Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Averiado
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Averiado

El Mini Cooper avanzaba por la carretera como una cápsula aislada del mundo.

La tormenta golpeaba la chapa con delicadeza impostada; dentro, la calefacción y la música creaban una falsa sensación de seguridad.

Lorena sujetaba el volante con una mano, confiada, mientras los limpiaparabrisas luchaban por despejar la nieve que se acumulaba en el cristal.

De repente, un chasquido que nunca suele ser un buen presagio cuando se conduce un coche.

Sonó seco, violento, un latigazo metálico proveniente del vano motor. Algo no iba bien ahí delante, bajo el capó. Lorena dio un respingo, pero el coche mantuvo la velocidad. En el cuadro de mandos, un testigo rojo con forma de batería se iluminó.

—Mierda... —murmuró.

Arrugó la frente. ¿La batería?, pensó. Sabía cambiar una rueda porque Marco le había enseñado.

Sabía mirar el agua y echarle anticongelante.

Y el aceite también. Y también sabía arrancar el coche si se había quedado sin batería con las pinzas.

Marco también le había enseñado a hacerlo.

Y por eso precisamente ignoró la advertencia y pisó el acelerador un poco más, porque creía que así podría recargarse.

No se había duchado en el gimnasio, y quería llegar a casa pronto para meterse en la bañera con sus sales, sus velas y su música.

Un minuto después, la realidad se impuso a sus deseos.

Los faros delanteros perdieron intensidad. Fluctuaron. La carretera, a pesar de la iluminación, se volvió más oscura, más estrecha. Las luces del salpicadero parpadearon y bajaron de tono hasta casi desaparecer. El motor tosió, dio dos tirones bruscos y perdió potencia.

Lorena se cabreó. Aquello no marchaba bien y quizá tenía que haberle hecho caso a su padrastro y coger el todoterreno.

Intentó corregir la trayectoria en una curva suave, pero el volante se había convertido en piedra.

La dirección asistida no funcionaba. Tuvo que usar las dos manos, tirando con fuerza de la rosca de cuero, peleando contra toneladas de inercia para mantener el coche en el asfalto.

La pantalla del navegador se fue a negro. El motor emitió un último suspiro y se calló. Sin ruido, sin explosiones. Simplemente, dejó de existir.

El coche avanzó en silencio, empujado solo por el impulso residual. Lorena logró guiarlo hasta el arcén nevado, donde las ruedas se clavaron en el barro helado y el vehículo se detuvo por completo.

Oscuridad. Silencio.

Lorena pulsó el botón de arranque.

Sin éxito.

El sonido agónico del motor de arranque sin amperios. La batería estaba seca.

Sacó el móvil del bolso y marcó el número de Marco.

No dio señal. Se fijó en las rayas de cobertura y apenas estaba iluminada la más pequeña.

La jaula de metal del coche y la tormenta parecían ser las responsables de aquello.

Estaba sola, a oscuras, en una carretera por la que apenas pasaba nadie.

El frío, hasta entonces mantenido a raya, empezó a filtrarse por las rejillas de ventilación.

Entonces, una luz inundó el retrovisor.

Unos faros se acercaron desde atrás. No pasaron de largo. El vehículo, un monovolumen gris, frenó y se detuvo a pocos metros de su parachoques trasero.

Lorena vio dos siluetas bajar del coche. El corazón le golpeó las costillas. No sabía si sentir alivio o terror. Un hombre se acercó a su ventanilla. Lorena intentó bajar el cristal, pero el botón no respondió. Tampoco el cierre centralizado. Estaba encerrada en una caja muerta.

El hombre golpeó el cristal con los nudillos.

—¿Hola?

Lorena tiró de la manilla interior. El mecanismo manual liberó el pestillo y la puerta se abrió con un gemido. El viento helado entró de golpe, acompañado por el desconocido.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó el hombre del plumas azul, que se subió el cuello del abrigo para protegerse de la nieve—. He visto cómo se te iban apagando las luces desde atrás y cómo casi te sales.

—Se encendió una luz roja de batería y luego todo se ha apagado. Ni maniobrar con el volante me ha dejado.

Julio asintió, profesional. Se inclinó ligeramente, fingiendo inspeccionar el interior del coche sin invadir su espacio.

—Tiene pinta de alternador. El coche habrá tirado de batería hasta que la ha secado y se ha parado.

—¿Y me puedo conectar a tu batería? Tengo pinzas en el maletero.

—No creo. Esa batería sin el alternador no va a revivir, está frita. Pero lo podemos intentar por si acaso.

Una chica con un abrigo de lana blanco que parecía el pelaje de una oveja apareció detrás de él. Llevaba, también, un gorro de lana y una bufanda gruesa que le tapaba media cara, dejando ver solo unos ojos preocupados y una sonrisa inofensiva.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, con voz suave.

—Se le ha jodido el alternador o algo eléctrico —respondió Julio—. Vamos a darle un chute con nuestra batería.

Lorena los miró a los dos y, por un momento, dudó. Miró su móvil inútil y luego la carretera desierta. El frío ya le calaba los pantalones de deporte.

—Quizá será mejor que llame al seguro para pedir una grúa.

—Sí, llama por si acaso no funciona lo de las pinzas —añadió Julio—. Y como van a tardar bastante con este temporal, tiempo que te ahorras.

—¿Tenéis cobertura?

Tania negó con la cabeza.

—Llevo un rato escuchando la radio, el Spoti no me tira.

Lorena resopló.

Miró el Mini, inerte y oscuro, y luego el monovolumen gris que exhalaba humo blanco por el tubo de escape. Una promesa de poder escapar de allí.

—Vamos a probar lo de las pinzas —dijo al fin.

Se desabrochó el cinturón. Ese que salva vidas. Sin saber que ese hecho podría estar condenando la suya.