Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Avance rápido
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Avance rápido

Aterrizaron en el Olaya Errera de Medellín dos horas después.

El vuelo, contra cualquier pronóstico, fue relajado.

Hubo incluso algunas cabezadas; el cansancio y, sobre todo, la imposibilidad de hacer nada, los sumió en un letargo del que era imposible despertar.

Laura no pegó ojo. Adrián se mantuvo en un duermevela en el que imaginó cómo estrangulaba con sus propias manos a Uribe, que se paseó por el pasillo del avión sin descanso.

Se bajaron del jet en mitad de una madrugada llena de humedad y temperatura primaveral. Un minibús les esperaba a pie de pista.

—Luz Marina, venga usted acá —pidió Ramón.

Su hija se giró, pero no era ella a quien buscaba. Y eso le provocó una pequeña náusea. La niña obedeció, porque, al fin y al cabo, aquel señor siempre le había tratado bien. El patrón le puso una mano en el hombro a la niña, que no rechazó.

Uribe fue el primero en salir, y después lo hicieron el resto.

Adrián bajó asistido por Jorge, el hombre de confianza de Restrepo, que bajó en último lugar junto a Luz Marina.

Uribe y otro guardaespaldas, que conducía el autobús y que portaba un arma en la mano, no les dieron opción a montar ningún escándalo.

Aunque lo que no les dio opción fue que la adolescente iba custodiada por el patrón.

Su madre nunca creyó que pudiera hacerle daño a la niña, aunque ya no se fiaba de nadie ni de nada.

Una vez dentro del minibús, iniciaron un corto camino que ninguno de ellos conocía y que les condujo a una nave en mitad de un polígono industrial desierto. El conductor se largó y se quedaron en medio de un silencio que dolía.

Ramón no apartaba la mano del hombro de Luz Marina. Uribe lucía una pistola que habría recibido del conductor del autobús, y Jorge también iba armado. Accedieron a la nave que olía a aceite de motor y a polvo.

—Papá —inició Luzma—. ¿Vas por fin a contarnos qué es todo esto?

El patrón carraspeó, miró al suelo. Iba con un pantalón chino de color pastel, camisa blanca y una chaqueta azul celeste sin corbata. Sencillo a la vez que elegante. Se mesó el bigote y comenzó a hablar.

—Hay dos posibles soluciones a este pequeño problema que tenemos acá.

—¿Pero qué problema? Si hemos rescatado a mi hija y estos tipos se han cargado a los que…

—Laura, te pido por una vez que cierres esa boquita tuya, que durante estos años que has comido de mi mano, no lo has hecho. Hoy sí, hoy te pido el respeto que nunca me has guardado.

Y para que quedara claro que debía callarse, Uribe le quitó el seguro a la cacharra y se puso delante de ella. Sin apuntarle, eso sí.

—Papá, ¿has perdido la cabeza? —Luzma se enfrentó a su padre, le agarró de la chaqueta, intentó zarandearle. Él se limitó a agarrarla con fuerza de las muñecas y a susurrarle algo al oído. Estas palabras dejaron a la mujer con la boca abierta y sin decir nada más.

—Como os iba diciendo, hay dos formas de solucionar esto: la primera, y la que todos queremos, es la siguiente: el avión en el que hemos venido, os lleva a Bogotá y desde allí tomáis un vuelo para Madrid que sale en cuatro horas más o menos.

Todos los que estáis aquí menos, claro está, mi hija y menos Luz Marina.

—¿Cómo dice? —preguntó Laura.

—Tranquila, solo será temporal —aclaró el patrón—.

Cuando me asegure de que llegáis a España, yo mismo la acompañaré al aeropuerto y la mandaré con ustedes —Laura iba a protestar, pero Ramón levantó la mano y la mandó callar.

No había terminado su diatriba—. Antes de que digas nada, esto lo hago para asegurarme de que os vais y de que mi hija se queda.

Es como una especie de rehén, algo que ya no es nuevo, ¿verdad, hija?

El tipo miró a Luz Marina, y la niña, que hasta ese momento no había mostrado desagrado con el hombre, cambió su percepción y le notó su aliento a café y a tabaco, lo que le provocó una asco insoportable.

—¿Y la segunda forma? —Dionisio fue el que se atrevió a hablar.

—Dioni, usted justamente no debe preguntar. Porque esa segunda forma no le va a gustar ni un poquitico.

Luzma seguía con la boca abierta y el rostro desencajado.

Adrián, sentado en el suelo, callaba, expectante y calculando todas las posibilidades.

Uribe estaba armado y Jorge también. Los dos estaban distanciados y en su estado no era viable atacarlos y salir indemnes.

Siguió cavilando mientras los demás charlaban.

—Ramón, si quiere que nos vayamos, nos vamos, pero no hay forma de que lo hagamos sin mi hija —sentenció Laura.

—Sí, sí que la hay. Porque la segunda manera por la que ha preguntado el viejo es la que no va a ser de su agrado.

—Hay otro problema —replicó Laura.

—¿Qué pasa?

—Hay parte del dinero en la mochila que lleva Uribe que es nuestro. Lo necesitamos para sobrevivir.

—Ay no, mija. El dinero que hay en esa mochila es todo mío.

A ver si se cree usted que los pasajes de avión se pagan solos, o los pasaportes falsos o el coche que vendí, o los últimos treinta mil que sabía que me iban a pedir son gratis.

Ya en España le piden ayuda al gobierno o a la iglesia, allá ustedes.

—¿Y cómo sabías que te los ibamos a pedir, papá? ¿Cómo es que tenías tanta plata allá en la casa si siempre dices que no tienes nada?

Luzma clavó las palabras que eran necesarias. Porque todo parecía muy obvio, pero la confusión del momento no le había dejado pensar. Don Ramón Restrepo no hizo caso a su hija y siguió con su plática.

—¿Me van a poner pegas por unos miserables dólares? ¿Van a arriesgar sus vidas por un poco de plata?

Luzma se abalanzó otra vez sobre su padre y le pegó un bofetón.

—¿Me vas a decir cómo sabías que te íbamos a pedir más plata?

El patrón giró a cámara lenta el cuello y miró con ira a su hija.

—Desagradecida. Siempre has tenido lo que has querido gracias a mí, y ahora te atreves a pegarme delante de todos estos desconocidos?

—No son desconocidos. Ella es mi mujer. Y los demás… —Luzma se giró hacia el resto—. Son mis amigos.

—Ella no es tu mujer, pendeja. Ella es un capricho que está durando demasiado tiempo.

Y entonces todo cobró sentido en las mentes de Laura, y de Luzma, y de Dionisio, y de Luz Marina. Y Adrián y Silvia se miraron y se asintieron el uno al otro.

Y en ese instante, como ocurre cuando la violencia y la muerte toman el control, alguien pulsó el botón de avance rápido.