Alto riesgo
La sala de operaciones de la Unidad de Secuestros y Extorsiones parecía la bolsa de valores un día de crac financiero.
Los teléfonos sonaban sin pausa, una cacofonía de timbres que se mezclaba con el tecleo nervioso de los agentes y el murmullo de las televisiones.
Fuera, la nieve seguía cayendo con la intención de sepultar Madrid; dentro, la burocracia intentaba mantenerse a flote.
El inspector Ávila revisaba un expediente atrasado con la desgana del que sabe que está perdiendo el tiempo. Dio un sorbo a su tercera Coca-Cola de la noche. Caliente. Hizo una mueca de asco.
Sonó el teléfono. Ávila resopló. Aquella llamada no podía suponer nada bueno.
—Dígame, señor comisario.
—Tenemos un problema, Cecilio.
Ávila odiaba que le llamaran por su nombre completo. Y odiaba aún más aquel tono de su superior.
—Tenemos mil problemas, jefe. Estamos aquí ocupados en labores que no nos corresponden.
—Pues mejor me lo pones, porque tengo para ti un trabajo propio de tu unidad —soltó el comisario Alamillos. Ávila arqueó las cejas; quizá la llamada no era tan mala después de todo—. Tenemos una posible desaparición de alto riesgo.
Alamillos le contó la llamada de una importante familia de empresarios. Le contó que la hija de esa familia no daba señales de vida. Y le contó el barrio donde se había producido la desaparición.
—Jefe, con todo el respeto. ¿No será que la niña habrá quedado con alguien?
—No —cortó Alamillos. Su voz no admitía réplica—. Te repito que la familia dice que iba a un gimnasio cercano. Han recorrido la ruta con un todoterreno y han encontrado el coche vacío y el bolso de la chica…
—¿Se da cuenta de que movilizar a mi equipo con este temporal es una gran…? —Ávila se interrumpió a sí mismo, sin atreverse a terminar la frase.
—Quiero esa desaparición calificada como de Alto Riesgo.
Ahora mismo. Prioridad absoluta. Si tenéis que sacar vuestros culos a la calle, os ponéis un abrigo y los sacáis.
—El comisario cortó la comunicación, no sin antes lanzar su última amenaza—: Cuando hables con los padres, te darás cuenta de que no es un capricho de gente rica.
Ávila se terminó la Coca-Cola de un trago, aplastó la lata con las dos manos en su gesto habitual y la lanzó a la papelera.
Salió de su despacho y le contó al equipo la jugada del comisario.
—Se acabó la paz.
—¿Te ha pasado la lista de teléfonos de la familia? —preguntó Listín.
—Hay una carpeta en el sistema con la llamada de la madre y el audio grabado en el 112. Como no le han hecho mucho caso, habrán llamado a algún pez gordo. Empezamos por esa llamada y contactamos con la familia para recabar más información.
El equipo reaccionó al instante. La maquinaria se puso en marcha. Ávila distribuyó el juego con la precisión de un crupier cansado.
—Álvaro, contacta con la UME, necesitamos que alguna de sus patrullas nos acompañe a la zona. También localiza un coche todoterreno aquí en el complejo.
—Oído —respondió Nira, descolgando el teléfono.
Ávila se acercó a la mesa de Esther Montes. La subinspectora le miró, a la espera de instrucciones. Ávila bajó la voz, convirtiéndola en un susurro áspero que solo ella podía oír.
—Si el comisario quiere Alto Riesgo, le daremos Alto Riesgo con todas las consecuencias.
—¿Qué necesitas?
—Pues lo habitual en estos casos…
—Destripar a la familia, ¿no?
—Esa es mi chica.
Ávila apoyó las manos en la mesa de su compañera y la miró a los ojos.