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Fría, como un vendaval de nieve

Libro 5

Negociador

La lluvia había comenzado a convertirse en aguanieve.

El cielo sobre Aranjuez no amenazaba lluvia; amenazaba ruina.

Era una losa de hormigón gris suspendida sobre los tejados de uralita y ladrillo visto.

El frío se sentía más allá de la piel, más allá de los huesos; llegaba como un mordisco húmedo hasta los órganos y hacía estremecerse hasta el más norteño de los norteños.

El inspector Ávila detuvo el coche camuflado detrás del cordón de seguridad.

Las luces azules de los patrullas rebotaban contra las fachadas, tiñendo el ambiente de esa luz molesta de feria barata que trae a la memoria una suerte de tragedia reciente.

Al bajar, se subió el cuello del abrigo como si sirviese para algo.

Su segunda al mando, la inspectora Esther Montes, le salió al paso. Tenía esa expresión tensa de quien lleva media hora aguantando la respiración.

—Dame situación —solicitó Ávila.

—Segundo izquierda. Se llama Antonio. Tiene una superpuesta del doce y a dos críos, de seis y ocho años. Le ha llegado la notificación del juzgado esta mañana. Pérdida de custodia. Dice que si entran, se lleva todo por delante.

—¿Y los GOES?

—En Gredos, ya sabes, el alud de ayer.

—¿GEO? —preguntó de nuevo Ávila rascándose la cabeza.

—Apoyándolos. El otro grupo está de camino, llegaron esta misma mañana de un operativo en Cádiz. No han podido salir antes y es que la A-4 es un infierno. Con este tiempo y el tráfico, ni con las sirenas están consiguiendo avanzar. Me han dicho que mínimo cuarenta minutos.

—Tenían que haber venido por secundarias como yo, no me jodas. Bonita forma de volver de vacaciones…

—Tú estás más cerca, jefe, no lo pagues con ellos.

Ávila levantó la vista. En el balcón del segundo piso, una figura se recortaba contra la oscuridad del interior.

El hombre gritaba algo ininteligible y agitaba el cañón de la escopeta como si fuera un bastón de mando.

Abajo, parapetados tras los coches patrulla, media docena de agentes de la UIP uniformados apuntaban sus armas de servicio hacia la ventana.

—Diles que bajen eso —ordenó Ávila.

—Jefe, tiene un arma larga...

—He dicho que bajen las armas. Si ve seis cañones apuntándolo, lo único que va a hacer es ponerse más nervioso. Y si se le escapa un tiro a alguien, la cagamos. ¡Hierros abajo, coño! —gritó a los agentes de la Unidad de Intervención Policial.

Los policías obedecieron entre protestas y cambiaron las armas a posición de guardia baja. Esther se acercó a uno de ellos, el jefe, y le susurró unas palabras al oído. Tres de los policías se retiraron a posiciones más atrasadas que les permitieran apuntar al objetivo sin ser detectados por este.

El silencio que siguió fue espeso. Ávila cruzó la cinta blanca y azul.

—Jefe, el protocolo… —protestó Esther.

Ávila giró la cabeza y le sonrió. Ella sabía qué tipo de sonrisa era esa, y no había forma de hacerlo cambiar de opinión.

Caminó despacio hacia el centro de la calzada, justo debajo del balcón. Iba con las manos abiertas, separadas del cuerpo, mostrando las palmas vacías. Un blanco perfecto.

—¡Antonio! —su voz sonó ronca, pero firme. No usó megáfono. Quería que el hombre tuviera que callarse para oírle—. ¡Me llamo Ceci! Soy poli, sí, pero no soy el juez, ni el abogado de tu mujer. ¡Soy solo Ceci!

El hombre se asomó. Tenía la cara congestionada y los ojos desorbitados. Apuntó con la escopeta al pecho de Ávila.

—¡Que te den por el culo! ¡No vais a subir! ¡Son mis hijos!

El tipo levantó la escopeta y disparó al aire una vez. Los compañeros de la UIP volvieron a apuntar. Ávila los miró y les volvió a insistir en que guardasen las cacharras.

—Nadie va a subir, Antonio. Mírame. Estoy aquí solo. Mis compañeros han bajado las armas. Pero si sigues pegando tiros la cosa se va a complicar. Nadie quiere hacerte daño.

Ávila se quedó quieto. Sentía cómo el sudor de su nuca, abrigada por una braga de pelo de borrego, le bajaba por la espalda a pesar de la temperatura bajo cero.

—Me lo han quitado todo... —gritó el hombre, con la voz quebrada por el llanto y la rabia—. ¡La casa, el sueldo, y ahora los chicos! ¡No es justo!

—No, no es justo —concedió Ávila. Dio un paso lento hacia delante—.

Es una putada, Antonio. El sistema es una mierda.

Te exprimen y luego te tiran a la basura.

Tienes razón en estar cabreado. Yo también tengo hijos, dos chicos.

Estoy separado, los veo muy poco, apenas les puedo preguntar por sus cosas.

Ya sé que no es lo mismo, pero con el tiempo volverás a verlos. Si sigues adelante…

El hombre vaciló. Le extrañó la respuesta del policía. Bajó el cañón unos centímetros.

—Tú no sabes nada...

