Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El capo
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El capo

Ramón Restrepo Aguilar. Hijo de Juan Ramiro Restrepo y de Beatriz Aguilar.

Médico cirujano, especializado en cirugía estética, aunque llevaba muchos años sin ejercer. Un hombre que no necesitaba presentación, no por sus títulos, sino por la sombra de poder y temor que proyectaba.

—A ver que le vea esa pierna, amigo —dijo a Adrián, que se había sentado en un amplio asiento orientado hacia la cola.

—¿Qué pasó, papá? —preguntó Luzma.

—Bueno, esto no es muy grave —dijo él, ignorando a su hija—. Voy a coserte, aunque te aviso que hace mucho que no lo hago.

El patrón hizo un gesto a su guardaespaldas y el tipo desapareció en busca de algo.

—Papá, te estoy hablando.

—Disculpa, mija, que le estaba mirando acá la herida al marido de tu novia —respondió y levantó los ojos hasta Laura, que se encontraba al lado de Luzma—. Y mira que suena raro eso, eh: el marido de tu novia.

La sonrisa de Ramón era una oda a la ofensa.

—¿Se puede saber de qué va todo esto, Ramón? —exigió Laura.

El resto de los pasajeros, cada uno con sus propios temores y sospechas, observaron la escena en completo silencio. Ramón apenas ladeó la cabeza.

—Voy a coser a este hombre y después platicamos. Nos queda un ratico hasta llegar a Medellín. Jorge, encárguese de que no les falte de nada. Uribe, ¿usted le puede ayudar?

Jorge, el guardaespaldas de Restrepo, un tipo con la rigidez de un soldado en formación, pidió a todos que se sentasen. Uribe, siempre alerta, se encargó de vigilar cualquier movimiento sospechoso.

Dionisio se acomodó en un asiento de ventanilla desde el que se podía vislumbrar su vieja camioneta.

—¿Qué le pasará a mi coche?

—Tranquilo que Boliche se lo regresará sano y salvo —contestó Uribe.

El viejo resopló con desgana. Todos los demás tomaron asiento. El patrón siguió a lo suyo con la herida de Adrián.

—Es usted un tipo duro, la herida no es mala, pero es bien fea.

—¿Se va a callar ya? —replicó Adrián.

—¡Ey!, man, no se me encabrite. Ya sé que duele, mas no lo pague con el médico.

—Si quiere coserme, hágalo, pero ya está usted contando qué es lo que carajo pasa aquí.

Ramón lo miró y dejó de sonreír. Se aguantaron las miradas.

—Jorge, dígale al piloto que pida pista, que nos vamos.

—Así lo haré, señor.

—Como tienen tanta prisa, nos marchamos ya. Pero el pulso me bailará mal si estamos despegando cuando le cosa, o incluso en el aire con las turbulencias.

Ramón Restrepo no pensaba tolerar desaires en su propia casa.

Comenzó a desinfectar la herida, y se dispuso a coserla.

En ese instante el avión se movió. Se apuró con la sutura y remató la faena poco antes de ponerse en la pista de despegue.

Adrián se mordió las ganas de gritar durante todo el proceso.

Volvió a desinfectar y se sentó en su asiento para abrocharse el cinturón.

—Justo a tiempo. Déjela al aire, cuando aterricemos se la vendo.

Todos pedían respuestas, pero en aquel vuelo no se dieron.

Ni siquiera a su hija Luzma, que no paró de mirar hacia atrás en busca de los ojos de su padre.

Intentó agarrar la mano de Laura, pero ella la rechazó; solo tenía cariños para su hija.

Porque no sabía cuánto tiempo le quedaba para estar con ella.