenta.

La subinspectora Esther Montes aguardaba frente a la cafetera y se frotaba el rostro con las palmas de las manos en un intento inútil por borrar las ojeras que el reflejo del cristal le devolvía.

El cansancio no era solo físico; era un peso muerto en los huesos.

El inspector Ávila entró en el office; sus pasos se deslizaban con esa calma depredadora que lo caracterizaba.

No se detuvo a una distancia prudencial.

Se apoyó en la encimera, justo al lado de ella e invadió ese perímetro de seguridad que cualquier compañero respetaría, pero que él cruzaba con una naturalidad alarmante.

Observó el perfil de Esther en silencio mientras la máquina terminaba de escupir un líquido oscuro al que nadie en su sano juicio llamaría café.

Ella recogió el vaso de plástico y se giró: estaba atrapada entre el borde de la mesa y el cuerpo de él.

—¿Qué tal tu ex? —preguntó Esther.

—Pues ya sabes, días y días.

—¿Y los críos?

—Cada día más grandes. Su tía los cuida bien.

—Me alegro.

—¿Y tú? ¿Cómo lo llevas? —preguntó Ávila, con una voz grave que vibró demasiado cerca.

—Pues con mucho sueño, la verdad —admitió ella, ignorando la proximidad de su compañero— y de momento no he encontrado nada reseñable. Tendremos que pedir ayuda a los de Delitos Económicos.

—Me refiero a lo de tu madre.

—Ah, eso…

Esther miró al suelo y removió el café. Se separó un poco de su compañero y se sentó en un taburete alto. Volvió a mirar por la ventana cómo los copos de nieve caían y se produjo un tenso silencio.

—Creo que voy a empezar a fumar de nuevo —dijo al fin.

—Entre eso y el café cualquiera se arrima a ti por la mañana.

Montes giró de nuevo la cabeza hacia su compañero.

—Eres muy tonto, ¿lo sabías? —dijo sin maldad.

—No, no lo sabía. De hecho, lo sé.

Se miraron y se aguantaron las miradas hasta que la inspectora esgrimió una mueca que podría interpretarse como sonrisa.

—No te voy a decir cómo amaneces tú, que no quiero que te me pongas a llorar ahora que tenemos este marrón tan grande.

—Hablando de amaneceres —dijo Ávila para cambiar de tercio—, en cuanto salga el sol, nos vamos a La Moraleja.

—El sol no va a salir, ¿no has visto el parte meteorológico o qué?

—Mira que eres tiquis-miquis a veces. Ya sabes a lo que me refiero.

Volvieron a cruzar los ojos con esas miradas que solo ellos dos podían mantener.

—¿Nira ya ha conseguido el todoterreno?

—Y tanto, una lechera 4x4 encima, con oficina en la parte de carga.

—¿Y cuántos cabemos ahí?

—Tres.

—Dejas a Listín aquí, ¿no?

—Aquí o en Homicidios, pero pendiente del teléfono y con el ordenador hasta cuando se vaya al baño.

—¿Ha conseguido algo del teléfono de la chica o de los padres?

—Las operadoras están que no dan abasto. No tendremos las BTS hasta luego por la tarde como muy pronto.

—Estupendo —ironizó la inspectora.

—¿Por qué no te vas a echar un par de horas a mi despacho?

—¿Para qué? ¿Para que me apeste el aliento cuando me despierte?

Ávila no reprimió una carcajada.

—Estás fatal…

—Ya, claro, tú me llamas boca apestosa y yo estoy fatal.

Ávila se acercó hasta su compañera más de lo que la distancia prudencial entre dos compañeros requería, otra vez. Sus bocas, ciertamente, estaban muy próximas. Montes lo miró a los ojos, como si fuera un reto. Abrió la boca. Le echó el aliento con mala baba. El inspector sonrió.

—Venga, échate un rato; yo lo haré después —dijo con una sonrisa.

En ese momento entró el oficial Nira, en el típico momento de interrupción del beso de las comedias románticas.

—A las buenas noches.

Los dos inspectores se separaron sin armar mucho revuelo. Era un movimiento que tenían estudiado para no llamar la atención porque ya se sabe que eso deriva en que resulta peor el remedio que la enfermedad.

—Así que nos has conseguido un buen bólido, ¿no, Álvaro? —dijo Esther.

—Depende.

—¿De qué? —preguntó Ávila.

—De quién lo conduzca.

Montes y Ávila se miraron. Nira sonrió.

—Ni de coña —replicó la inspectora.

—¿Por qué? —protestó el oficial con un tono que recordaría al de un niño pequeño.

—¡Por qué, dice! —bufó Montes—. No te voy a recordar la que nos liaste solo porque habían caído cuatro gotas, que todavía me duele el chichón en la frente…

—Y el siniestro total del camuflado, claro… —añadió Ávila.

—No fue total.

—No, claro, la mitad nada más. El resto, piezas para desguace.

—Qué exagerada eres, Montes —Nira se dio la vuelta—. Al menos lo saco del complejo, ¿vale?

Ávila se acercó al oficial.

—Ya veremos.

—¿Y si te digo que he conseguido la imagen de una cámara de seguridad donde se ve a la chica tampoco me dejas conducir?

Los dos inspectores abrieron bien los ojos antes de que Ávila agarrase por el brazo al oficial y lo sacase de allí medio a empujones.

Tenían que ver esa cámara de seguridad. Adiós al plan de siesta nocturna.