Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Jet privado
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Jet privado

Laura tomó el cañón del rifle y lo presionó contra su propia frente. El metal, todavía tibio, le transmitió una especie de descarga.

—Si vas a disparar, hazlo de una puta vez. Pero no por la espalda como has acribillado a aquellos pobres desgraciados.

Boliche, que presumía de tipo impertérrito, vaciló por un instante.

—Sí que eran pobres y sí que eran desgraciados —intervino Uribe—, pero ellos hubieran hecho lo mismo con usted. Así que no me venga ahora con sermones.

—¿Tú quién coño eres?

Adrián se recuperó, más o menos, del culatazo que le había pegado el propio Uribe segundos antes.

—¿Me vas a decir qué coño estás haciendo, Uribe?

Laura abrió la boca y se estremeció al darse cuenta de que su marido conocía a aquellos dos hijos de puta.

—Me cago en tu madre, Adrián. ¿Has traído tú a estos dos hasta aquí? ¿Estos son los que nos iban a ayudar a encontrar a nuestra hija?

El guardia calló.

—No, mi reina, nosotros vinimos solitos. Pero si piensa que el gringo cometió un error, puede que tenga razón. Tampoco lo culpe… —el tipo se acercó hasta Dioni—. Nos van ustedes a acompañar a un sitio. Y las manos quieticas.

El viejo tenía los dedos cerca del bolsillo del pantalón donde había guardado la Glock poco antes de ponerse a curar a Adrián. Silvia lo miró y le pidió con unos ojos bien abiertos que ni se le ocurriera.

Los dos mercenarios urgieron a todos a abandonar el lugar con un «amable» movimiento de sus fusiles.

Adrián quiso intervenir, pero Silvia lo pellizcó en el costado. Clavó sus ojos en él y con una de esas miradas telepáticas le dijo que no era el momento de palabras inútiles, y mucho menos de heroicidades.

Entre Silvia y Dioni ayudaron al cabo a subir el terraplén.

El camino de regreso, aunque más corto por el conocimiento del terreno de los mercenarios, fue un tormento.

Adrián maldijo cada descenso, donde la pierna herida se convertía en una fuente de dolor insoportable.

Uribe, con tono paternalista, le animaba de vez en cuando:

—Vamos, man, ya falta poquito.

Ese tono lo hacía odiarlo aún más.

Luzma se mantuvo todo el camino pegada su padre, pidiendo a Dionisio dejarle que fuera ella la que lo ayudase. Más que una expedición de rescate, aquel desfile parecía una procesión de zombis o de tullidos de guerra.

Llegaron a los coches poco después de la puesta de sol. Uribe organizó los grupos, en el suyo conduciría Dioni, y le acompañarían Adrián y Laura. La camioneta de Dioni la conduciría Luzma, y le acompañarían Luz Marina y Silvia, custodiados por Boliche.

—Yo voy con mi hija —se opuso Laura.

—Usted va donde yo diga y no se demore más que al gringo tiene que verlo un médico.

Laura quiso hacerse la dura, pero los rifles y, sobre todo, la violencia sin compasión mostrada por los mercenarios, le hicieron pensárselo mejor. Se acercó hasta la subteniente.

—Cuida de ella.

Silvia le dio un pequeño abrazo y asintió.

—Déjense de lágrimas, en menos de una hora estarán todos juntos.

Aquellas palabras los desconcertaron. ¿Menos de una hora?

Iniciaron el camino en coche y Dioni siguió las indicaciones de Uribe.

Lo que nadie se imaginaba es que acabarían llegando al Eduardo Falla Solano, un pequeño aeropuerto con escasos vuelos comerciales y muchos privados de gente con plata o menos plata que quería visitar la amazonia colombiana, y ahorrarse kilometradas en carreteras en mal estado.

Los mercenarios se autorizaron en una vía de acceso alternativa y llegaron hasta la misma pista de despegue.

—¿Qué coño es todo esto? —preguntó Laura.

—No se apure que pronto encuentra una respuesta —replicó Uribe—. Me dejan sus mochilas dentro y se van poniendo en fila con las manos sobre la camioneta.

Del otro coche se bajaron Luz Marina, que corrió a abrazar a su madre y después a preguntar a su padre.

—¿Cómo estás, papá?

Cuatro letras. En realidad dos, repetidas.

Una tilde. O sin tilde. Una palabra tan pobre lingüísticamente y tan grande en lo personal.

En lo que realmente importa. Hacía más de cinco años que el cabo Trovado no escuchaba esa palabra.

Y ello le mitigó el dolor terrible que sentía en la pierna.

Abrazó a su hija y ella le correspondió.

Sí, ya no quedaba ni restos de aquella niña que se crio en un pueblo extremeño.

Esa cara ya no era de su niña, sino de una joven a la que no había visto crecer.

La que posiblemente ya habría besado a un chico o a una chica, y de la que esperaba que el guerrillero que se quedó ensartado en la raíz del río Caguán no le hubiese roto la vida —todavía más.

—No se lo repetiré —gritó Uribe—. Se me ponen con las manos encima del auto.

—Nos van a cachear —advirtió Laura a Dioni.

El viejo se encogió de hombros.

En efecto los registraron, y se atrevieron a tocar partes de las mujeres que no debería tocarse. Cuando Boliche iba a hacerlo con Luzma, Laura le detuvo con un golpe seco en la muñeca que sorprendió y violentó al mercenario por igual. Se llevó la mano al rifle.

—Dispara tan valiente que eres, ya te lo dije en la selva. Pero tú no le vas a poner la mano encima a mi hija. Antes te mato o me matas. Hijueputa, gonorrea, malparido.

La española usó los insultos que había aprendido en sus años en el país colombiano, de boca de su pareja y de otras amistades, y de la televisión. Le salió el tiro por la culata, porque con lo que pretendía ofender, solo consiguió que se mofaran de ella.

Boliche comenzó a reír después de que Uribe se arrancase primero, y ambos lo estuvieron haciendo durante un buen rato.

—Mira la gringa, qué pronto aprende —dijo Uribe.

—Que te calles, que yo no soy ninguna gringa. Lee un poco, anda, a ver si así te culturizas…

Una bofetada le calló la boca. Uribe podía aparentar ser un tipo calmado, pero cuando le tocaban la moral, perdía esa tranquilidad extraña que lo rodeaba.

—No le vamos a poner una mano encima a la pelada, pero a ti te pienso moler a palos como no te calles. Y da gracias que el patrón ya está aquí.

En esos momentos un pequeño avión maniobraba muy cerca de ellos. Uribe ordenó, una vez más, que se pusieran contra el coche. Los cachearon de nuevo —menos a Luz Marina—, y cuando Boliche se encontró con la Glock de Dionisio, avisó a su jefe.

—Mira el viejo, qué calladico estaba.

Le arrebató el arma y Dioni miró a Laura, que apretó los dientes.

Los tipos conminaron a moverse a todos y los dirigieron hasta el pequeño jet privado.

Se abrió la puerta y se desplegó una escalerilla.

Un tipo trajeado como Joe Pesci en Casino les esperaba arriba.

Dionisio le hizo una indicación a Laura que no entendía nada.

O no quería entender. Y Laura buscó los ojos de Luzma que tenía la mandíbula desencajada.

Silvia ayudó a subir a Adrián, y Luz Marina iba delante de él.

Boliche se quedó abajo, y Uribe le entregó su M-16. Cuando subieron todos al avión, la persona con la que allí se encontraron no se la esperaban.

Sobre todo Luzma Restrepo.