Puerta del norte
Julio conectó las pinzas a la batería del Mini con la destreza de quien ha destripado más de un coche ajeno. Las chispas saltaron, naranjas y efímeras, antes de morir en el aire helado.
—Dale ahora —ordenó, gritando para hacerse oír sobre el viento.
Lorena, sentada al volante, giró la llave. El motor de arranque tosió una vez. Dos. A la tercera, emitió un gemido metálico y calló. Las luces del cuadro de mandos parpadearon y se apagaron definitivamente.
Julio soltó las pinzas y cerró el capó con un golpe seco. Se acercó a la ventanilla, negando con la cabeza.
—Nada. El alternador debe de estar muerto. La batería no retiene carga ni con el puente.
Lorena golpeó el volante con la palma de la mano.
La frustración y el frío empezaban a entumecerle las ideas.
Miró a través del cristal. Tania esperaba junto a la furgoneta gris, con los brazos cruzados y dando saltitos para mantener el calor.
Una chica normal más, muerta de frío en una situación de mierda.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Julio. Su tono era paternal, solícito—. No consigues contactar con la grúa, ¿no?
Lorena negó con la cabeza. Tania se acercó unos pasos, caminaba como de puntillas.
—¿Te acercamos a algún sitio?
Lorena miró su móvil sin cobertura. Miró la carretera vacía, negra y hostil. Y finalmente miró a aquella pareja que el destino parecía haberle enviado. La decisión lógica, la decisión de supervivencia, era subir a esa furgoneta.
—¿Para dónde vais?
—Para Sanse —respondió Tania—, vamos por aquí por evitar la A-1 que está imposible.
—Vivo a unos cuatro kilómetros de aquí. —Señaló con el dedo.
—¿En La Moraleja? —preguntó Julio.
Lorena asintió, como avergonzada de su clase social.
—Venga, sube, que nos pilla más o menos de camino y me muero de frío —dijo Tania.
La chica cogió el móvil y las llaves, salió del Mini y se dirigió a la Transporter de la pareja. Julio se apartó para dejarle paso, señalando el vehículo gris con un gesto cortés.
Lorena dio los pasos necesarios hasta la furgoneta. Tania abrió la puerta lateral corredera.
Fue entonces cuando el instinto de Lorena, afilado por una especie de intuición animal, se disparó.
Al pasar junto a Julio, notó un movimiento extraño en su visión periférica.
Él no caminaba hacia su puerta; se había girado hacia ella, demasiado cerca, invadiendo su espacio vital con una urgencia que no encajaba con la amabilidad del momento. Y percibió su aliento.
Lorena se detuvo en seco y giró el torso.
—Se me ha olvidado el bolso…
Julio no la dejó terminar y antes de que se escurriera por su lateral, se abalanzó sobre ella, intentando agarrarla del brazo.
La reacción de la chica fue motivada por esa adrenalina que dicen que nace en situaciones críticas. No gritó, y en lugar de retroceder, plantó los pies en el suelo y empujó con ambas manos el pecho de Julio.
El amable ciudadano se había convertido en un secuestrador, un secuestrador que no esperaba esa fuerza en su presa. Sus botas resbalaron sobre la nieve virgen del arcén. Perdió el equilibrio, agitó los brazos como un espantapájaros y trastabilló dos metros hacia atrás.
Lorena no corrió hacia la carretera abierta; sabía que allí era una presa fácil.
Intentó rodear la parte trasera de su propio coche para interponer el vehículo como barrera, buscando ganar tiempo para llegar a la puerta del copiloto y encerrarse.
Si querían entrar, tendrían que romper el cristal.
Y con suerte pasaría otro coche que podría ayudarla.
Error.
Consiguió entrar, sí, pero en medio de aquel caos personal no cayó en que el coche no tenía ni una gota de electricidad. Es decir, el cierre centralizado no funcionaba.
Julio recuperó el equilibrio. Soltó una maldición que se perdió en la ventisca y se dirigió hacia el coche.
