Desesperación
El Range Rover avanzaba por las calles de La Moraleja como un tanque de lujo en territorio hostil.
Los faros LED perforaban la cortina blanca, pero apenas iluminaban diez metros de asfalto.
El resto era oscuridad y nieve racheada.
Dentro, el climatizador mantenía una temperatura de veintidós grados, un contraste obsceno con el infierno helado del exterior.
Marco aferraba el volante con los nudillos blancos. Marisa, a su lado, escrutaba la negrura a través del cristal empañado.
—Se ve muy poco.
—Vamos muy despacio, si nos cruzamos con ella la veremos.
Recorrieron la avenida principal. Nada. Solo setos cubiertos de blanco, portones de seguridad cerrados a cal y canto y algún vehículo aparcado que ya parecía un iglú.
Ni rastro del Mini Cooper. Llegaron a la altura del club deportivo.
El aparcamiento estaba desierto, una planicie blanca inmaculada sin huellas de neumáticos recientes.
—Aquí no está —dijo Marco, que frenó en seco. El coche patinó levemente antes de detenerse.
—¿Y dónde se ha metido? —Marisa golpeó el salpicadero.
Marco cerró los ojos un segundo.
—La puerta norte —murmuró.
—¿Qué?
—Me dijo que iría por la Puerta Norte de Valdebebas para no ir por la A-1.
Marco giró el volante con brusquedad. El todoterreno rugió y dio la vuelta, lanzando nieve sucia contra los bordillos. Aceleró más de lo prudente. Llegaron a la rotonda previa a cruzar el puente sobre la R-2
Por el lado opuesto de la rotonda, una Volkswagen Transporter trazaba la curva con esmero y paciencia.
Pasó despacio, con esa prudencia de quien lleva carga frágil.
Marco apenas la miró al comprobar que no era el Mini de Lorena; sus ojos buscaban la silueta pequeña del coche de Lorena.
Marisa sí la vio, y por un segundo, sus miradas se cruzaron con las chapas del vehículo que se alejaba hacia la autovía.
Ninguno de los dos supo que acababan de cruzarse con el destino de Lorena.
El Range Rover encaró la calle de acceso a la zona de Valdebebas.
A trescientos metros, los faros iluminaron algo en el arcén derecho. Una forma oscura, redondeada, con una capa de nieve virgen sobre el techo.
—¡Allí! —gritó Marisa.
Marco reconoció el coche y la matrícula. El corazón le dio un vuelco. Frenó el todoterreno detrás del Mini y lo cruzó en mitad de la calzada para iluminar la escena. No esperó a apagar el motor. Abrió la puerta y saltó a la nieve.
El viento le golpeó como un martillo. Corrió hacia el coche de su hijastra.
—¡Lorena!
Silencio.
El coche estaba oscuro. Marco pegó la cara a la ventanilla del conductor. Tiró de la puerta y solo encontró silencio.
Marisa llegó a su altura, protegiéndose la cara con el cuello del abrigo.
—No. No hay nadie —dijo.
Marco sacó el móvil y encendió la linterna. El haz de luz barrió el interior. El bolso estaba en el asiento del copiloto. Las llaves, puestas en el contacto. Pero no había nadie.
Miraron alrededor. El suelo era un caos de nieve revuelta, pero la tormenta, implacable, ya había hecho su trabajo.
Los copos caían con tal intensidad que las huellas de la lucha, las pisadas de Julio y el rastro de arrastre hasta la furgoneta habían desaparecido bajo una capa blanca y uniforme. Era un escenario aséptico. Limpio.
—¡Lorena! —gritó Marisa a la noche.
Marco iluminó el suelo cercano al coche.
Buscó huellas de pisadas que se alejaran hacia el bosque o hacia la carretera.
Nada. Solo blancura. A pocos metros de sus botas, enterrado bajo diez centímetros de nieve polvo, el móvil de Lorena seguía emitiendo una señal invisible, pero para ellos no existía.
—Tiene que estar cerca —dijo Marco, girando sobre sí mismo—. A lo mejor la ha llevado alguien y nos hemos cruzado sin darnos cuenta. ¿Tú has visto algo?
—Se ha dejado el bolso… —Marisa señaló el interior del coche, donde se veía el bolso deportivo de Lorena en el asiento del copiloto.
Marco sacó su propio teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Miró la pantalla.
Sin servicio.
Levantó el brazo, buscó un ángulo mejor, se movió hacia el centro de la carretera. Nada. La X roja en la barra de cobertura era una sentencia.
—Maldita sea.
Marisa le agarró del brazo. Temblaba, y esta vez Marco no supo distinguir si era por el frío o por el pánico.
—No hay nadie, Marco. Se la han llevado. O se ha perdido. Tenemos que volver. Aquí no hacemos nada.
—No podemos dejar el coche así.
—¡No tenemos cobertura! ¡Hay que llamar desde casa! ¡Vámonos!
Marco miró una última vez la oscuridad que se tragaba el bosque. Quería gritar, quería correr hacia la negrura y buscarla, pero la lógica, fría y dura, le decía que su mujer tenía razón. Sin teléfono y a ciegas, eran inútiles.
La empujó suavemente hacia el Range Rover. Subieron al vehículo, cerrando la puerta a la intemperie. El silencio del habitáculo cayó sobre ellos como una losa. Marco metió primera y arrancó, dejando atrás el Mini Cooper abandonado.
Por el retrovisor, vio cómo la nieve seguía cayendo sobre el coche pequeño; borraba sus huellas, borraba el camino y sepultaba la verdad bajo un sudario de hielo.