Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Orgullo de pertenencia
77%

Orgullo de pertenencia

Una mujer cercana a los cuarenta años y un hombre al borde de los sesenta se colaron en la finca del patrón.

El aire de la madrugada olía a humedad y a tierra recién removida, y cada crujido de las hojas bajo sus botas parecía un grito en mitad del silencio.

Buscaron donde tenían que buscar y encontraron lo que tenían que encontrar.

Ese mismo hombre y esa misma mujer también se colaron en el piso de un sargento de la guardia civil destinado en el consulado de España en Medellín. La decoración del lugar era funcional y anodina, un espacio que parecía más un almacén de rutinas que un hogar.

Cuando volvió a casa después de una corta jornada de trabajo, ese sargento se sorprendió al no ver a su mujer y a su hijo allí, y se sorprendió más cuando encontró los armarios semivacíos y una nota de despedida pegada con un imán en la nevera.

Ese mismo sargento se sorprendió muchísimo más cuando le pegaron el primer estacazo en la nuca. De los siguientes ya no se sorprendió tanto porque se quedó medio grogui. A ese sargento lo desnudaron y lo molieron a palos.

¿Por qué?

En las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, de cualquier estado del mundo, hay unos códigos, una jerarquía, unas normas.

Y todos los que pertenecen a esos cuerpos deben acatarlas, respetarlas y usarlas siempre buscando proteger al prójimo.

Y sienten un orgullo que solo ellos pueden sentir por pertenecer a esos cuerpos.

Y este orgullo de pertenencia también es extensible a cualquier organización, militar o no, en la que haya una jerarquía, unas normas, unos códigos.

Incluso esos pobres desgraciados que acabaron comidos por las alimañas del Amazonas sentían ese orgullo.

Lo demostraron cuando le dieron lo suyo a Guarapo al abusar de Luz Marina.

Y Adrián quiso aplicar su propia justicia cuando sumó dos más dos y descubrió que ese sargento se había saltado esas normas, esos códigos, y usado el poder que le otorga la placa y la pistola para su propio beneficio.

Estas palabras —o una versión aproximada —fueron las que transmitió a Laura antes de largarse en el avión que los llevaría a Bogotá primero, y a España después.

Le comunicó que si quería vengarse del verdadero culpable de la muerte de su novia no podía fijar sus ojos solo en Ramón Restrepo.

Si no también en ese sargento de la Guardia Civil que había dejado de sentir ese orgullo de pertenencia y se había pasado al bando de los corruptos o de los que se dejan corromper.

Porque no había otra forma humana de que Ramón Restrepo reclutase a Uribe y a Boliche que a través del chivatazo de Benito Martín.

O quizá no los había reclutado, sino que ya formaban parte de su nómina de sicarios, y Martín simplemente puso a Adrián en contacto con ellos a sabiendas de lo que ocurría.

Y por ello esa mujer y ese hombre le dieron la paliza, lo desnudaron, lo ataron, lo amordazaron, y dejaron por la casa todas las evidencias que encontraron en la finca de Ramón Restrepo que los inculpaban ambos en temas de corrupción, narcotráfico y hasta, obvio, secuestros.

Y esa mujer y ese hombre llamaron a la policía colombiana desde la casa del propio sargento con el aviso de un simple altercado. Aunque también se encargaron de mandar por correo copias de todas las pruebas a la Guardia Civil en España.

El sargento se meó encima cuando se despertó, más o menos, de la paliza que le habían dado. El hombre y la mujer, enfundados en un pasamontañas, lo miraron, de cuclillas y antes de largarse, la mujer le pasó un cuchillo de cazador por el cuello.

Por el lado que no cortaba.

Porque esa mujer no quería perderlo todo. Su orgullo no venía de un uniforme, una placa o un fusil. Venía de ser madre. Una madre que había salvado a su hija de la muerte tres veces. Y esa noche, se prometió que no habría una cuarta.

El tiempo le daría o le quitaría la razón.