Abrió la puerta y le agarró por el pelo. Tiró de ella hacia afuera pero no consiguió sacarla. Lorena comenzó a gritar y a pegar puñetazos a los brazos del tipo.
—Ayúdame, joder —gritó Julio a Tania.
Tania, que se había mantenido al margen del altercado, entró en el coche por el asiento del copiloto y le pegó un puñetazo con todas sus fuerzas a Lorena en las costillas. La chica sintió el dolor punzante y aflojó en su resistencia. Lo que permitió a Julio sacarla del coche.
Pero el suelo estaba cubierto de nieve y, por lo tanto, era una pista de patinaje.
¿Consecuencia?
Ambos cuerpos se tambalearon por la fuerza del tirón del hombre y cayeron juntos al suelo. El móvil de Lorena salió despedido de su mano y aterrizó boca abajo en la nieve.
Lorena quedó encima de Julio, sobre el que clavó sus ojos. Cuando iba a golpearlo en la cara, sintió el mismo dolor que segundos antes. Pero esta vez mucho más fuerte y en el lado opuesto.
Tania le había pegado una patada en el otro costado. Julio entonces la empujó y rodó con ella hasta quedarse encima.
—¿Te vas a estar quietecita o tengo que hacerte daño?
Lorena sabía que tenía que recuperarse, tenía que ganar algo de tiempo hasta que alguien pasase por allí.
Tenían que hacerlo. Así que sacando fuerzas de donde no las tenía, se las ingenió para colar su rodilla entre las piernas de su agresor y propinarle un rodillazo en el paquete que lo dejó doblado.
Salió de debajo y se enfrentó a Tania, quien decidió dejarla huir.
Lo que Lorena no sabía es que Tania era más arpía que las propias arpías, y que tenía tanta agilidad como ella. Tras correr pocos metros, notó que se trastabillaba, que sus pies se cruzaban sin sentido y que perdía el equilibrio sin saber por qué.
Acabó de bruces contra la nieve.
Tania le había dejado correr para perseguirla por detrás y hacerle el más fácil de los trucos, como si estuvieran en el colegio: una zancadilla.
Lorena sintió el peso de dos rodillas sobre su espalda. Y al poco, algo casi más frío que la nieve apoyado en la sien.
—Último aviso —amenazó Julio con una Glock en la mano—. O te estás quieta o vas a sufrir.
Entre los dos, levantaron el cuerpo de Lorena como si fuera un saco de escombros. La arrastraron los pocos metros que los separaban de la furgoneta.
La empujaron al maletero, sobre el suelo metálico y frío. Julio subió tras ella de un salto ágil. Tania corrió al asiento del conductor y bloqueó los seguros con un golpe seco de la palma.
Dentro, Julio inmovilizó a Lorena con su peso.
Sacó unas bridas de plástico del bolsillo.
El sonido del plástico al cerrarse sobre las muñecas de la chica rasgó el silencio del habitáculo.
Apretó con fuerza extrema. Lorena gritó en un último intento desesperado.
Julio le dio un golpe en el costado, sabía que eso bastaría para acallarla.
Y en efecto, la chica no pudo gritar más.
Luego, le colocó una mordaza improvisada con cinta americana y le cubrió la cabeza con un saco de tela oscura.
—Arranca y vámonos de aquí —ordenó Julio.
Tania pisó el acelerador a fondo. La furgoneta derrapó brevemente, escupiendo aguanieve, antes de traccionar y alejarse a toda velocidad que la nieve les permitía.
En el arcén, la calma regresó. Solo quedó la nieve pisoteada, revuelta y sucia junto al Mini Cooper, testigo mudo de la violencia.
Allí en la Puerta del Norte de Valdebebas el móvil de Lorena quedó hundido en el manto blanco.
La pantalla seguía encendida, proyectando una luz mortecina que quería salir a la superficie sin conseguirlo, como si fuera un testigo que no podía declarar.
Mentras, los copos caían con intensidad, apresurándose a cubrirlo y borrar las huellas del crimen.
Lorena había dejado de ser una persona para convertirse en una víctima.
En una secuestrada.