Las piedras
A pocos metros río abajo, Laura gritaba para que la oyeran. Se había hecho con una rama gigante encontrada por el camino. Con los pies apoyados en la ribera, en un sitio que creía seguro, extendía la rama, que medía poco más de un metro, sobre el lecho del río.
No quería pensar en ello, pero lo había visto.
Apenas unos metros más abajo, el río se transformaba en una trampa: un cambio de nivel, no espectacular como las cascadas de las películas, pero igual de peligroso.
Un desnivel de apenas un metro, con rocas afiladas esperando al otro lado como cuchillas dispuestas a partir huesos con la facilidad de un cascanueces.
Adrián sujetaba a Luz Marina con fuerza de padre; iría con ella hasta el fin del mundo aunque ese fin del mundo supusiera el fin de la vida.
—Hija, tienes que ayudarme —dijo—. Bracea todo lo fuerte que puedas. ¡Ya!
Y la muchacha obedeció como pocas veces había hecho en su vida de niña; usó los dos brazos, y Adrián el que le quedaba libre. No les faltaba mucho para llegar a la altura de Laura y sí les quedaba mucho para alcanzar esa rama que creían salvadora.
Y entonces vino el dolor. El pinchazo en el músculo. La transmisión nerviosa que le dijo al cerebro de Adrián que algo no andaba bien ahí abajo.
Y fue entonces cuando Laura decidió que si había que morir, qué mejor lugar para morir que con su marido y su hija.
Y por ello se adentró más en el río para que pudieran llegar a la rama.
Con la mano izquierda cogió el cuchillo que guardaba en el cinturón, se metió en el río hasta las rodillas y clavó el filo en el lecho de barro para poder sujetarse como buenamente consideró.
Y Adrián y Luz Marina bracearon hasta el límite de perder la consciencia y en un último esfuerzo ambos se asieron a la rama que Laura sostuvo con dificultad y que les arrastró a los tres río abajo.
Con la fortuna de que padre e hija viraron en su trayectoria y se acercaron lo suficiente a la orilla para que Adrián asiese una piedra con la mano libre.
Laura cayó al agua y soltó la rama, y justo antes de perderse corriente abajo, Luz Marina la agarró de la ropa y ella consiguió agarrarse del pie sumergido de Adrián.
Y después trepó por su extremidad hasta tocar una herida que desconocía que estaba allí.
El hombre gritó y Laura se asustó, pero consiguió subir más y entre sus pocas fuerzas y los tirones de la niña, llegaron a un lugar seguro.
Adrián se levantó como pudo entre gritos, y tiró de su hija, y su hija tiró de su madre y con una sincronización casi milagrosa los tres consiguieron llegar a la ribera, fuera ya de todo peligro de ser arrastrados por la corriente.
Tosieron, escupieron agua, incluso la vomitaron.
Y los dos padres miraron a la hija, que yacía boca arriba inhalando aire demasiado deprisa.
—Tranquila, mi niña, tranquila —pidió Laura, que acarició el pelo de la muchacha.
Ella se giró y vio a su madre tan sonriente como desaliñada. Después se giró hacia el otro lado y vio a su padre, al que el agua del río disimulaba las lágrimas que ya habían comenzado a brotar.
Y la joven sonrió, una sonrisa fácil y llena de amor y de gratitud. Y se quedó mirándolos a ambos como si fuera un partido de tenis durante un tiempo que no logró calcular.
Y lo hizo hasta que se escucharon unos pasos y unos gritos y al levantar la mirada vio un arma apuntando en su dirección.