Casablanca
La despedida fue dolorosa. Mucho.
Un nudo de esos que no se deshacen con lágrimas, aunque todos intentaron llorar para aflojarlo.
Luz Marina no entendía nada, y se sentía igual de abatida que su madre. Dionisio hizo el amago de protestar, no sirvió de mucho. El viejo se tuvo que conformar con una indicación de Adrián para que ayudase a Laura.
No hizo falta poner ninguna pistola en la boca de Ramón Restrepo, Dionisio, con esa amabilidad falsa que solo los profesionales saben fingir, lo convenció de que era mejor así.
El patrón obedeció, haciendo la llamada al piloto para que ajustara el plan de vuelo, y al chófer del bus para que los recogiera.
Por supuesto no contó nada de lo sucedido y todos actuaron con normalidad.
Aunque Silvia se llevó de regalo la cacharra de Jorge, por si acaso.
Ya la soltaría en el avión privado del patrón.
Pidieron al conductor que pasara por el hotel y Silvia recogió las pertenencias suyas y de su compañero. Luz Marina usaría el pasaporte falso que Ramón les tenía preparados en aquella maldita nave. Ya habría tiempo de arreglar los papeles y dar las explicaciones pertinentes cuando llegasen a España.
Luz Marina preguntó por Álex, y su madre le dijo que no podía llevárselo, lo que sumió a la niña, todavía más, en un llanto sin consuelo.
—Mamá, cuídalo mucho.
—Lo volverás a ver, te lo prometo.
Se despidieron como si aquello fuera el final de Casablanca: primero con un abrazo entre madre e hija que parecían estar pegadas con pegamento del fuerte; las tuvieron que separar con la dificultad de encontrar el punto medio entre el mimo y la energía; del lado de Laura tiró Dioni,
del lado de Luzma lo hizo Silvia, con Adrián presente.
Se quisieron decir tantas palabras que no se dijeron nada por los nervios y por los hipidos.
Tan solo se alcanzaron a expresar un «te quiero» al unísono, al mismo tiempo que sus dedos índices se tocaban por última vez.
Después y ya en el avión, la niña no dejó de mirar por la ventanilla hasta que el aparato se puso en movimiento para acercarse a la pista de despegue.
Silvia no supo cómo reaccionar cuando tomó su lugar en el jet.
Estaba sola porque Adrián había elegido sentarse junto a Luz Marina.
Solo los separaba el estrecho pasillo, aunque para ella era como si los separara el Atlántico.
Sin embargo, Adrián se volvió, la sonrió y le ofreció la mano.
Y eso bastó para apaciguar su incertidumbre.
Al otro lado del océano les esperaba una vida diferente.
Adrián apretó la mano de su hija y ella le correspondió, se miraron y aunque la niña lloraba, el padre pudo ver en el fondo de sus ojos que, de alguna forma, sentía algo de alivio.
Ella tenía claro que volvería a ver a su madre. Él no tanto.
Despegaron y Laura se abrazó a Dioni. Habían dejado a los esbirros de Ramón, y a él mismo, bien amordazados y atados en la nave junto al cadáver de Luzma y la Smith la había amado tanto.
No se podía creer que horas antes su pareja, su novia, su amor estuviera protestando como de costumbre por una caminata, y que en ese momento ya no fuera a caminar más.
Le había dado un beso en la frente y mirado a Ramón Restrepo, que estaba en un estado de semiinconsciencia.
—¿Segura de que vamos a deja a Ramón y a los suyos allí atados? —preguntó Dionisio al mismo tiempo que acariciaba la cacharra.
—Sí, ya los recogerá la policía.
—¿Y eso?
Laura se giró hacia su amigo.
—Tengo que hacer un último trabajo antes de largarnos de aquí. Ya te ha pedido Adrián que me ayudes. Pero te aviso que podemos buscarnos una gran ruina. Puedes escaquearte si quieres.
Dioni se encogió de hombros y la miró preguntando que si se creía que tenía algo más importante que hacer.