El disparo
Silvia se abalanzó sobre Jorge, que no se esperaba la agresión. Un puñetazo directo a la nuez lo dejó sin resuello. Una posterior patada en la rodilla lo derribó y la siguiente patada en la boca lo noqueó.
Uribe levantó el arma en dirección a Laura, que actuó con rapidez: colocó sus manos sobre el hierro y empujó con todas sus fuerzas hacia arriba.
Uribe disparó por inercia, y como consecuencia, se llevó un patadón en los genitales que lo dobló; después, con una maniobra rápida, Laura giró el arma hacia un lado y tiró de ella con fuerza.
El mercenario, que seguía con el dedo en el gatillo aulló de dolor cuando sintió la fractura en las falanges del índice.
Adrián sacó fuerzas de donde no sabía que existían para levantarse y agarrar al mercenario por el cuello con la famosa llave del mataleón.
Lo dejó sin conocimiento en veinte segundos.
En el momento el que Uribe caía al suelo como un saco de patatas, dos disparos retumbaron en la nave.
—Se me están todos quieticos —dijo Ramón Restrepo, que tenía agarrada por el pelo a Luz Marina y la apuntaba con una Smith & Wesson.
La niña gemía y se llevaba la mano a la cabeza donde sentía la presión de las garras del patrón.
—Papá, ¿te has vuelto loco?
—No, mija. Tú eres la que me hace perder la cabeza. Tú no sabes la de burlas que soporto. Ni la de negocios que pierdo porque mi hija es una arepera. Así que esto acaba acá y ahora.
—Don Ramón —inició Dionisio—. Usted no es un asesino.
—Usted no tiene ni idea de quién soy, viejo —dijo apuntándolo con el arma.
—Papá, me rompe el corazón. ¿Qué te pasó? ¿Qué quieres?
—Quiero que toda esta chusma abandone mi tierra. Tú la primera —dijo señalando a Laura—. Y lo hacen ahora mismo o…
Apuntó a la cabeza de Luz Marina que clavó sus ojos en los de su madre. Laura levantó el arma que acababa de arrebatar a Uribe y apuntó hacia su propia hija, que actuaba de parapeto. En su costado, Silvia también lo apuntaba con el arma sustraida al guardaespaldas.
—Ramón, no hay forma de que salga de aquí con vida si le pasa algo a Luz Marina. Así que hágase un favor a usted mismo y deje el arma. Usted gana, nosotros nos vamos. Y quédese con el dinero, pero déjeme llevarme a Luz Marina.
—Mira, pendeja, hazte una pregunta: ¿quién pierde más? Yo si me matas, o usted si la niña no sobrevive —El patrón apretó el cañón de la Smith sobre el parietal de Luz Marina—. Dile a esa hijueputa que tire el arma.
Laura pidió a Silvia que obedeciera y ella hizo caso depositando la pistola en el suelo. La risa cínica que Ramón esgrimió fue lo que motivó a Laura para hacer algo que ninguno de los que estaban allí se esperaba. Apuntar a la cabeza de Luzma.
—¿Quién pierde más? ¿Yo o usted si le matan acá a su hija la arepera?
Luzma se giró hacia Laura con una expresión en los ojos que nunca volvería a esgrimir.
Una pena pintada en sus párpados como un mimo y una decepción en la boca.
Aunque, en el fondo, ella quiso pensar que era un farol, que jamás se le ocurriría dispararla.
Laura no la miró, no podría soportar su juicio, su tristeza, su desolación al comprobar que ponía por delante la vida de su hija a la suya.
Y a pesar de que podía tolerar eso, no toleró que le apuntase con un arma, por mucho farol que se estuviera marcando.
Y por eso hizo la mayor tontería que pudo hacer.
Acercarse hasta la persona que le apuntaba.
Y Ramón, tan frío para unas cosas, no pudo contener la rabia y la ira en ese momento.
—¡Baja la maldita pistola o te juro que aprieto el gatillo!
Pero Ramón Restrepo no contaba con que Luz Marina hubiera aprendido algo de su madre y le propinase una coz en la tibia al mismo tiempo que se echaba al suelo.
Y casi al mismo tiempo en el que su padre se tiró encima de ella para protegerla.
Y casi al mismo tiempo en el que Laura disparó contra él.
Mejor dicho, intentó disparar porque aquella cacharra no disparó una mierda porque se encasquilló, y fue entonces cuando el resto de los actores no pudo evitar que Ramón Restrepo disparase contra Laura María García.
La que sí evitó que la bala impactase en su cuerpo fue la persona que la amaba. A la que segundos antes había amenazado y la que se derrumbó en sus brazos con un charco de sangre en el costado.
—¡Por Dios!, Luzma, ¿qué has hecho?
Dionisio, ahora sí, tuvo tiempo de ir a por Ramón, aunque este ya no hizo amago de usar su pistola y la dejó caer al suelo. Silvia la recogió y el patrón se dejó sujetar por el viejo y por Adrián que se levantó para inmovilizarlo. Solo balbuceaba algo parecido a “mi hija, mi hija”.