Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Nervios
78%

Nervios

La noche había caído sobre La Moraleja no como un manto, sino como una mortaja.

Fuera, la tormenta había alcanzado un nivel crítico; las farolas de la urbanización se habían convertido en espectros de luz naranja ahogados en la blancura.

La nieve golpeaba los cristales blindados y convertía la vivienda en una cápsula fuera del tiempo y del espacio.

Marisa Cánovas recorría el salón de punta a punta. Sus tacones repiqueteaban sobre la tarima con un ritmo frenético, marcial. Tenía el móvil pegado a la oreja, la mandíbula tensa y la mirada perdida en el reflejo de la ventana.

Esperó. Silencio. Colgó con brusquedad. Volvió a marcar.

Marco Rivas permanecía sentado en el sofá de cuero, rígido como una estaca.

Tenía la televisión encendida, pero sin volumen.

Las imágenes del Canal 24 Horas hablaban por sí solas: la M-30 convertida en una ratonera blanca, coches cruzados en la M-40, gente abandonando sus vehículos para caminar por la autovía.

El caos absoluto. Marco miraba la pantalla, pero su atención estaba en los resoplidos de su mujer.

Marisa lanzó el teléfono sobre el sillón. El aparato rebotó sobre un cojín de terciopelo.

—No da señal —protestó—. Lleva fuera más de cuatro horas, Marco. Debería haber vuelto ya.

—Marisa, cálmate.

—¿Que me calme? —Marisa avanzó hacia él—. Mi hija está ahí fuera y tú estás ahí sentado viendo las noticias como si no pasara nada.

—Te recuerdo que yo le ofrecí el Range Rover y que tú tampoco hiciste nada para evitar que se fuera.

Marisa se mordió la lengua, con ganas de decir algo, pero con la verdad de la situación golpeándole en la cara.

Dio otra vuelta por el salón y se fijó en la televisión.

—Mira —dijo Marco—. Madrid ha colapsado. Las antenas de telefonía están fallando por el peso de la nieve. Lo han dicho hace un rato. Miles de personas están sin cobertura.

Marisa negó con la cabeza.

—Tengo un mal presentimiento.

Caminó con decisión hacia la mesita auxiliar donde reposaba el teléfono fijo inalámbrico. Lo descolgó con violencia.

—Voy a llamar al 112. O a la comisaría de Alcobendas.

Marco se levantó y se dirigió hacia ella.

—Marisa, no te van a contestar o, peor, te van a decir lo mismo que te estoy diciendo yo.

Ella le sostuvo la mirada, desafiante.

—Quiero saber dónde está mi hija.

—Los servicios de emergencia están desbordados.

Hay gente con hipotermia, accidentes múltiples, ambulancias que no llegan a los hospitales.

Si llamas ahora para decir que una chica de veintidós años no coge el teléfono desde hace tres horas, se van a reír de ti.

Te dirán que esperes. Que no es una prioridad.

—¿Y si se le ha estropeado el coche?

—Entonces podrá volver a casa andando. Ella misma dijo que no había más de seis kilómetros.

—¿Y si ha tenido un accidente?

Marco calló. En realidad las dos cosas eran posibles.

—Llama al gimnasio a ver qué te dicen.

Marisa buscó en su móvil el teléfono del gimnasio. Lo marcó desde el mismo teléfono, pero tampoco daba señal.

—Es un maldito número móvil.

—¿No tienen fijo?

Marisa rebuscó en Google, pero no encontró un número de teléfono fijo. Bufó y pateó el suelo. Se asomó por la ventana. Creyó ver una silueta acercarse, pero pasó de largo.

Tomó una decisión poco acertada: salir a la calle tal y como estaba. Sin protección de ningún tipo.

La bofetada que le pegó la ventisca estuvo a punto de dejarla sin ganas de avanzar.

Pero salió a la intemperie. Nevaba con fuerza.

Miró en derredor. Solo encontró viviendas iluminadas por dentro y chimeneas humeantes.

En aquella zona de Madrid se podían permitir el lujo de quemar pellets o leña en cantidades industriales.

Marco salió en su búsqueda.

—Marisa, entra dentro.

Ella no le hizo caso cuando él la abrazó. No se movió ni un centímetro.

—Tienes el todoterreno detrás, ¿no?

Marco no respondió. En días de lluvia solía dejarlo aparcado en la parte trasera. Por mucha tracción a las cuatro ruedas que tuviera, la rampa de salida del garaje podía resultar complicada. Si bien el Mini de Lorena lo había conseguido, él prefería no asumir riesgos.

—Vamos a abrigarnos antes —concedió.

Y los dos entraron en la casa para pertrecharse antes de iniciar la búsqueda con el Range Rover. Una búsqueda que se antojaba más que complicada.