Secuestros y extorsiones
Las oficinas de la Sección de Secuestros y Extorsiones, en el complejo policial de Canillas, sufrían de una calma extraña.
Lo habitual era un ir y venir de agentes de un lado para otro, con diferentes opiniones, con distintas carpetas o tablets que albergaban buenas o malas noticias, según se mirase.
Esa noche, sin embargo, el ambiente vibraba con una electricidad distinta, la de los desastres inminentes.
La luz fluorescente, fría y aséptica, bañaba las mesas repletas de expedientes, latas de refresco y vasos de café vacíos.
El inspector Ávila cruzó el umbral. Traía el frío pegado a la ropa. Le había costado horrores llegar desde Aranjuez y, aunque la operación se había saldado con éxito, la calma posterior siempre le dejaba mal cuerpo.
Se sacudió la nieve de los hombros antes de colgar el abrigo empapado en el perchero. La tela pesaba el doble de lo habitual.
—Una Coca-Cola —dijo, más como una orden que como una petición.
La subinspectora Esther Montes entró pocos minutos después.
Ella ya conocía las preferencias del jefe y se pasó por la máquina de vending de la ya cerrada cafetería del complejo.
Eran más de las nueve de la noche y el poco alimento que podrían conseguir se limitaba a sándwiches empaquetados, latas de refresco y snacks de dudosa salubridad nutricional.
La inspectora portaba un poco de todo para repartir entre los compañeros.
El oficial Álvaro Nira, el benjamín del grupo, permanecía de pie junto al ventanal. Observaba el exterior con la incredulidad de quien ve aterrizar un ovni. Abajo, en el aparcamiento, los zetas y los kas habían perdido sus formas para convertirse en montículos blancos, anónimos bajo la tormenta.
—¿Lo ves muy negro, chaval? —preguntó Ávila.
Nira se giró. Tenía cara de agobio.
—Jefe, mi coche es un tracción trasera. No lo saco de ahí ni con dinamita. Y vivo en Parla.
—Te podría saltar con el chiste fácil, pero solo te diré que hoy no creo que duermas en Parla, Álvaro.
En la esquina opuesta, rodeado de una muralla de monitores, el inspector Luis tecleaba con furia. Le apodaban Listín, era el cerebro tecnológico de la unidad y el comisario Alamillos le había derivado desde Homicidios a Secuestros por unos días.
Ávila se apoyó en la mesa central y golpeó la superficie con los nudillos.
—Reunión. Ahora. Situación y recursos.
El equipo se cerró en torno a él. Nira abandonó la ventana y Listín giró su silla.
—Empieza tú, Luis —ordenó Ávila—. ¿Cómo están las comunicaciones?
Listín señaló los monitores con un bolígrafo mordisqueado.
—Mal. Y van a empeorar. La acumulación de nieve y hielo en las antenas de la zona norte y la sierra provoca caídas masivas. Las redes están saturadas. Todo dios está llamando a su madre, a su novia o al seguro del coche.
—¿Y si tenemos que buscar a alguien?
—La precisión se va a la mierda, inspector. Si pides una geolocalización de urgencia esta noche, te daré un radio de tres o cuatro kilómetros. Con suerte. Sin repetidores fiables, la triangulación es un juego de adivinanzas.
Ávila torció el gesto. Mal asunto para secuestros o desapariciones. Miró a Nira.
—¿Carreteras?
—La UME se está desplegando —informó el oficial, que había hecho los deberes—, pero llegan tarde.
La M-30 y la M-40 son trampas para ratones.
Hay miles de conductores atrapados. Si nos entra un aviso de la periferia, olvídate de los diez minutos de respuesta.
Los zetas tardarán una hora. O no llegarán.
Esther Montes intervino desde su sitio, sin dejar de revisar el informe de Vallecas.
—La centralita del 091 está colapsada. Tienen cientos de llamadas en espera: gente atrapada en la nieve, ramas caídas, alcantarillas atascadas...
El ruido tapa importante. Si alguien comete un delito grave ahora mismo, su llamada se pondrá a la cola detrás de un señor que no puede sacar el coche del garaje.
Ávila se terminó la Coca-Cola, colocó la lata entre las palmas de sus manos y la aplastó.
Miró las pantallas de televisión colgadas en la pared.
Las noticias mostraban un escenario bélico: autobuses cruzados, gente caminando por las autovías con mantas, la ciudad de Madrid hincando la rodilla ante la naturaleza.
—Bien —dijo Ávila, con la calma del que ya ha aceptado su destino—. Escuchadme. Nadie se va a casa. Ni a Parla, ni a Vallecas, ni a la esquina.
Nira soltó un suspiro resignado.
—¿Pedimos pizzas?
—¿Y cómo las van a traer, genio, en tractor o en tanque? —replicó Montes, incisiva.
Nira resopló y cogió uno de los sándwiches que la inspectora había subido de la máquina.
—Limpiad las mesas de papeleo atrasado. Quiero los teléfonos libres y los equipos cargados. Que la UIP esté preparada y, si es posible, un pequeño equipo de los GEO también, que esta mañana ya sabes…
—¿Esperas algo gordo, jefe? —preguntó Esther.
Ávila miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo, implacable, borrando el mundo exterior.
—La ciudad está aislada, medio ciega y medio sorda. Y la capa de nieve la convierte en el escenario perfecto para los lobos.
Esther se lo quedó mirando con la admiración que solo una fan profesa a su artista favorito.
El resto del equipo asintió.
La oficina quedó en un silencio tenso, solo roto por el sonido de los teclados y el zumbido de los ordenadores. Eran una isla de luz artificial rodeada por la oscuridad de una tormenta histórica que acababa de echar el cierre a Madrid.