M-16
Dionisio llevaba la Glock en la mano. No se fiaba ni de su madre, y menos con esos mercenarios rondando por allí. No se explicó por qué coño habían liado aquella matanza.
Silvia llegó poco después y también Luzma, más rezagada, como de costumbre.
—Puta selva —maldijo el viejo.
Laura lo miró y, a pesar de todo, sonrió.
Una sonrisa breve, casi invisible, pero suficiente para transmitir un hilo de humanidad en medio del desastre.
Y también la niña lo hizo. Al hombre se le humedecieron los párpados, aunque aguantó porque él no lloraba nunca.
La agarró de las manos y tiró de ella para que saliera del lodazal.
En cuanto lo hizo ambos se fundieron en un abrazo.
Laura fue la siguiente en salir y también abrazó a su hija.
El que no se movió fue Adrián, que se dolía de la herida en la pierna. Dioni fue hacia él y se agachó para valorar la gravedad del asunto. También acompañó Silvia.
—Vamos, cabo, que no es más que un rasguño —animó ella al ver que la pierna tenía una herida abierta.
La mirada de Silvia y la de Dioni se encontraron y, sin mediar palabra, ambos se coordinaron para levantar a Adrián del río y llevarlo hasta el terraplén.
Dionisio, práctico como siempre, se agachó y abrió la riñonera que llevaba colgada.
De ella sacó un pequeño botiquín, su fiel compañero en las excursiones a la montaña.
Primero vertió yodo sobre la herida, inundándola con el líquido ambarino que mordió la carne abierta.
Después, con una venda limpia, secó el exceso de humedad antes de envolver la pierna con otra
Adrián respiró con dificultad. La herida era profunda, y aunque los cuidados improvisados de Dioni no resolverían el problema, al menos aplacaban la urgencia inmediata. El cabo inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento que no necesitó palabras.
Luzma se acercó con la intención de abrazar a Laura y a Luz Marina.
—¿Me das un abrazo? —preguntó la mujer.
La adolescente cedió con titubeo, influida por la presencia de su madre, y notó que la colombiana le apretaba con fuerza, por lo que al final decidió corresponderla. El gesto provocó que Luzma dejara caer alguna lágrima que otra.
Cuando se separaron, Luz Marina dobló las rodillas y tuvo que echar pie a tierra. Su madre se agachó junto a ella.
—¿Qué ocurre?
—Me he mareado.
—Pero ¿estás bien?
—Sí, sí, es solo un mareo.
Laura cruzó miradas con Adrián. Se preguntaron con los ojos qué hacer, si estaban en disposición de salir de allí por su propio pie o deberían pedir ayuda. El cabo hizo un gesto con la cabeza para que se pusieran en marcha. Aguantaría todo lo posible.
La mujer había olvidado por completo que no estaban solos. Lo recordó cuando se dio la vuelta para incorporarse y se encontró de frente con un M-16 o un AK-47 todavía caliente a escasos centímetros de su cara.