Y se metió para dentro. Ávila se acercó un poco más a la ventana. Paseó de un lado a otro, intercambiando miradas entre el suelo y la ventana. Esther se mordía las uñas y acariciaba el cañón de su USP-Compact. Como con ganas de desenfundar.

Pasados unos minutos, Ávila volvió a parlamentar.

—Sé que estás ahí arriba pasando el peor día de tu vida.

Y te repito que sé que quieres a tus hijos.

Si no los quisieras, no estarías haciendo esta locura.

Pero escúchame bien: si aprietas ese gatillo, o si obligas a mis compañeros a subir, los que van a perder son ellos.

No tú, ni tu ex, ni el juez. Ellos. ¿Quieres que lo último que vean sea a su padre manchando el suelo de sangre?

O peor, ¿los quieres a ellos en el suelo si todo se va de madre?

Fue entonces cuando el cielo decidió romperse. Empezaron a caer los primeros copos. El aguanieve había dado paso a copos grandes, pesados, que caían con una lentitud exasperante. Uno aterrizó en la pestaña de Ávila. Otro en su hombro. En cuestión de segundos, la calle se llenó de puntos blancos.

El frío se intensificó. Antonio se asomó de nuevo a la ventana; tiritaba. Llevaba solo una camiseta de interior. El cansancio físico empezaba a hacer mella; los hombros se le hundieron. La adrenalina se le estaba agotando, dejando paso a la realidad.

—Tengo frío... —dijo el hombre, con un hilo de voz que apenas llegó a la calle.

—Lo sé. Y los chicos también tendrán frío y miedo. Vamos a acabar con esto, Antonio. Que tus hijos estén orgullosos de ti. Sal con dignidad.

—Yo ya no tengo dignidad.

Ávila percibió las luces de una lechera acercándose. Eran los GEO. El momento había llegado.

—Escúchame. Deja salir a los críos. Que bajen y se monten en el coche caliente de los compañeros de servicios sociales.

Y luego bajas tú. Te prometo una cosa: nadie te va a esposar delante de los vecinos.

Bajarás andando y te irás de aquí en coche, como un hombre, no como un detenido. Te doy mi palabra.

Antonio miró hacia dentro de la casa. Luego miró a Ávila. Y finalmente, miró la escopeta que tenía en las manos como si fuera un objeto extraño que acabara de aparecer allí. La apoyó contra la barandilla, con el cañón hacia el cielo.

—Que suban a por ellos —dijo, derrotado.

—Nadie sube —corrigió Ávila—. Que bajen ellos. No queremos asustarlos más.

Minutos después, el portal se abrió. Los dos niños salieron despacio, mirando hacia atrás y hacia arriba.

Su padre pareció gimotear aunque a ellos no les dio tiempo a verlo.

Llevaban los abrigos mal abrochados y Ávila se acercó a abotonárselos bien; después los acompañó hasta detrás de la cinta donde una trabajadora social los condujo hasta un furgón policial.

—Antonio —gritó de nuevo Ávila—. Ahora deja el arma en el suelo y baja tú. Voy a subir yo por las escaleras y nos encontramos a mitad de camino.

El hombre no dijo nada y volvió a desaparecer tras la ventana.

El inspector inició el camino hasta dentro del portal. Cuando iba a subir por la escalera, Antonio apareció. Llevaba solo la camiseta de tirantes y un pantalón de chándal. El inspector se quitó la parka reglamentaria y se la ofreció.

El hombre la cogió y se la puso.

Se miraron a los ojos. Ninguno dijo nada.

Salieron juntos a la calle. Antonio caminaba despacio, arrastrando los pies. Tenía las manos vacías y caídas a los costados.

Esther se acercó a ellos. Detrás, un agente de la UIP se acercó con las esposas, pero Ávila le puso una mano en el pecho para frenarlo.

—Espera.

Ávila se acercó a Antonio. El hombre temblaba incontrolablemente.

—Lo has hecho bien, Antonio. Al final, lo has hecho bien.

El hombre asintió, con la mirada perdida en el suelo que había comenzado a cubrirse de blanco. Esther y él lo acompañaron al coche patrulla y cerraron la puerta. Sin violencia. Sin espectáculo.

La calle quedó en silencio, solo roto por el sonido de los motores y el susurro de la nieve que caía cada vez con más fuerza. Ávila se quedó allí plantado, viendo cómo se llevaban al detenido. Se sacudió la nieve acumulada en el escaso jersey que le quedaba con gesto cansado.

—Bien jugado.

—No es un juego, inspectora —dijo Ávila, mirando al cielo—. Estoy seguro de que ese desgraciado no le ha hecho daño a nadie más que a su hígado.

—Sí y la escopeta la tenía para rascarse la espalda, ¿no?

—Joder, Montes, has empezado tú bien el año.

Cruzaron miradas. Quizá tuvieran parte de razón los dos. Casi siempre era lo que ocurría entre ellos. Asintieron y se dirigieron al camuflado de Ávila.

La nevada arreciaba. Los copos sueltos se habían convertido en una cortina blanca y tupida que empezaba a cubrir la miseria del barrio. Las sirenas, que antes aullaban, ahora sonaban lejanas, amortiguadas por el manto blanco.

Los dos inspectores se marcharon de allí creyendo que habían cumplido por ese día.

No sabían lo que se les avecinaba.