Macabra operación
Ramón Restrepo, cirujano de prestigio en Medellín y capo de una organización criminal que movía droga hacia el Cono Sur, se quedó sin aliento. En el suelo, su hija Luzma yacía inmóvil, abatida por su propia mano.
No le quedaron fuerzas para alzar de nuevo la Smith & Wesson y cargarse a toda esa panda de malparidos que vinieron a joderle la vida.
Aunque, en realidad, la vida se la jodió él mismo.
Se la jodió en el momento en el que decidió filtrar a los pocos miembros de la casi extinta guerrilla que quedaban en Medellín que Luz Marina podría ser un blanco fácil para secuestrar y cobrar buena plata, su propia plata que luego recuperaría, claro.
¿El objetivo de esta macabra operación?
Darle una escarmiento a la novia de su hija.
Esa insolente que llegó desde el otro lado del charco con buenos modales y humildad, y que poco a poco se fue haciendo con el control del apartamento que él compró a Luzma en una de las zonas más cool de toda la ciudad.
Que la tenía sometida a su voluntad, y que, encima, venía con dos cargas más.
Un viejo, que si bien era buen trabajador, también era demasiado resabiao, y una hija, que si bien era educada, estaba en la edad que no se soportaba ni a sí misma.
Ramón Restrepo, acostumbrado a dominar su mundo con un bisturí o un arma, se encontró prisionero de las visitas constantes a su finca y de las demandas interminables de su hija por más plata.
Y decidió que todo aquello debía terminar con un escarmiento para que esos tres se largasen del país.
Porque ya se encargaría él de meterles esa semilla en la cabeza.
Con engaños sobre otro posible secuestro, con alguna falsa promesa de trabajo en Venezuela, o en Perú que él les podría conseguir. Incluso en los Estados Unidos.
El secuestro de Luz Marina se había complicado cuando aquel guerrillero bastardo decidió tocarla.
El comandante transmitió lo sucedido, y él, que tenía esas comunicaciones intervenidas, lo escuchó.
El plan inicial era, simplemente, robarles el dinero del rescate, pero el abuso de Guarapo cambió su decisión.
Porque él era un tipo que hacía lo que había que hacer, y si bien el secuestro lo consideraba necesario, que uno de los guerrilleros manoseara o algo peor a la chica, no podía tolerarlo.
Eso fue lo que le contó a su propia hija, al cuerpo de Luzma, ya sin aliento en los pulmones, mientras los demás escuchaban con las bocas y los ojos bien abiertos.
Luz Marina se abrazó a su madre, cuyas glándulas lagrimales se secaron o estuvieron a punto de secarse aquella noche como un lago de la sabana en época de sequía. Y allí había fieras peores.
La escena parecía una instantánea surrealista: el aire denso, impregnado del olor a sangre y a sudor, la penumbra iluminada por una luz parpadeante, y el eco de los gemidos que todavía resonaba entre las paredes
Pasados los momentos de angustia inicial, Silvia, compañera leal, eficiente y pragmática, ató a Uribe y a Jorge, el guardaespaldas del patrón con unas bridas que llevaba el propio mercenario.
También los amordazó con unos paños sucios que encontró en la nave.
Cuando terminó su tarea, se acercó a susurrar algo a Adrián, que abrió mucho los ojos y avisó a Laura para que hablara con él.
Consiguió apartarla del cuerpo de Luzma y dejó a Silvia custodiándolo con el arma apuntando a Restrepo.
Caminaron hasta un rincón apartado, Adrián con sensible cojera. Allí soltó su particular venganza.
—Nos vamos a España —dijo Adrián.
Laura se quedó en silencio, sin saber qué decir.
—Pero… no puedo dejar esto así…
—No, por eso tú te quedas. Nos vamos la niña, Silvia y yo. Le vas a meter el hierro al desgraciado ese en la boca y le vas a exigir que dé las indicaciones que hagan falta para que su avión nos lleve a Bogotá y cojamos el vuelo que ha dicho.
Laura podría haber montado en cólera, podría haber dicho que antes muerta, que no se iba a separar de su hija.
Sin embargo, no dijo nada de eso. Se limitó a mirar al cuerpo sin vida de su pareja primero, al de Luz Marina abrazada a Dionisio, después, y a asentir, con la mirada en el suelo, para terminar.
—Sé que querrás cuidar de ella todo el tiempo, pero no puedes estar veinticuatro horas encima de una adolescente rebelde como es nuestra hija.
—Claro que lo sé, por eso cuento con Silvia.
Laura sintió rabia, rabia que se disipó cuando Adrián no le rehuyó la mirada. Estaba abatida, incapaz de pensar, era un muñeco de guiñol que se dejaba manejar por cualquiera. Y eso fue lo que más le apenó, más, casi, que la muerte de Luzma.
—Llévale un día a ver a mi madre.
—Cuenta con ello.
Laura hizo el amago de irse, pero Adrián le sujetó del brazo.
—Antes de despedirte, quiero que escuches una cosa.
Y Adrián le contó algo que en ese momento ella no entendió muy bien.